Adolescencia: clínica de borde al borde de la clínica. Oscar Sotolano
Oscar Sotolano. 2015
oscarsotolano@yahoo.com
La referencia clínica que encabeza el problema que pretendo exponer se remonta al año 1994. En aquel momento coordinaba junto con Alicia Lurie el equipo de adolescentes del Plan de atención de afectados de AMIA. En una de las reuniones de trabajo de nuestro equipo, en las cuales solíamos discutir cuestiones clínicas que nos fueran resultando más o menos problemáticas, una terapeuta presentó una sesión con un joven afectado que, si mal no recuerdo, había perdido un amigo en el atentado. Una de las cuestiones centrales que el joven había traído a la sesión era su idea de crear junto a un grupo de amigos un grupo de autodefensa extrainstitucional. Lo decía al tiempo que puteaba contra la forma en la cual, en su opinión, en los últimos tiempos se había deteriorado el sistema defensivo de toda la comunidad judía en Buenos Aires y la manera en que manejaban los fondos comunitarios. Su modo de relatar los hechos trasmitía la sensación de quien desamparado por el Otro, busca amparo en sus propios recursos narcisistas (grupo de autodefensa) y en la comunidad fraterna (comunidad de amigos-pares). Si bien no tengo un registro escrito del modo en que lo trajo, me interesa relatarlo, aun apelando a la incierta certeza de nuestra memoria (modo que nos impide considerar una más precisa modalidad enunciativa), en el interés de recuperar la discusión que en aquel momento se produjo acerca de la idea-fantasía del joven. Es decir: si bien todos coincidíamos en que lo se ponía en juego era el desamparo (o sea, la insuficiencia de las defensas o recursos psíquicos) frente a la magnitud del atentado, algunos miembros del equipo veían en este “proyecto” autodefensivo una forma (que en la conceptualización de la escuela inglesa podría llamarse maníaca) de desmentir sus sensaciones de vulnerabilidad extrema a través de un acto que tomaba a su cargo la tarea fallida del Otro y el otro protectores. En ese aspecto, que fuera un grupo de autodefensa no institucional resultaba central. Dimensión maníaca que era pensada (en términos muy genéricos y más clásicamente freudianos) como una forma de desmentida de la castración.
En una perspectiva diferente, otros miembros del grupo de trabajo interpretábamos la idea-fantasía autodefensiva como una manera de reconstruir dentro de sí, bajo una forma que podía ser considerada como omnipotente, un necesario espacio interior de sostén. Si unos destacaban la castración como meta interpretativa que orientara la intervención y pensaban que era importante destacar en la dimensión defensiva de su fantasía aquel vector que lleva a reconocer que el deseo tiene límites, otros veíamos en esa dimensión, que también considerábamos defensiva, una manera de proteger un tejido psíquico dañado. O sea, un espacio psíquico que era necesario proteger (con los matices omnipotentes en juego, incluidos) sin someterlo a la tarea constructivamente deconstructiva que la interpretación analítica implica.
Si una perspectiva interpretativa remarcaba la importancia de lo que se oculta tras el acto defensivo, otra destacaba lo que se muestra al ocultar, lo que se construye ocultando, como cuando ciertos vestidos lejos de cubrir la desnudez, la realzan.
Es evidente que estos escasos datos no permiten abrir juicio sobre lo pertinente de una u otra perspectiva en aquella situación concreta que además exigiría hacer una serie de consideraciones acerca de cuáles eran las perspectivas terapéuticas específicas que nos planteábamos en aquel Programa de atención de afectados que se definía por no pensar en términos de “pacientes” sino de “afectados”. Pero el interés de presentarlo de este modo radica en que problematiza una cuestión que constantemente encuentro en la clínica con adolescentes y, vale aclararlo, si bien no con tanta frecuencia, también con adultos y niños.
Hecho este encabezamiento, formularé algunas aclaraciones introductorias que hacen a la clínica con adolescentes y que tal vez permitan ubicar el contexto desde el que plantearé las ideas que iremos abordando.
En primer lugar, no considero que exista una metapsicología propia de la adolescencia, aunque sí problemas inherentes a esa fase evolutiva que tiene como peculiaridad resignificar fases y experiencias anteriores. No en vano en sus Tres ensayos de teoría sexual Freud incluyó el titulado “Metamorfosis de la pubertad” como uno de esos ensayos.
Es decir, no tomo el psicoanálisis con adolescentes como una especialidad. Trato de no ubicarme como un especialista (Magister dixit se decía cuando la palabra Magister no remitía a una carrera académica mundialmente cada día más voraz en la demanda de títulos), sino como un psicoanalista (o al menos, alguien que trata de serlo) que por diversas razones ha escuchado y escucha a muchos adolescentes, además de adultos y también niños. Escucha con cortes etarios que, si bien genera cuestiones particulares, no por ello obliga a poner en cuestión de modos radicales los ejes teórico´-prácticos del psicoanálisis en general: la regla fundamental, la atención flotante, la transferencia, la sexualidad infantil, el complejo de Edipo, el inconsciente, el narcisismo, la relación entre las instancias psíquicas al ritmo de los conflictos pulsionales siguen siendo conceptos potentes e insoslayables para tratar de comprender lo complejo del sujeto y de la subjetividad. En mi experiencia, la preocupación humana universal sobre la muerte y la sexualidad no dejan de ser el centro oscuro de la adolescencia, la niñez, la adultez o la senectud.
Sin embargo, desde los comienzos mismos de mi trabajo, los adolescentes me fueron ubicando en una posición particular: si los adultos aceptaban (al menos hasta hace unos quince años atrás era así) recostarse en el diván de un modo tan inmediato y hasta obediente que podía tornarse sospechoso, los adolescentes no aceptaban tan fácil la invitación, si es que la aceptaban alguna vez. Ésta fue una de las cuestiones que desde los comienzos de mi práctica despertó mi interés: no eran pacientes complacientes, cultores de una relación donde mi silencio o mi palabra, cualquiera fuese, fuera escuchada con un beneplácito cercano a la devoción promotora de sugestiones y autosugestiones. No eran pacientes como una mujer adulta y colega cuya reacción en una sesión, nunca olvidaré. Una mujer que a la sesión siguiente de otra en la que yo no había abierto la boca porque no tenía nada para decirle, sencillamente porque no entendía hacia donde iba el curso de sus asociaciones, llegó diciendo que mi silencio de la vez anterior había sido un acto analítico, que al quedarme callado yo la había llevado a encontrarse con su palabra, que ahora se daba cuenta de su falta, de lo que era el “des-ser” y otra serie de formulaciones que escuché como sacadas del “Pequeño Larousse psicoanalítico ilustrado”. Una serie de afirmaciones que me erigían en la función de sabio (un sujeto supuesto saber imbuido de divinidad).
En verdad, algo era cierto en lo que decía, ella había sentido su falta de mí y no había encontrado otra manera de desmentirla que otorgándole un lugar oracular a mi silencio. Sin embargo, desde mi punto de vista, mi silencio, ni retroactivamente podía ser considerado un acto analítico, eso en la medida en que no había hecho más que suscitar la emergencia de su repetida escena de fascinaciones frecuentes, sin que ella tuviera la más mínima conciencia de ello. Afirmar que eso es un acto analítico conlleva el riesgo de que podamos afirmar que cualquier cosa lo sea. Dicho de un modo sencillo, yo no tenía nada para decir y a ella no podía ni pensar que esto fuera así, porque yo ocupaba un lugar de ideal. Ni más ni menos que eso.
Esto es algo que, al menos en mi experiencia, muy improbablemente se produzca con adolescentes. Y de producirse exigirá un especial cuidado en el diagnóstico.
