Cosmovisión latente y posición del analista
Marcos Koremblit
Cada época ha construido su propia noción de infancia la que está determinada social y culturalmente. Lo mismo es aplicable para la noción de Juventud y Adolescencia en tanto los referentes en los que se apoyan van cambiando y lo que puede ser válido para una cierta época deberemos re-considerarla para otra en tanto conlleva siempre una fuerte impronta “epocal”. Cada época tiene sus propias y diversas definiciones, siempre cambiantes en tanto lo que hoy consideremos adolescente, su comienzo así como su finalización, es una categoría conceptual que emerge en la época y la cultura que nos toca vivir.
¿Existe una época para vivir la adolescencia?
“Las clasificaciones por edad vienen a ser siempre una forma de imponer límites, de producir un orden en el cual cada quien debe mantenerse, donde cada quien debe ocupar su lugar” dice Bourdieu dando cuenta de lo asociado que está este concepto a pujas por el poder o el prestigio. En la línea temporal podemos pensar también en el riesgo de adscribir a la idea de adolescencia “temprana, media o tardía”, tal como es planteada por algunos autores. En esta postura estaría implícita la referencia a algo que debe ocurrir en algún momento vital, que sería “adecuado”, “a tiempo”, pero o no apareció o lo hizo fuera del momento esperado. Esta noción tiene una fuerte impronta psiquiátrica, acuñada en el concepto de “reacción vivencial normal”, y está asociado a una norma, a un parámetro ideal, tema que es discutible para una perspectiva que intente ser psicoanalítica en su abordaje conceptual.
Toda visión metapsicológica conlleva una clínica que de ella deriva y aunque aspiraríamos a mantener cierta coherencia entre ambas, lo cual no siempre logramos, debemos ser conscientes del nivel de tensión que existe entre teoría y praxis. Nuestra concepción acerca de cuándo y cómo sucede la adolescencia debería ser solidaria con la conceptualización que tengamos acerca de la adolescencia misma en todo su devenir.
Distintos autores dedicados al estudio del psicoanálisis de la adolescencia han propuesto distintas maneras de conceptualizar estos fenómenos y ofrecer alguna precisión en cuanto a su ubicación temporal. Así Peter Blos conceptualiza la adolescencia como una crisis, y en otros trabajos como conflicto (a veces parecieran superponerse ambos conceptos). Otra autora que conceptualiza estos fenómenos es S. Quiroga, quien distingue en la adolescencia fenómenos que no aparecieron cuando se suponía debían hacerlo (que adscribe a la adolescencia tardía), de aquellos que aparecieron, pero con manifestaciones clínicas que se mantienen en el tiempo más allá de lo esperable (adolescencia prolongada). La línea post-kleiniana representada por D. Meltzer al definirlo como “estado de la mente” supone otra categoría conceptual al prescindir de la idea de un momento evolutivo ya que tal estado depende de la organización del self y al estado de los objetos internos atribuible a cualquier edad cronológica.
En relación a estas adolescencias que, no aparecen o se prolongan en el tiempo, nos encontramos con pacientes que a pesar de los embates adolescentes mantienen la ilusión de conservar una relación omnipotente con el “saber”. Esto nos introduce en el tema de las latencias prolongadas: La ganancia de un proceso adolescente “…es la transformación de una mente restringida en una abierta a nuevos sentidos mediante un trabajo de duelo en el cambio de posición subjetiva al destituir garantías, con la incertidumbre que esto implica…” (Moguillansky C., 1999). Estas “garantías” tienen estrecha relación con la omnipotencia propia de un “saber latente” que debería caer en la adolescencia, con la consecuente pérdida de certezas y con el riesgo inevitable frente a la “incertidumbre” que lo acompaña.
Dentro de estas ideas querría jerarquizar el valor de atravesar la experiencia en toda su dimensión vivencial y emocional como un hecho que verdaderamente conmueva al joven en su sistema de creencias y le permita –desde esta perspectiva- un cambio en su posición subjetiva.