Lo menciono porque trataré de ir articulándolo con el primer caso contando anteriormente y porque permite rescatar aquella diferencia que hizo Piera Aulagnier cuando afirmaba que la transferencia puede pasar del sujeto supuesto saber a lo que llamó “sujeto supuesto poder”. En ese punto, el análisis puede devenir un perfecto “como sí” analítico, donde paciente y analista encuentren siempre lo que esperan encontrar. Lo menciono, además, porque espero que aporte como un punto más a la tela que estoy tratando de tejer alrededor de la idea de omnipotencia. Tanto la de quien cree que puede enfrentar los desmadres de la historia a fuerza de proyectos colosales sostenidos en su propio poder personal como la que se nos puede atribuir en el espacio de la transferencia, como así también en la vida.
Remarco que el tipo de relación que suelen proponer los adolescentes (hecho que se hace más notorio con varones –valdría la pena compararlo con la experiencia de analistas mujeres con chicas-) hace menos frecuente ese tipo de vínculos, aun cuando, ocasionalmente, insisto, también puedan producirse.
Por lo general, escucho jóvenes productivamente desconfiados, una desconfianza altiva, incluso cuando se presentan coloquiales y colaboradores. De hecho, cuando aclaré que esto era así hasta los últimos 15 años más o menos, fue porque los pacientes adultos también empezaron a cambiar. (Que la idealización del psicoanálisis haya caído conlleva la ventaja de que debamos ponderar mucho más cuidadosa y rigurosamente nuestra práctica) Es que la perspectiva crítica que un psicoanálisis supone en la misma estructura de deconstrucción que la idea y la práctica de analizar suponen (analizar en ese sentido químico que Freud instauró) nos involucran como sujetos de la misma experiencia a deconstruir.
Ni hablar de cómo se ha modificado esto en la clínica con niños. Lejos han quedado aquellas épocas donde los padres entregaban a sus hijos a un analista “en consignación” y “lo pasaban a retirar” un par de años más tarde, donde la relación del niño con sus vínculos primarios era entendida sólo como pantalla de proyección de una pulsionalidad de tinte instintivista en la cual la dimensión conflictiva y densa de la intersubjetividad no tenía espacio.
Ahora bien, en este punto, los adolescentes, lejos de ser niños dependientes de sus padres, demandan ser reconocidos como sujetos ya adultos o, al menos, con derecho a querer serlo (esto es así aún cuando, al mismo tiempo, suelan demandar con la urgencia y tenacidad de bebés, en una dinámica donde lo regresivo y lo progresivo coexisten en una tensión extrema). Por ese motivo, a pesar de todas sus desconfianzas, el espacio analítico puede cobrar una dimensión particularmente rica y especial, donde la tensión narcisista, la omnipotencia, la grandiosidad sorda o despectiva, casi nunca están ausentes. Espacio que con los adolescentes guarda (al menos en mi experiencia es así) una paradoja esencial: como suelen llegar a través de sus padres, nosotros solemos transformarnos en representantes de ellos (no sólo objetos de transferencia) motivo por el cual suele ser un momento especialmente productivo del análisis cuando ellos deciden interrumpir el proceso y eligen un nuevo analista (que, a veces, hasta podemos ser nosotros mismos, aunque muchas veces no sea así, sin que el dato tenga importancia salvo para nuestras pretensiones “retentivas”). Los procesos exogámicos incluyen muchas veces la exogamia del “analista de los padres”. Volveremos sobre esta cuestión porque es central en las ideas que trato de exponer.
Ahora bien, insisto en estas reflexiones (a sabiendas que me estoy reiterando) porque me interesa enfatizar que si bien no hay una metapsicología particular de la adolescencia, hay especificidades que tienen que ver con el momento evolutivo.
En efecto: la adolescencia, como momento evolutivo instaurado en la cultura a partir de las prácticas y los discursos de la modernidad, interroga al psicoanálisis al tiempo que éste lo interroga a él. Pero el psicoanálisis, más allá de los esfuerzos que algunas escuelas han hecho de modo explícito para darle ese destino y de que todas han generado -por lo general de modo implícito y aún contra su propia voluntad- una perspectiva de esa índole, no es una psicología evolutiva, aunque resulta evidente la importancia que tiene que un psicoanalista no ignore esas líneas evolutivas en su práctica. Evidentemente, no es lo mismo que un niño no retenga esfínteres a los dos años que a los doce. Las normalidades o anormalidades definidas a partir de una curva de Gauss no dan cuenta de la singularidad de los seres humanos, pero las construcciones que una sociedad produzca acerca de aquello que llama su normalidad es un aspecto central de los discursos en cuyo interior la singularidad se moldea. En este sentido, si bien el psicoanálisis no es una evolutiva, no puede desconocer que existe alguna.
No es anodino para la clínica con niños, adolescentes y adultos que mientras los primeros y los segundos – éstos en menor medida – suelen ser traídos por sus padres, los últimos suelen venir solos y hacerse cargo del pago de sus tratamientos, cosa que no hace un niño o un adolescente. Es que la relación con los padres, el problema de las autonomías relativas que involucran a seres que como los humanos requerimos dependencias tan prolongadas en los procesos de subjetización, plantea dilemas de diversos tipos. Esto se hace especialmente claro en el mundo jurídico cuando se intenta definir la responsabilidad de un niño o un joven: ¿qué parámetros tomar para darle consistencia subjetiva a sus derechos y que dejen de ser enunciados, en última instancia, como una propiedad de la “sabiduría” de adultos tantas veces bien intencionados?
La cuestión se hace central desde el punto de vista diagnóstico en tanto involucra los problemas relacionados con definir qué es síntoma en los padres y qué es síntoma en los jóvenes al momento de la consulta o en el curso del proceso; dilemas de diagnóstico diferencial donde los pasos que van de los consultantes al paciente y al eventual analizante implican lecturas diversas y simultáneas.
Decidir si un joven debe iniciar o no algún proceso terapéutico que podrá transformarse o no en un análisis no es un problema que se pueda estandarizar ni dar por obvio. Incluye dimensiones que tienen que ver con los conflictos singulares de los padres, de los hijos y, también, lo que no es menor, de las épocas. Nos iremos dirigiendo a ello.
Ahora bien, he hecho este largo desvío para tratar de ir dejando instalados algunos mojones que contextualicen mi modo de aproximarme a la cuestión que motoriza este artículo.
Entonces, volviendo a la situación clínica relatada al comienzo: ¿qué de aquello continuó interrogándome a lo largo de los años? ¿Qué se instaló como enigma impulsándome ahora a escribir estas reflexiones?
Específicamente, una cuestión relacionada con peculiaridades que tienen que ver con lo llamé “una evolutiva”. Un hecho en mi experiencia comprobable una y otra vez: la omnipotencia, es decir, cierta soberbia descalificante (explícita o disimulada tras apariencias tímidas, o hasta de formato sumiso o incluso modesto) casi nunca está ausente (y cuando lo está debería llamarnos la atención) en el discurso (sobre todo en sus formas gestuales y prosódicas) de los adolescentes. En ese sentido, la desconfianza que me llamó la atención desde los primeros momentos de mi trabajo, cobra un valor particular. Ella podría ser indicio de cierta omnipotencia que parece estructural. No es la desconfianza frente a lo incierto sino la desconfianza motivada por una certeza: “¿Qué tiene éste tipo o esta tipa para decirme? Nada”, parecen (por momentos que pueden ser más o menos prolongados o constantes) preguntarse y responderse en un mismo acto.
Punto en el cual, uno se reencuentra muchas veces involucrado interiormente en versiones del debate que describí al comienzo: ¿se trataría entonces de hacerlos tomar conciencia de sus “límites”, de la nada que en verdad somos (concepción que en mi opinión encierra una concepción moralizante de la castración) o se trata de sostener esos espacios de omnipotencia para que éste se despliegue y encuentre, en todo caso, en su camino, sus propios “límites” y, así, sus posibilidades deseantes?