Federico: latencia prolongada ( ó adolescencia evitada?).
Me interesa destacar dentro de estas variantes una modalidad de expresión de adolescencias que paradójicamente parecen no haberla vivido en toda su dimensión experiencial. En este sentido podríamos referirnos a un fenómeno de frecuente observación fomentado especialmente en ciertos sectores sociales con familias que en un esfuerzo excesivo por acompañar el crecimiento de sus hijos, estos terminan estabilizándose crónicamente en una latencia prolongada siendo evitada así cierta dimensión de experiencia adolescente con todas sus consecuencias.
Federico es un muchacho de 21 años que atiendo hace unos tres años. Cuando consultó estaba muy preocupado ya que hasta ese momento no había tenido relaciones sexuales hecho que sentía vergonzoso frente a sus pares. Atravesaba además períodos de angustia donde se asustaba mucho al tener que atravesar experiencias desconocidas las que intentaba resolver, apelando a recursos obsesivos y múltiples racionalizaciones.
Su hermano menor venía realizando desde hacía años tratamientos psicológicos y psiquiátricos ya que padecía una fobia a los bichos que martirizaba a la familia, la que tenía que comprobar una y otra vez que “ningún bicho del jardín entrara a la casa”.
Cuando comenzó el tratamiento Federico estaba cambiando de carrera universitaria. Había comenzado no muy convencido estudiando Derecho a instancias de su padre abogado, y ya en la facultad había conocido una profesora de Sociales que le había impactado mucho por lo que decidió cambiarse y estudiar Ciencias Sociales.
A pesar de sus dificultades estudiaba y le iba bien en la facultad, tenía una banda de música, un trabajo afín a su carrera, escribía y militaba en política, pero todo vivido con un alto nivel de sufrimiento.
Cada verano las vacaciones le resultaban muy complicadas ya que a pesar de organizar él mismo los campamentos con amigos, se angustiaba mucho allí y quería volver siempre antes de lo previsto.
A poco de comenzado el análisis “debutó” sexualmente cosa que lo alivió bastante por un tiempo.
El análisis transcurrió por estos canales, analizando sus dificultades fóbicas, su preocupación por “sentirse normal” y lo angustiado que se sentía cuando esto no ocurría.
El segundo año un hecho marcó una nueva etapa en el análisis: conoció una mujer algo mayor que él, con quien tuvo una serie de encuentros sexuales como nunca había vivido previamente. Cristina era una mujer fogosa y más experimentada que lo animó a probar y sentir cosas que nunca antes había hecho. Pero lo que más lo afectó y que lo llevó a dejar esta fogosa relación fue encontrase con una pareja de amigos y suponer que ellos pensarían que Cristina era una mujer atractiva pero no inteligente, una “prostituta tonta” decía a veces, o una mujer grande decía otras, y decidió dejar esta relación por el temor al “qué dirán”.
Parecía que la sexualidad hasta ese momento disociada intentaba integrársele, no pudiendo ya mantenerla separada a los ojos de los otros con lo que debía rebajar la mujer fogosa a la categoría de “prostituta tonta”.
A partir de entonces comenzó a incrementarse su sintomatología y sus momentos de angustia hasta llegar a niveles muy importantes por lo que decidí aumentarle una sesión y darle medicación ansiolítica en bajas dosis por un tiempo. Esto produjo un efecto inmediato y lo calmó bastante.
Por esta época fue trayendo ciertas descripciones de la vida familiar que yo desconocía: sus padres desde hacía bastante tiempo dormían separados ya que el padre roncaba y entonces la madre dormía todas las noches en el sofá del living para poder descansar mejor. Esta situación enojaba a Federico ya que estando la madre siempre en el living de la casa le impedía a él traer amigos y sobre-todo mujeres a la casa. “La sexualidad no entra en mi casa” decía ingenuamente Federico sin tomar conciencia de la dimensión de estas palabras. Decía además que la madre no soportaba ver escenas de sexo en la TV y se retiraba si aparecía alguna.