Cómo uno se ubique frente a este problema y la capacidad y las posibilidades que tenga de hallarlo en los intersticios de una transferencia que nos pondrá muchas veces en jaque es un problema de primer orden, en tanto compromete modos de entender la construcción del sujeto en particular y de la subjetividad en general.
Es indudable que Freud desarrolló una dialéctica de la relación con el falo (hoy podríamos considerarla demasiado “penecéntrica”) en cuyo fondo constitutivo puso el reconocimiento de la falta, en su doble vertiente: “lo tengo y puedo perderlo” o, “nunca lo tuve, no me lo han dado”. La idea de que la resolución del Complejo de Edipo implicaba el abandono de la omnipotencia infantil fue tomado muchas veces como un ideal al que el sujeto debe acceder, tanto desde el punto de vista de la constitución del aparato y de la subjetividad -entendida ésta como concepto más específicamente social- , en culturas de matriz más restrictiva. Ahora bien, ese movimiento indudable y necesario para la constitución del sujeto (es usando el modelo más mecánico que Freud utilizara que decimos “aparato psíquico”), esa castración que nos define y que (no es un dato menor) se sostiene en el reconocimiento de la castración en el Otro a través del otro materno ¿debe lograrse a partir de la renuncia a esa omnipotencia infantil o implica el lento y denso paso por esa experiencia de la omnipotencia, para que entonces la castración pueda advenir? ¿Qué evoca si no ese antigua máxima que sostiene que sólo se aprende de los propios errores? Y, en ese sentido, ¿cuántas veces los continuos intentos paternos por ahorrarles a nuestros propios hijos cualquier frustración resultan un abrazo de oso?
Hace ya algunos años, sobre todo de la mano de cierta lectura a mi parecer por completo parcial de la obra de Lacan, el narcisismo adquirió en nuestro medio el prestigio dudoso de ser una suerte de vicisitud desgraciada de la constitución subjetiva; un momento inevitable pero, era de esperar, superable para que el infans devenga humano. Esta perspectiva trajo no pocos problemas: en tanto la relación fálica con la madre (la dimensión de goce del cuerpo del niño que podía implicar) estaba en el centro de la teorización, el acotamiento del goce, la perspectiva del corte de ese vínculo pensado como primordialmente mortífero con la madre, también cobraba una dimensión privilegiada. La teoría de la castración resultaba enfatizada de modos tales que muchas veces terminaba produciendo una nueva evolutiva: una ética del desarrollo sano; difícil, a la larga, de separar de los problemas de una moral de la renuncia, la prudencia y la moderación emocional, en todo caso con libertades autorizadas. Bajo una peculiar comprensión de la ética se construía de facto, una nueva moral (ahora psicoanalítica).
En mi experiencia, sobre todo en lo que he ido escuchando en supervisiones, ateneos y comentarios entre colegas, su influencia perdura hasta hoy. Todo lo que es límite, ley, corte tiene un prestigio que haría babear a cualquier calvinista. Los discursos sociales se impregnan de afirmaciones donde se insiste en la incapacidad de los padres para ponerles límites a los niños, de los maestros para hacerlo con sus alumnos, de la sociedad que no puede con el delito mientras la ley se desmorona entre los alertas siempre tan mesurados en su tono como desmesurados en sus contenidos “mediopelistas”, de Marcos Aguinis o Nelsons Castros. En un colosal salto al vacío teórico que termina asimilando la ley del tabú del incesto que regula los intercambios entre los humanos a la ley civil que nos regula en cuanto ciudadanos, hoy vemos con demasiada frecuencia a los analistas apelando a los jueces para resolver cuestiones que involucran el campo analítico y en cuyo su seno deberían intentar resolverse, mientras los jueces esperan que los psicólogos los liberen de la responsabilidad de sus decisiones-actos. Algunas posiciones extraídas del psicoanálisis suelen servir de justificación de retóricas y prácticas dignas del Opus Dei. La pasión, la desmesura, la fértil exploración de lo prohibido que caracteriza a la adolescencia y que suele ser también una fuente vital en la adultez han caído bajo los tan discutibles como imprecisos sustantivos calificativos de acting o personalidad de acción, siempre ensombrecidos por sus más sombríos destinos, presagiados como inevitables, hacia el campo de las adicciones. No desconozco la existencia de mucho sufrimiento que circula por esos caminos, reconozco la importancia de que no lo minimicemos (tiene demasiada importancia subjetiva, social y hasta política), pero me parece esencial que el psicoanálisis pueda pensarla sin anteojeras morales cuyos marcos hayan sido fabricados con retazos de psicoanálisis que impidan ver cómo, en más de una oportunidad, detrás de esa discordia fundamental, se halla la vida. Y que la pasión, el desenfreno y el riesgo pueden ser no sólo la manifestación de la presencia de lo mortífero, sino también un componente esencial de la investigación sexual infantil que está en el fondo del pensamiento, el conocimiento y la inquietud humana por vivir.
Es que el problema de la prohibición que está en los fundamentos de esos debates lejos de sostenerse en aquello a lo que se debe renunciar, como pueden postular estas nuevas morales con jerga psicoanalítica, tiene que ver con los dones. Los niños psicóticos no suelen tener un exceso de madre, sino mujeres incapaces de construir ese espacio libidinal donde el narcisismo que algunos llaman trófico se asienta. El tema no radica en la repetición e insistencia en el “No” que cualquier niño debe recibir, sino en cómo el “No” se sostiene en un don amoroso que prohija la libertad creativa del niño. Libertad creativa que en la adolescencia tiene la particularidad de tener que lidiar con un crimen simbólico (parricidio) que en tanto padres nos involucra como víctimas.
En ese contexto, en tanto el conflicto con eso que llamamos identidad siempre se juega en la conflictiva adolescente, el narcisismo, con sus componentes de tensión entre la omnipotencia y la caída, exige un espacio para ser desplegado (en la clínica de niños diríamos jugado, y su sentido metafórico valdría también para adultos) y reconocido como legítimo espacio interior. “Yo puedo todo, yo sé todo, vos no podés nada ni sabés nada” es el formato que ese crimen puede tomar y que suele ser mucho más intenso en su formulación cuanto más idealizada esté la “víctima”, produciendo así círculos viciosos en vínculos que se realimentan de los mutuos reproches. En mi experiencia, ese escenario debe ser experimentado sin palabras que busquen anticipar sabidurías que el yo del joven no está en condiciones de escuchar. De los límites de la vida se encarga la vida misma, no es función de los psicoanalistas erigirse en albaceas del Destino.
No necesito aclarar que esta perspectiva hace que la relación de un analista de adolescentes con los padres de los jóvenes no suela plantearse como lecho de rosas, aunque tampoco se trata de hacer que sólo haya que lidiar con sus espinas. Lo importante es anticipar que esta conflictividad es inherente al problema y a las dificultades clínicas con las que muy probablemente nos enfrentaremos.
Ahora bien, si recordásemos ahora lo que comenté casi en los inicios de este escrito acerca de aquella paciente que santificó mi silencio, bien podríamos, siguiendo la perspectiva que vengo formulando, contraargumentar si no sería coherente pensar de la misma manera su endiosamiento de mi persona. Muy burdamente la alternativa sería: o “Yo guardé silencio porque no tenía nada que decirle. No soy el sabio que usted necesita creer que soy para paliar su indefensión” o dejarla transitar por ese sentimiento sin indicar nada de esta dimensión omnipotente que me atribuye y en la cual se instala, para que haga su propio trabajo, con el riesgo que conlleva que su idealización aumente y se torne por completo alienada al Otro que espera que yo sea. Es decir, un riesgo similar al que podría implicar dejar a un adolescente ejerciendo la “libertad” de sus actos aun cuando sabemos que el riesgo es demasiado grande.