Mi impresión era que la madre se presentaba como un panóptico controlador de lo que entraba o no en la casa, la sexualidad, las mujeres o los bichos, y el padre, aunque intentaba proponerse como poseedor de un saber, se declaraba ajeno a su influencia sexual, “no encontrando las llaves adecuadas” tal como aparece en un sueño de esta época del análisis y que transcribo a continuación:
Sueño:
“Primero mi hermano y yo tenemos que atravesar los conitos con el auto como en el examen de manejo que te toman para sacar el registro de conductor.
Después viajamos con mi familia a Uruguay. En la aduana un policía le pide a mi papá ver las llaves de mi casa para asegurarse que íbamos a pasear como turistas y no nos quedaríamos a vivir allí como inmigrantes ilegales.
Mi papá busca las llaves y no las encuentra. Yo pienso: “Que boludo!, que le muestre cualquier llave si igual no se va dar cuenta si son o no las verdaderas”.
Después estoy en el barco charlando con un hombre de apellido raro: Banfield o algo así, pero no era exactamente ese. Y después cambia de nombre”
Asociaciones:
“Los conitos con el auto”: hacía poco había reprobado el examen de manejo por problemas en la vista. Este hecho había sido muy traumático para él en tanto lo interpretaba como confirmatorio de sus dificultades de la vida en general: “A otros todo le sale más fácil que a mí” se quejaba Federico.
“Mi papá buscando las llaves”: es típico de mi papá. Siempre hace quilombo y se pelea con todos al pedo. Típico profesional de clase media que quiere mostrar que tiene poder. Hace poco se peleó en el cine porque no nos dejaban entrar con pochoclos que no fueran del cine. Él le decía al empleado “Quiero hablar con el gerente” y yo trataba de calmarlo diciéndole: “Papá, es solo un empleado, dejalo”. Igual con los médicos: él va, pero para explicarles a ellos lo que él tiene.
“El hombre del barco: Banfield”. No sé porque yo soy hincha de un club que es contrario a Banfield.
“Y el cambio de nombre”: debe tener que ver con los cambios que últimamente me dan miedo: estar con una mujer y que se convierta en un hombre.
A poco de transcurrido esto sucedió otro encuentro con Gloria, una mujer de características parecidas a Cristina hecho que volvió a sumirlo en una crisis parecida a la anterior: ahora temía estar volviéndose loco, obsesivamente buscaba en Internet su diagnóstico, coincidiendo además con una materia cursada en la facultad afín al Psicoanálisis. Cuestionaba al análisis, pensaba si cambiar de analista o de tipo de terapia ya que había encontrado en Internet que él era un obsesivo y que existían terapias cognitivas “más exitosas que el Psicoanálisis”. Parecía calmarlo cuando yo le decía mi visión respecto de su problemática que excedía la cuestión diagnóstica.
Su mayor problemática era “existencial” él decía. “Para qué vivir si finalmente la humanidad va a desaparecer”. Lo angustiaba un posible encuentro con otra mujer ya que decía no estar seguro si le iban a gustar sus pechos; tenía miedo de haber perdido el deseo sexual concentrándose en el tema de los pechos y sus dudas acerca de si le gustaría besarlos o no. Recordaba además que su padre le había dicho alguna vez acerca de la importancia de hacer gozar a una mujer excitándola en sus pechos.
Temía además que la mujer se transforme en hombre o él confundirse y que le terminen gustando los hombres. Veía durante horas videos pornográficos en Internet para “imaginar” como sería tocar o besar los pechos de esa mujer, pero en la práctica no hacía experiencia.
En una posición latente y sumisa se mantenía a la espera que alguien, el padre, el profesor de gimnasia o yo, le diéramos recetas para animarse a vivir la vida. Se frustraba si no las recibía y suponía que en algún lugar podría encontrarlas, en otro tipo de terapia o donde fuera. Por otro lado reconocía estar siendo ayudado por el análisis hecho que lo confundía aún más.
Su precaria estructura defensiva parecía desarmarse al atravesar situaciones vitales que lo conmovían (vacaciones, Cristina o las mujeres que se vuelven hombres), como una estructura no preparada para la emergencia del erotismo. Podemos pensar que no se animó a hacer un verdadero debut con Cristina cuando tuvo que presentarla en sociedad frente a su pareja de amigos, expresión de la culpa por el triunfo edípico frente a una pareja de padres desexualizados.
Esta posición latente no le permitía ser un “inmigrante ilegal” para su familia ni animarse a atravesar los “conos-pechos” de una mujer, diferentes de los de su madre, sino repetir “rutinas, lo que lo lleva a sentimientos de insatisfacción en tanto se sentía dando exámenes para aprobar, buscando “el registro” como representante de alguien que lo autorice idóneo para el ejercicio de su sexualidad.
En una sesión por esta época comentó que había re-tomado gimnasia y se había sentido bien, ya que a diferencia de otras veces, había podido hacer él solo la rutina de ejercicios sin esperar que el profesor lo guíe tal como solía hacer hasta entonces.
Finalmente y sintiéndose ya más tranquilo en el último tiempo, fue trayendo la idea de cómo lo afectaba vivir sus relaciones como algo conocido, previsible, rutinario, en cuanto esto lo hacía sentir que perdía intensidad en su manera de relacionarse y de sentir. Lo asoció con un poema suyo y con una canción de Drexler que hace referencia a que “ la vida iba a ser nada más que esto”.
De esta manera fue surgiendo la noción de finitud como algo muy temido, asociado a ir cerrando posibilidades donde no todo entonces era posible: él no puede estar con todas las mujeres, las mujeres no pueden transformarse en hombres, no se imaginaba tener relaciones sexuales siempre con la misma mujer, etc, , hecho que lo hacía sentir perdiendo intensidad en sus vínculos.
En tanto la castración comenzaba a operar así como la noción inevitable del paso del tiempo esto le iba permitiendo establecer relaciones “más reales” decía él, pero con el costo que esto le implicaba: sentir que perdía intensidad que, aunque sufrida, lo hacía sentir más vivo. “Antes sentía que cada relación era un nuevo examen a aprobar, un nuevo desafío, como “atravesar los conitos con el auto”. Ahora esto se fue calmando. Entonces: ¿qué sigue?” se preguntaba Federico, pregunta que tendrá que ir investigando en tanto se vaya animando a experimentar adueñándose de su propia vida, asumiendo los costos que esto lleva implícito. El desafío actual es una búsqueda personal y propia donde pueda animarse a jugar su posible “anormalidad”, viviendo su propia experiencia y no “buscándose” según molde en alguna supuesta normalidad imaginaria a través de Internet, ni por lo que la humanidad guía.
Material de sesiones:
En el material de una de las últimas sesiones Federico fue trayendo su idea acerca de su ubicación “especial” si superior o inferior pero donde era evidente cómo siempre se le imponía algún tipo de parámetro, algo que lo ubique en una serie, que lo estandarice. Siguió contando que había salido durante un fin de semana con dos chicas Romina y Micaela a quienes no podía evitar ver “boludas”. Frente a esto intenté ampliar la idea de “boludas” a lo que él respondió: ” no tenés nada para hablar con ellas, son muy infantiles! No es que yo me haga el agrandado. Micaela flashea cada cosa!. Me preguntó qué destino iba a tener nuestra relación: en la primera salida!. Y yo qué sé!. No da preguntar eso en la primera salida. Y Romina también. Vive en cualquiera, va fumada a clase, es re-colgada! No es que yo me sienta superior pero…”
Mi intervención fue en la dirección del riesgo de ser yo también tomado como “boludo” cosa que él negó insistiendo que él no quiere probar hasta encontrar “la indicada” hecho que interpreté como si él pareciera manejar sus afectos con parámetros estadísticos.