A mi entender, hacerse esta pregunta es imprescindible. Legitima el cuestionarse ¿por qué si en unos casos postulo el sostén de ese espacio omnipotente en la adolescencia, por qué en otros no lo entiendo de la misma manera? ¿Acaso porque se trata de un adulto, como podría sugerirlo el ejemplo?
De ninguna manera, la franja etaria no tiene nada que ver con los problemas de estructura. Tan solo marco la diferencia porque el antagonismo si bien tiene aristas propias que lo definen, sin embargo, exige la consideración clínica del tipo de transferencia que puede estar en juego en cada momento particular. Ella será la que tal vez nos permita definir la elección, aunque, a priori, en líneas generales nos inclinemos por una sobre la otra desde el punto de vista más general de la estructuración psíquica. Ese a priori debería ser sólo orientador. En lo singular, servirá de poco, en la medida que siempre resulta imprescindible hacer un diagnóstico de situación (que incluirá el de transferencia) que, en definitiva, será el que tengamos que ponderar para definir si se trata de la estructuración de un espacio omnipotente que sirve a los fines de la constitución o reconstitución de una subjetividad en gestación o que ha sido dañada, o de un ardid para encubrir un conflicto localizado en el que el yo de conjunto no está comprometido.
Si este problema se torna especialmente importante en la adolescencia es porque esa peculiaridad que conlleva el hecho de que se trate de un momento de reorganización de toda la estructura edípica con resignificaciones de los procesos identificatorios previos, y así del propio narcisismo, esta propiedad tan específica de la adolescencia, impone otras perspectivas.
De igual modo que en estructuras evolutivamente llamadas normales pueden suceder situaciones que promueven el desmantelamiento de las organizaciones identificatorias básicas como, por ejemplo, lo ocurrido frente a situaciones de trauma social como el atentado contra AMIA cuya relato inicial dio pie a la perspectiva de este texto, o durante la crisis del 2001-2, por mencionar otro tema que en su momento nos puso en jaque (tanto en la vida diaria en general como en la clínica en particular), también es parte de esos procesos evolutivos que esos desmantelamientos se produzcan sin causa exterior determinante (o, en todo caso, sólo circunstancial) Es en esa línea de preocupaciones que haber iniciado este arborizado desarrollo (que espero que al final deje algunos claros de luz entre sus ramas) con el relato de aquella situación planteada por un joven víctima del atentado a la AMIA cobra singular importancia: en momentos donde la vulnerabilidad humana queda expuesta a su faz más siniestra, es decir, su vulnerabilidad ante el otro humano semejante, familiar y mortífero, la defensa omnipotente no es un recurso que promueve el ocultamiento de la verdad del sujeto, sino que, por el contrario, crea condiciones mentales para que más tarde pueda producirse. Es en este sentido que, en aquel momento, estuve entre los promotores de no intervenir sobre la defensa.
Ahora bien, además de estas consideraciones, tomemos otra perspectiva: el problema de la castración no involucra sólo (ya lo recordé unos párrafos antes) la propia castración sino, fundamentalmente, así lo formula Freud en sus texto sobre La feminidad, la castración de la madre. Reconocer la falta en el Otro es la perspectiva que reordena todo el campo de la sexualidad infantil. Si en situaciones como la planteada intentamos funcionar como los que vehiculizamos la castración a través de nuestras interpretaciones, nos instalamos en el mismo lugar omnipotente que pretendemos que caiga. La omnipotencia del paciente se coagula en la omnipotencia del analista. El analista sabe sobre los límites mas no está regulado por ellos. Las prohibiciones de las que hablamos, los “No” tan mentados tienen que regir, en primer lugar, en los propios enunciantes. La omnipotencia se sostiene en la fantasía de que hay un Otro no castrado, ni castrable.
Ése es el lugar donde nutre su poder el pensamiento religioso y todos los poderes autoritarios que de él se alimentan, incluso en sus formas agnósticas o ateas. La religiosidad no se resume en una teoría y una historia de las religiones, por vasto que pretendiese ser su abordaje, pues su estructura se sostiene siempre en una operación mental constitutiva de un aspecto central de lo humano en la que hay un Otro no castrado portador de un saber omnímodo que nos protege (siempre al borde del terror) por toda la eternidad (más no fuere la eternidad terrena en las perspectivas no teológicas). Por eso la religiosidad puede involucrar tanto a curas, a científicos positivistas, como a militantes anticlericales extremos. La idea de que hay, en algún lugar del cielo, la tierra o las ideas, un Otro no castrado (sea Dios, la ciencia, la revolución o la evolución como panaceas universales) ha sido el lugar sobre los que se asientan los peores desastres y del que se nutren los poderes más democrática o tiranamente autoritarios. Poderes que se sostienen en que esa religiosidad tiene un lugar transitorio fundamental en la constitución mental (pensemos que el momento de transferencia idealizada con amigos, líderes o maestros resulta un momento siempre comprobable en algún momento de nuestro desarrollo, por más autónomos, críticos e independientes pretendamos ser – ésa es una experiencia por la que pasa todo adolescente o todo discípulo con su maestro). Pensemos en cómo el Poder suele venir investido de una pátina divina, secular o confesional. En nuestra opinión, no han sido, como tanto se repite hoy, la ciencia y la razón que el Iluminismo promovió, las responsables del presente y futuro de catástrofe que nos jaquea en cuanto especie sino, por el contrario, el endiosamiento implícito y explícito que han llevado a la ciencia y a la razón al Olimpo de los Dioses más variopintos, es decir, aquel donde no rige lo transitorio sino lo eterno; donde la duda ha devenido, en todo caso, cartesianamente instrumental, no un desafío de eso que llamamos la realidad en tanto estructural y “desafiantemente” misteriosa. Como ha dicho Lacan “Dios ha devenido inconsciente”.
Ahora bien, esta tensión entre omnipotencia y castración que he ido tratando de pespuntear hasta ahora, se complejiza cuando pensamos que se articula en el interior de discursos y prácticas sociales donde coexisten diferentes emblemas identificatorios e intereses contradictorios. En ese punto, uno de los desafíos más complejos de los que pienso que tenemos que hacernos cargo los analistas consiste en poner en jaque nuestra tendencia a escuchar desde las formas más homogéneas en las que en nosotros han decantado los discursos sociales, para tratar de hacerlo desde sus grietas. El discurso social o el mismo discurso analítico en tanto discurso social, nos promueve una uniformidad performativa, es decir, instituyente, que puede impedir que encontremos en la maraña de lo aparentemente igual, las tenues hebras de lo diverso. En ese punto, el psicoanálisis suele desdibujarse en el interior de un punto de vista afín a la psicología social: así, la castración como categoría específica de la constitución psíquica se diluye en una moral que promueve la restricción y ve con ojos sospechosos el deseo si adopta sus formas más descaradamente pulsionales, al que termina calificando (descalificativa -no conceptualmente-) de goce.
Se puede trazar allí un puente con esos otros momentos donde la omnipotencia como momento fundante del reconocimiento de sí se hace chirle en el interior del voluntarismo publicitario pensado para el consumo del ¡Just do it!. ¿Qué otra cosa que una perspectiva omnipotente del deseo encierra ese: ¡Sólo hazlo! al que el marketing apela.
Esa dimensión de los discursos sociales que uniforman los discursos singulares resulta un riesgo mayor para cualquier analista de adolescentes. Ése que pone a la clínica y a nosotros en tanto sus practicantes al borde de perder su frágil sostén y despeñarnos en la red mullida de nuestra creencias más mundanas y fofas. Bombardeados de obviedad social (promovida hasta el hartazgo por esa usina de la subjetividad epocal que son los Medios) y lidiando con nuestros propios conflictos actualizados de la adolescencia, la tensión puede ir desde la rápida psicopatologización de cualquier conducta que se defina como pasaje al acto o impulsiva o transgresiva, realizando así los deseos más mortíferamente protectores de los padres y de nosotros mismos o, en otro borde también destructivo, promoviendo la creación de espacios de complicidad, en definitiva seductores, donde recreemos nuestras propias insatisfacciones adolescentes haciéndonos aliados gozosos de la transgresión mirada con beneplácito “antipsiquiátrico” o pseudo “libertario”. Allí ancla esa cuestión central de la adolescencia que esbocé cuando hablé de la transferencia exogámica y que preanuncié que retomaría. Parece éste el momento oportuno para hacerlo.