La sesión siguiente dijo: “Hoy va a ser una sesión importante. Tuve dos sueños muy largos. Creo que tienen que ver con la sesión pasada cuando vos me dijiste que cualquier interpretación tuya corrías el riesgo de pasar a ser un boludo. Y también con algo que yo nunca te dije, pero…me cuesta decirlo, (se angustia)…y finalmente dice: “yo muchas veces tengo la sensación que cuando yo no quiero estar con una mina, como que vos hinchás por ella.” Al intentar ampliar esta idea Federico dijo “Como que vos querés que yo esté con ellas y yo me siento presionado y al final yo no sé si estoy con ellas porque yo quiero o porque vos me presionás”
Se lo interpreté como lo entendí en términos proyectivos, él quiere y no quiere estar con ellas, pero que por algún motivo necesita pensar que la presión viene de mí y él lo asoció con dos sueños recientes: “…El primero tiene que ver con que yo durante mucho tiempo jugué un jueguito en Internet que es un espacio entre la Tierra y el Cielo donde van los muertos, como un limbo entre la Tierra y el Cielo o el purgatorio. Y en el sueño yo estaba allí y había un auto muy grande, pero yo no lo podía mover. Entonces venía el profesor de la película “Volver al futuro” viste? Y me decía que fume un cigarro de carbón y que así iba a poder mover el auto. Y yo sabía que era algo que hacía mal, pero lo hacía igual. Y el segundo sueño creo que es continuación de este no sé: yo el día anterior me había peleado fuerte con mis viejos. Además había tenido una charla con una amiga. Ella me había contado que su psicóloga le preguntaba sobre los juegos en red en los que juega. Y a mí no me parece que se lo pregunte. Qué es? Un interés de ella eso?. Además le dijo que había elegido mal la carrera. Yo no estoy de acuerdo con eso. Que una psicóloga se meta así en la vida del otro.
Y en el sueño yo iba primero a ver una psicóloga mujer que no me gustaba. Después iba a ver un psicólogo varón que me gustaba más, era un buen tipo. Pero este psicólogo en realidad es un antropólogo que yo conozco: J. Es alguien que trabaja con nosotros en el Ministerio, es un tipo muy interesante yo lo consulto mucho cuando tengo que hacer alguna investigación. Pero al trabajo él va poco, es medio un ñoqui.
Después yo hablo con mi vieja y le digo que en realidad yo prefiero seguir el tratamiento con vos y ella me dice que seguro que uds. dos hablaron, vos y J.
Después voy con mi familia a Musimundo a comprar cassettes como cuando era chico y después mi viejo me da un libro que es una nueva versión de un viejo libro”.
Al pedirle asociaciones su respuesta fue que él pensaba que tendría que ver con la época que andaba mal y pensaba cambiar de analista, sus dudas acerca de si yo había hablado con otro analista –que es un referente importante para sus padres- y que al final decidió seguir conmigo. Le interpreté que él parecía verme como a un profesor que espera lo ayude a moverse, un buen tipo interesante aunque medio ñoqui. Que él espera que yo le enseñe qué hacer con las mujeres, pero después siente que lo presiono.
Su respuesta fue ” Pero es que yo no tengo ganas de ver ni a Romina ni a Micaela!. Si yo hago lo que yo quiero no las veo!”. Le pregunté entonces porqué el creía que tendrías que verlas, y se lo asocié a un hecho de sesiones anteriores donde era evidente cómo él llevaba mujeres a su casa, se las mostraba a su mamá, y después se sentía presionado y terminaba peleándose con ella.
El lo asoció con una pelea reciente “… La otra noche yo llegué tarde a casa y había un pescado para freír. Yo pensaba hacerlo solo aunque nunca lo había hecho antes. Y mamá fue y me cocinó fideos para que yo no cocine. Y me peleé. Ella dijo que era para que yo no ensucie la olla. Yo le dije: “Para lavar una olla no hay que ser un físico nuclear!”. Les dije que ellos necesitan que yo ensucie la olla y tener ella que lavarla porque eso le da sentido a su vida. Porque ella es una profesional y no trabaja entonces lavando ollas se siente útil, sino no sabría qué hacer. Yo debería irme a vivir solo, pero no gano lo suficiente. No podría pagar la terapia que en este momento es tan importante para mí.