Transferencia exogámica o identificación con los ideales paternos.
Hay un tipo de situación, relativamente frecuente en mi experiencia, que me ha ido llamando la atención con el paso del tiempo: jóvenes que iniciaron procesos de análisis conmigo a partir de la recomendación de mi nombre por parte de sus padres producen un proceso singular: en un momento dado, en general, cuando el análisis ha avanzado con riqueza y cuando tanto desde el punto de vista de su producción mental en sesión como a partir de hechos en la vida empiezan a mostrar cambios evidentes, de un momento para otro, producen regresiones notorias y plantean la suspensión del análisis, poniendo, creía yo, el proceso en jaque. Situaciones que solía pensar como manifestaciones de reacciones terapéuticas negativas o en otra perspectiva teórica anterior, a manifestaciones de la viscosidad de la libido que, sin embargo, no solían aclararme nada. Se trata de momentos en los que el malestar se hace ostensible y los padres que vuelven a verlos mal, comienzan a desconfiar de que lo que se hubiera hecho hasta ese momento hubiese estado bien hecho. Los jóvenes muestran su malestar con actos muchas veces preocupantes (consumo de drogas, promiscuidad, aislamiento extremo, desinterés hacia actividades que hasta ese momento habían logrado incorporar a sus vidas con placer y creatividad), los padres dudan y los jóvenes muchas veces abandonan. Al principio, pensaba la situación como indicadora de fracasos terapéuticos, pero luego, hechos fortuitos hicieron que fuera llevado a pensarlos de otra manera (por supuesto, sin excluir los fracasos, que también existen). Es que esa información fortuita se ligó con otras experiencias que también observaba en la consulta: a saber: jóvenes que llegaban a mí tras dejar sus análisis (también con analistas recomendados por sus padres y también habiendo mostrado marcados empeoramientos tras aparentemente buenos procesos) y apenas empezado el trabajo conmigo mostraban mejorías notorias y rapidísimas. Mejorías casi mágicas en tiempos de trabajo que hacían muy improbable el que se pudiesen hallar razones consistentes como para que esto ocurriese.
Los datos fortuitos que me llevaron a pensar la situación de una manera que no incluyese la más estudiada reacción terapéutica negativa fue el enterarme que algunos de aquellos jóvenes que habían dejado de analizarse conmigo, también habían recuperado su bienestar, apenas casi empezar, con otros analistas.
Fue entonces cuando esta confluencia de datos me llevó a pensar que en esas situaciones tal vez pudiese ocurrir algo que hasta ese momento no había advertido y, al menos por lo que me indicaban las lecturas, otros tampoco, lo que explicaba la falta de material bibliográfico que me ayudase a comprenderlo. En efecto, si los pacientes nuevos mejoraban apenas empezar a escucharlos sin que yo hubiese tenido tiempo de hacer nada, y los que se iban repentinamente sufrientes mejoraban también en tiempos records con otros analistas que tampoco habían tenido tiempo de intervenir de modo fecundo, se me ocurrió hipotetizar si no se estaría desplegando allí y, de ese modo, en el mismo espacio de la transferencia, ese movimiento exogámico imprescindible en los procesos de estabilización de la constitución del sujeto. Los denomino “transferencias exogámicas” pues reconozco en ellos la necesidad de separarse de los padres-analistas (un modo de realizar el parricidio simbólico en el análisis) sin que la función analítica caiga junto con nuestros semblantes y rescatando algo de la palabra de los padres (en tanto referentes amorosos firmes) frente a la presencia tan fuerte desde el punto de vista emocional (tanto en lo referido al amor como al odio) del analista. Un dato que puede servir de clave para esta interpretación del fenómeno está en que padres e hijos compartían la desilusión y la desconfianza que los hijos inducían con sus actos (lo cual tal vez implique un modo de preservar aspectos identificatorios estructurales sostenidos en las figuras primarias). De este modo, era a nosotros, analistas singulares, a los que había, en todo caso, que abandonar-matar, no la función analítica, ni a los padres reales. De allí que resultara pensable que mis inexplicables “éxitos” con pacientes que venían de otros analistas, en verdad no correspondían a ese breve y hasta brevísimo tiempo de trabajo en común, sino que resultaban cosechas de lo sembrado en otros lados. A veces, unos cosechábamos la siembra de otros y en otros casos, otros cosechaban nuestra siembra. La tan mentada frase que a veces sirve de torpe explicación: “escoba nueva barre bien”, impide a veces advertir este fenómeno que trato de compartir y que según me sugieren otros modos de terminación menos espectaculares, tampoco se pueden universalizar como si fuera “el” modo de la exogamia en análisis. Que éstos a los que me refiero sean más espectaculares es lo que tal vez los transforme en vías acceso a la comprensión de fenómenos de “transferencia exogámica” menos ruidosos,
Los conceptos de reacción terapéutica negativa o viscosidad de la libido no alcanzan para comprender lo que allí sucede porque las dinámicas pulsionales son otras y se asientan en la meta insoslayable de los procesos analíticos con adolescentes y, en verdad, también con adultos (esto en su relación con el “niño interior” que lo motiva), es decir: el acceso a la exogamia. Cuestión de la exogamia que exige tener mucho cuidado en el momento de interpretar (con lo que conlleva muchas veces de juzgar) conductas que pueden parecer pasajes al acto, en tanto (como ya dije) adoptan las formas temidas del consumo de drogas o el de la incursión en espacios socialmente poco protectores, pero que, sin embargo, más allá de su apariencia conductual, no tienen la dimensión mortífera que en otros casos sí los hace especialmente peligrosos para los procesos mentales y vitales.
En ese tipo de casos, cualquier intervención que apunte a lo que he llamado castración moralizante, que busque inhibir esos actos en nombre de su peligrosidad social real o eventual, terminan siendo un obstáculo a ese aspecto exogámico que para el psicoanálisis ha sido siempre una meta del desarrollo mental. Este punto lleva al máximo una tensión inherente a todo proceso de análisis con adolescentes: la que existe entre los deseos que los padres tienen y tenemos en tanto padres de lo que el análisis debe lograr y lo que éste produce en tanto libera al sujeto de sus ataduras infantiles. Proceso cuyas consecuencias no son predecibles en lo que a elecciones en la vida produzcan.
Algunas veces he comprobado que estos procesos se dan manteniendo, luego de un conflicto fuerte, la relación con el analista, generalmente tras una interrupción que inicia otro momento más calmo, de concluir. El parricidio se produce en la primera fase del proceso. Pero, a los fines de este trabajo me resulta muy importante resaltar la importancia que tiene en ello la cuestión del diagnóstico cuando compromete actos que nuestros discursos sociales predominantes no tardarían en condenar o, por lo menos, en teñir de una, muchas veces, legítima preocupación.
Es que es difícil no preocuparse si un joven consume drogas con cierta frecuencia o se introduce en terrenos sexuales promiscuos con grados de seguridad y cuidado incierto. Lo cierto es que, en mi experiencia, por ahora, nunca esa clase de situaciones llevaron a desenlaces más complicados que la estricta angustia que conlleva moverse en la incertidumbre del riesgo (que en definitiva hace a aquello que Freud llamó el paso de la miseria histérica al infortunio ordinario). Y esa incertidumbre es una experiencia que padres e hijos seguramente compartirán emocionalmente aunque en espacios por completo diferentes y hasta paralelos. Una paradójica forma de compartir.
En ese punto, insisto, hacerse eco de los temores sociales que los padres pueden vehiculizar o encarnar puede resultar un obstáculo del proceso de tratamiento. Un obstáculo que puede enclavarse en la apariencia de los actos y no en la matriz fantasmática y discursiva de su producción.
Esta dificultad de diferenciar entre modos sociales instituidos, miedos paternos, temores del propio analista e indicadores específicos de eventual “patología” tal vez puedan ser aclarados con el relato de dos entrevistas que he registrado hace ya varios años atrás pero que a partir de su singular y ocasional fidelidad en el momento del registro puedo utilizar con un nivel de riqueza de matices mayor. Aunque no remiten directamente al tema de la “transferencia exogámica” sí, creo, ponen blanco sobre negro la cuestión del diagnóstico diferencial que tales situaciones plantean.
Se trata de las de dos chicos cuyos respectivos padres hacen un relato muy similar. En cada una de ellas, ambos padres (aunque uno de ellos lo es por su condición de segundo marido de la madre y por haberlo casi criado) se quejan de la desidia de los chicos en sus casas; de su apatía; de que nada les interesa; de que viven como drogados. “Con el walkman en las orejas escuchando la música a todo volumen, aislados del mundo”, dice el padre de uno de ellos. En el colegio les va mal, se llevan muchas materias, no les interesan los temas de la casa, ni las aflicciones de sus padres. Visten unos jeans cortajeados, remeras con inscripciones de sus grupos favoritos de música, y parecen flotando en el vacío, según dice el padre del mismo joven que parece haber leído La era del vacío de Lipovestky. A grandes rasgos, las dos resultan descripciones bastante típicas de algunas formas de presentación de adolescentes de hace un par de años atrás, donde el fantasma del “drogadicto” flota siempre como telón de fondo de cualquier preocupación. Hoy una descripción similar acentuaría el vínculo con la computadora, sus horas encerrado chateando, “twitteando” o haciendo “no sé qué”, sin embargo, la referencia a ese mundo de aislamiento que parece vacío no se ha modificado demasiado. En realidad, ambas formas muestran a jóvenes, aunque diferentes (eso es lo que espero transmitir), hijos genuinos de nuestra época. Si estas parejas de padres se hubieran encontrado, seguramente hubieran dicho “Al hijo de ustedes les pasa lo mismo que al nuestro”.
Sin embargo, vayamos a las dos entrevistas. Tal vez sirva para precisar la cuestión de la diferencia entre lo aparente de las conductas y lo que muestran los indicios discursivos y emocionales.
Primera entrevista con X.
Es un adolescente de dieciséis años. Desgreñado pero de mirada vivaz que observa con desconfianza. Le pregunto si sabe por qué está en mi consultorio:
-Mis viejos creen que estoy loco. Porque escucho música que a ellos no les gusta. Porque me pongo ropa que a ellos les parece sucia (limpita no es, pero a mí me gusta así), porque me aburre estudiar en el colegio cosas que no sirven para nada. Para mi papá la música es Piazzola y Los Beatles, y Metálica es puro ruido. Para él lo único que sirve es lo que él vivió, y siempre nos agarramos un poco por eso. Supongo que querrá que me regeneres.
Le digo que estoy para escucharlo y de que tratemos de entender, no para regenerarlo de nada.
– Bueno, no sé qué decirte. Yo ganas de venir, no tengo. El psicoanálisis me parece un poco “careta”…
– ¿Cómo es eso?
– Y sí, no te ofendas, pero ¿qué puede hacer un psicólogo con mis gustos o con mis broncas? (y acentúa broncas)
(Siento mi interrogación en mi propia mirada antes que en mis palabras) – ¿Broncas?
– Y sí, que sé yo. Estudias, después no tenés trabajo, lo que estudiás hoy mañana ya no va porque unos bochos en la IU ES EI, inventan un aparato que hace las cosas por vos o te cambian todas las fórmulas. A mí me gusta la música, pero mi viejo me hace una guerra si le digo de comprarme una batería. Así que me junto con unos chicos y toco con ellos. Boludeamos, jodemos. Mi viejo cree que no me interesa nada. Que debo estar en la droga. Y a mi me gustan otras cosas, no sé bien cuáles. La música, por ejemplo. Ir a recitales, transar con alguna mina. Todo okey. Ya voy a tener tiempo para hacerme problemas. Decime, ¿a vos te gusta estudiar cuando eras chico? A mi viejo, lo entiendo, él se rompió siempre para que yo estudie, pero …no sé … me aburre.
– ¿Quién, tu viejo?
– (Se sonríe) Y sí, yo prefiero boludear todo el año y después me rompo unos días y zafo. Pero mi viejo no lo entiende. Mi vieja rezonga y él por darle la razón grita más que ella. Siempre se llevaron bastante bien. Es que mi viejo la quiere a la vieja, y como ella se pone muy nerviosa, para cuidarla me grita a mí. Yo no lo entiendo. ¿Mi viejo no salía? ¿No había días que estaba aburrido y días que estaba para el electroshock?
– ¿Para el electroshock?
– Y claro, hay días que estoy loco. Nos juntamos en la casa de F., un amigo y nos damos máquina.
– ¡¿Cuánta electricidad?!
– Sí. Al principio nada nos gusta, pero después le damos al bajo y a los platillos. Si no, nos vamos a un boliche, “pogueamos” un poco y me quedo tranquilo. Claro, esto no lo voy a poder hacer siempre, pero mientras pueda… no sé…¿a vos te parece que eso es estar loco?
Le digo que eso que me cuenta no, que quizás haya alguna cosa que sienta loca dentro de él.
– Qué se yo, supongo que todos somos un poco locos, pero nada heavy. Yo con los muy “zarpados” no me junto, entran en manos pesadas, patotear y esas cosas. A mí no me interesa. Me interesa hacer lo que hago y punto. Sin mucho drama. Mis viejos son muy dramáticos. Seguro que te contaron que soy un inadaptado (Lo cual, era cierto).
Pero agrega y así termina:
– Somos de dos mundos diferentes.
Esta es la primera entrevista que me interesa relatar. Quiero ponerla en comparación con la siguiente.
Primera entrevista con Y.
Tiene quince años. También llega desgreñado (aunque es otro tipo de desaliño), también vistiendo uniforme de recital en Obras. Con los auriculares del walkman alrededor del cuello. Ante mi pregunta de si sabe porqué ha venido levanta los hombros.
– Mi mamá quiere que venga.
– ¿Y vos?
– Ahora no hay drama, estoy bien.
– ¿Cuándo hubo?
– ¿Hubo qué?
– Drama, vos dijiste que no hay más drama.
– Cuando me iba en materias. Pero ahora no, ahora tengo amigos (Aclaro que era el mes de abril. Las que se llevó eran en diciembre, marzo y alguna previa) Así que… (Hace un silencio)
– Contame.
– … en la banda, los chicos me dicen que soy amigo. B. es bárbaro. Dice que hay que cagar a los “chetos”.
– ¿Cómo es eso?
– A los “chetos” del colegio X.
– ¿Y vos?
.- Yo digo que sí. Hay que ir y zas…! (Hace gestos y emite onomatopeyas que remiten a golpes). B. es un “patova”, le pegan pam-pam-paf…y un “cheto” menos.
– ¿Y porqué te molestan tanto?
– Porque son así (y se señala la nariz y hace como si estuviera respingada)
Se produce un silencio más prolongado.
– ¿En qué te quedaste pensando? … ¿Qué se te ocurre?
– Nada, me copa una música.
– ¿Qué música?
– Cha…cha….rachá… (Tararea mientras hace como que toca. Pero tararea sin mucho entusiasmo)
– ¿De qué grupo es?
– Divididos
– ¿Te gustan?-
– Matan, matan… Uno de ellos (lo nombra pero no entiendo porque su dicción es poco clara) no se guarda nada.
– ¿Vos te guardás?.
– No, mi papá está bien. Me escribe que estudie. Mata mi viejo.
Hace un silencio angustiante, más angustiante que las pausas constantes que le impone a cada frase. Le pido que me hable del padre y me dice que vive en el extranjero. Que es diplomático. Que no lo ve desde hace mucho, que lo ve muy de vez en cuando.
– ¿Y a vos te mata no verlo?
– Antes sí, ahora está todo bien. Si él no puede, no puede. B. dice que no hay que ser mariquita.
– ¿Vos te sentís mariquita si te ponés mal pensando en él?
No me contesta y se muestra angustiado: se agarra la remera de Los Ramones que tiene puesta. La mira mientras la refriega con los dedos de una mano y tamborilea con los dedos de la otra. Me parece que tengo que respetar su espacio de angustia sin dejarlo solo. Que a lo mejor me entrometí demasiado.
– ¿Te gusta la música de Los Ramones?
– ¿Los conocés? – me dice repentinamente entusiasmado.
– Me parece que a vos te gustan mucho.
– Me gusta ir a dormir con el walkman puesto y un casette. Esos no son “caretas”.
– ¿Quiénes lo son?
– Todos….por ejemplo… los maestros del colegio… quieren que estudie … si total…igual….igual nada, no importa (Parece ir extinguiéndose de a poco, el tono es de completa desazón).
Así termina la entrevista.
Aquí estamos frente a dos relatos a mi parecer bastante paradigmáticos de adolescentes de nuestra época (aunque el tiempo transcurrido entre estas entrevistas, cerca de veinte años, haya modificado muchas cosas, no ha variado el clima de aparente o explícita desazón que caracteriza tanto a los entonces como a los de ahora). La preocupación de los padres (en uno de los casos la madre y su nueva pareja) es similar a la de muchos padres de entonces y de ahora, al menos las de los padres que me ha tocado y toca escuchar. Antes el aislamiento era musical, hoy es en la web. Pero si el primer joven vive el vacío que siente, relativo a la época que le tocó vivir, desde un lugar de sostén interior donde los emblemas de época: tipo de música, atuendos, ideales, modos del discurso con sus giros y expresiones (drama, “careta”, anglicismos), se organizan en el ideal del yo como una salida exogámica a través del lazo a los otros (los amigos con los que se junta) y una precisa descripción de los que considera pensamientos y sentimientos de sus padres; en el segundo caso, el vacío no es el de su tiempo sino el de su propio mundo psíquico vacío o, básicamente, lleno de un dolor insidioso en el que se entrelazan conflictos de toda una vida. Su vacío de vida (que él agatas araña idealizando a su amigo B., colocándolo en el lugar de yo ideal, en su precaria posibilidad de ser alguien para alguien, aunque se trate de ese personaje siniestro que describe), ese vacío es regido por una tendencia mortífera que se aloja en su ser desde las más tempranas experiencias traumáticas de un padre que parece concentrar para él un fantasma de padre filicida. “Mi papá, mata”.
Me interesa destacar cómo detrás de preocupaciones aparentemente muy similares, se inscriben conflictos por completo diferentes y organizaciones psíquicas de la cual el vacío de la época, resulta en un caso, el lugar donde el joven plasma su rivalidad edípica de modo exogámico, mientras que en el otro joven, es el lugar donde, por el contrario, se asienta un visceral vacío íntimo. La relación con la castración y el narcisismo son por completo diferentes. En ambos se expresan formas de desdén hacia todo ajeno aquello al yo que es tan usual en la omnipotencia (entendida no como “poder todo” sino como “todo lo bueno y lo malo es atribuido exclusivamente al poder o no poder del yo”, – ésa que es usual hallar con todo su peso narcisista en la melancolía-) Pero si una forma de la omnipotencia así entendida trasmite potencia, la otra, por el contrario, la más rotunda impotencia. En ese sentido aquello que les digamos a los padres va a ser por completo diferente aunque sus preocupaciones fueran similares y sea difícil convencer a los padres del primer joven que lo que muestra no tiene un soporte alarmante como sí lo tiene el segundo.
La época histórica, como todas, tiene sus peculiaridades. De hecho hoy el clima político cultural es muy diferente que el de los 80-90, sin embargo, el psiquismo humano, al menos por ahora, parece lidiar con los mismos conflictos ancestrales y las mismas preguntas inmemoriales, aún cuando intente resolverlos con los diversos instrumentos que le ofrecen las épocas.
Los discursos sociales tienen presencia profunda en la subjetividad, pero subjetividad (ya lo dijimos) no es equivalente a sujeto, ni a aparato psíquico. El sujeto psíquico (sujeto del inconsciente como lo llamó Lacan o sujeto de inconsciente, como lo hizo Silvia Bleichmar en una perspectiva diferente que comparto) no mantiene una relación isomórfica con la cultura. En verdad, la subjetividad tampoco.
Del mismo modo que una madre no incide de esa forma isomórfica en la mente de su hijo y la estructuración psíquica se despliega en un espacio que, siguiendo la propuesta de Laplanche, metaboliza el afuera en una creación particular, neogenética, tenemos que tener mucho cuidado en no establecer una relación isomórfica entre la sociedad en que vivimos y nuestros destinos de sujetos. Ese recaudo puede ser muy útil para no tomar las comprensibles preocupaciones de los padres, tanta veces a travesadas por discursos sociales que las definen y nos definen también a nosotros en tanto ciudadanos, como modo legitimado en la terapéutica de una perspectiva de “regeneración”, como le preocupaba al joven de la primera entrevista, avalada, además, por el discurso social.
Nada me permite pensar que la desesperanza social se exprese ineluctablemte en una patología de la desesperanza. En todo caso, la desesperanza social frente al vacío de valores compartibles podrá ser una reacción de la comunidad, pero que no tendrá porqué, mecánicamente expresarse en vacío psíquico. Las movilizaciones y agrupamientos sociales que se hicieron cada día más evidentes sobre todo desde la crisis del 2001: asambleas, piquetes, organizaciones sociales, la reincorporación de amplios sectores juveniles sobre todo en los colegios secundarios a una política que ven con ilusión, son una prueba de ello. Si no, la desesperanza se hubiera eternizado alimentada por su propio vacío de futuro.
Era habitual en el momento en el que estas entrevistas tuvieron lugar (ahora el clima social ha disminuido un poco la frecuencia de estas afirmaciones) que dijésemos de los adolescentes de hoy que están carentes de ideales en una época que parece haberlos matado o traicionado, que se suicidan por el vacío, se hacen anoréxicos por el vacío, bulímicos, bebedores ansiosos o adictos a cualquier clase de sustancia por el vacío. Vacío representacional de una época que podía dejarlos perplejos. Esta descripción originariamente producida en un país de los llamados desarrollados (Lipovetsky es un profesor en la ciudad francesa de Grenoble) toma hoy mayor actualidad en esos mismos países desarrollados enfrentados a la crisis que han sabido gestar y planean profundizar. Ahora bien, ¿por qué no pensar que ese comodín del vacío es la representación que a muchos de nosotros nos ha permitido llenar con demasiada y frágil facilidad nuestra propia perplejidad? Como decía Arminda Aberastury en sus clásicos trabajos: en la adolescencia de los hijos se juegan principalmente los conflictos de sus padres, y en cada análisis con un adolescente los propios conflictos del analista.
Ya que si creemos que el psiquismo humano se construye en la relación temprana sexualizante y traumática con otros significativos inmensos en la red transgeneracional que se define y potencia en la conflictiva edípica de cada cual, si pensamos que el destino de los sujetos se juega en sus grandes líneas en los primeros años de vida aunque luego se siga reelaborando (no repitiendo como un sinfín) al modo de variaciones sobre un mismo tema en las condiciones que las épocas imponen, si pensamos así, sería una afirmación desmedida y de tenor culturalista adjudicarle tal valor estructurante (en cuanto al aparato psíquico o el sujeto, no así en cuanto a la subjetividad) a las vicisitudes de las buenas o malas épocas.
Es que lo particular del desarrollo psíquico es que esos conflictos tempranos (como ocurre con las variaciones sobre un mismo tema en lo que se refiere a la música) permitirán, en algunos casos, posibilidades inmensas y, en otras, casi nulas o excesivamente pobres, a los procesos reelaborativos que se vayan sucediendo e intrincando.
No pensarlo así lleva a suponer que el psiquismo se organiza por un proceso de hecho cognitivo, acumulativo (aun cuando se lo pueda enunciar en términos de identificación) donde los padres trasmiten sus dolores, pesares o alegrías sin resto alguno. Que se trasmite es seguro, pero nuestro objeto de investigación se halla en ese otro espacio donde la psicosexualidad traumática del semejante deviene psicosexualidad traumática propia, diferente de aquella de la que parece provenir. Es en ese punto que escuchar a un joven exige particular cuidado acerca de las formas sutiles por las que su subjetividad en tanto sujeto psíquico, transitan.
Ése es el motivo por el que he insistido a lo largo de este trabajo en aquello que me parece uno de los mayores desafíos de la clínica con adolescentes que nos somete a difíciles dilemas; es decir: puede ocurrir que sostener un espacio subjetivo constituyente implique el sostener espacios que desde el punto de vista de la práctica social hasta puedan estar en los bordes del delito (allí nosotros también quedamos en los bordes, pero de la clínica). El problema es (y ése fue un hallazgo central de Freud que perdura más allá de cuánto se haya modificado la moral sexual media) que las morales restrictivas se dan de bruces con las formas exorbitantes del deseo o vehiculizan esa exorbitancia haciendo crueles las restricciones.
Esta paradoja fundamental toma ribetes dramáticos en muchas de las manifestaciones delictivas de los jóvenes de hoy pertenecientes a los sectores más excluidos: la sociedad los expulsa tornándolos “nada”, simple escoria, y forzándolos a “ser” en el delito que después la sociedad repudia. Son en la muerte, no para la muerte como formulara Heidegger.
Culmino con esta referencia a lo delictivo porque en el fondo de este trabajo está la discusión de lo que he llamado castración moralizante, que en muchas de las actuales situaciones parece tornarse el respaldo pseudopsicoanalítico de la llamada “mano dura”, sostenida en una fantasía de “seguridad a prueba de todo”. Como decíamos antes: en la fantasía que se nutre de la idea de que hay un Otro no castrado en alguna parte.
Por último un pequeño ejercicio: pensemos cómo pensar nuestras categorías de castración y omnipotencia en el siguiente relato extraído del libro Los pibes del fondo de la periodista Patricia Rojas.
Dice así: “Después de cumplir 18 años G. robó un banco y fue a parar a Caseros. Estuvo siete meses preso. A los diez de salir, nos vimos en la casa de un amigo de él. No es muy alto, es corpulento y de grandes manos. Miraba fijo a los ojos. Hizo unas aclaraciones, sabe que lo que hace está mal, pero su papá le enseñó algo que lo ha ayudado a sobrevivir. A él y su familia. Soy sexta generación de chorro, es nuestro rubro familiar. Es difícil decirlo, pero así como un hijo sigue la carrera de su padre y después siente que le debe mucho, yo seguí la que me tocó. Yo estoy orgulloso de mi papá y le debo mucho. G. conoció a su papá en la cárcel de Caseros, los días de visita. Y la primera vez que lo vio en libertad tenía cuatro años y estaba en el jardín de infantes. Me vino a buscar en Sierra blanco, me acuerdo perfecto. El estaba vestido con unos pantalones y zapatos blancos y camisa mitad blanca y mitad negra. Me dijo: ¡pibe vamos! Cuando íbamos en el auto, me atajó: no le vayas a decir nada al abuelo que tengo un Sierra ¿entendiste? Cuando llegamos a casa yo corría a contarle al abuelo, ¿sabés que mi viejo tiene un Sierra blanco? Y el abuelo no dijo nada. Si él hacía lo mismo”.
Y en otra página: “G. cierra la puerta de la habitación y unos palos de golf se golpean con el movimiento. G. se ríe. Estos palos son de otra vuelta, los robó mi papá hace mucho. Y ni bien los robó, se las ingenió para aprender a tirar y después nos enseñó a mi hermano y a mí a pegarle a la pelotita. Aprendió un poco de los partidos que pasan por la tele. Todavía hay tardes que cuando mi papá está libre, en que vamos a practicar al parque de Directorio que tiene una superficie de pasto con montañitas. Acá tenemos el palo 5 y el palo 6. Uno de saque y otro de tiro medio. Se diferencian por el peso que tienen en el extremo, el de saque es más liviano. Tenemos más, pero son de mi hermano y prefiero no tocarlos. Acá, nosotros somos muy obsesivos con la propiedad de cada uno.”
Si para G. la prohibición social lo enfrenta con cualquier regulación jurídica que lo sancione, sin embargo la presencia eficaz de la prohibición del incesto se hace evidente, no sólo en la identificación amorosa con un padre que tiene dimensión emblemática identificatoria en una línea transgeneracional, sino en esas zonas de prohibición por completo contradictorias con su práctica que sintetiza la frase “Acá, nosotros somos muy obsesivos con la propiedad de cada uno” que si bien tal vez cargue con un matiz cínico que no estamos en condiciones de evaluar a través de la simple lectura del texto, no por eso deja de explicitar los límites que rigen el contacto entre los cuerpos (expresados en propiedad de cada uno) que existe en la mente de G.
La apelación a este relato busca terminar este trabajo con un ejemplo que expone en toda su tensión las difíciles y necesarias discriminaciones que un analista que trabaja con adolescentes debe hacer entre las formas sociales que una práctica puede tener y cuyas consecuencias jurídicas y sociales son insoslayables, y los fantasmas que además de darle consistencia pueden promover derroteros psíquicos por completo diversos a aquellos tan temidos. Esto aunque se desplieguen en escenarios aparentemente iguales. Las transgresiones del deseo no están necesariamente vinculadas al delito psicopático (no se trata necesariamente de la falta de superyó sino de un superyó construido con otros emblemas), el problema consiste en que no siempre es fácil, cuando no imposible, trazar la diferencia.
En una época en que se pretende, vía técnicas cognitivas y conductistas, hallar, por ejemplo en Inglaterra, los gérmenes de la delincuencia en la asociabilidad infantil o hasta en su propensión a las travesuras, para los psicoanalistas resulta un desafío escuchar sin dejarse contaminar por una moral en el fondo religiosa (por anticlerical que se muestre) que se sostiene en la creencia de que hay paraíso en la tierra o que (¡ya le va a crecer!) pueda haberlo alguna vez.
Si hemos hecho este tránsito desde el joven que pretendía crear su grupo de autodefensa del comienzo hasta el delito común del final es porque la adolescencia tiene, por su fondo parricida, un aspecto central que hace que siempre se juegue en sus bordes, bordes que nos ponen, a veces, al borde de la clínica para interpelarnos como sujetos sociales. Motivo por el cual confundir las transgresiones subjetivantes y omnipotentes (incluso aquellas ocultas tras máscaras impotentes) que pueden caracterizarlos, con formas organizadas de caída en un mundo donde no rigen las leyes establecidas o donde sólo valen las leyes propias del canalla resulta un problema central de nuestra clínica con ellos. Y, por supuesto, de la relación con los padres, que siempre esperan (al igual que nosotros cuando estamos en la misma situación) que los analistas hagan de sus hijos (o de los nuestros) aquello que más se parece a sus (nuestros) ideales.