Le pregunté qué idea tenía acerca de los dos psicólogos del sueño a lo que él respondió que tal vez eran como sus padres: ” mi vieja una metida y mi viejo un buen tipo”.
Intervine asociándolo con la idea de “un psicólogo buen tipo, pero medio ñoqui” cosa que a él le causó risa como asintiendo con esta idea.
Y en relación libro “ un viejo libro en una versión nueva” recordó que “…Cuando era chico mi viejo me daba siempre libros para leer. Yo leía mucho. Después se los devolvía o me los quedaba en mi biblioteca. Mi viejo tiene una biblioteca grande en su estudio. Ahora creo que yo leo más que él…” Y respecto de las nuevas versiones lo asoció con “Un libro que encontré de cuando yo era chico”. Le interpreté que él no sabía con qué versión quedarse, si con nuevas versiones que quiere cambiar y hacerlas suyas, o con las viejas versiones para después estar pendiente y sentirte presionado por nosotros. Luego de un silencio algo prolongado recordó “…Anoche estuve tomando un café con Candela y ella me decía que me deje de joder, que no me torture más y haga lo que tenga ganas de hacer. Que salga con quien yo quiera y listo”. Yo intenté relacionárselo con la idea que él elija sus propios casettes en Musimundo y él asintió..
Acerca de la posición latente y sus creencias: ¿cómo somos escuchados?
En el material clínico de Federico podemos observar las consecuencias emocionales implícitas en la posición latente que, evitando enfrentar el dolor mental implícito en toda experiencia vital lleva a establecer acomodamientos defensivos con el costo consecuente.
D. Meltzer describe la clínica de adolescentes que regresan transitoriamente a la rigidez de la latencia al no soportar los impulsos edípicos exacerbados en esta etapa (Meltzer, 1974). Esta afirmación la amplía en los Seminarios de Novara al referirse a una de las cuatro comunidades por las que el adolescente transita: el adolescente que regresa al equilibrio latente de la vida en familia.
Estos pacientes establecen una modalidad transferencial de idealización tipo “coach” (Aryan y Moguillansky, 1991) con la ilusión de ser igualmente no castrado y omnipotente como el ideal proyectado en el analista. El objetivo en este tipo de posicionamientos es evitar la confrontación edípica con la rivalidad en juego, y en un intento aplacatorio se presentan sumisos y obedientes a la espera que sólo el tiempo los llevará a la adultez de la mano de algún adulto significativo que sí sabe y de quien sólo deberán esperar recibir la receta. El riesgo de estos análisis es eternizarse a través de una idealización transferencial cuya finalidad es mas “parecerse a, miméticamente”, que un cambio de posicionamiento subjetivo. Otro riesgo en este tipo de posición es la manera cómo es escuchado el analista y sus intervenciones desde sus propias creencias hecho que a veces no resulta fácil detectar. Es así que en el material de Federico llevó bastante tiempo aparecer lo que él entendía como del lado del deseo del analista que “hinchaba por las mujeres” hecho que después lo hacía sentir presionado y exigido, atado a lo que suponía era una fórmula del analista.
Eso nos lleva a la necesidad de escudriñar especialmente nuestra contratransferencia, ya que podemos inconscientemente vernos expuestos a posibles contra-actuaciones con el fin de intentar “lanzarlos” a la aventura, a hacer experiencia a ciertos pacientes confundiéndonos así en nuestra función. Es entonces que desde la cosmovisión latente una interpretación puede ser escuchada como una opinión, una intervención será una indicación o una receta desde donde el paciente en una posición pasivizada y habiendo proyectado el ideal en el analista que sí sabe, puede generar un malentendido al que conviene estar especialmente atentos.
Otro posible malentendido que se podría generar es confundir el valor de una experiencia de contenido emocional con el de una experiencia sensorial. De este modo el paciente puede interpretar que parte de nuestra expectativa como analistas es verlos ampliar su ranking experiencial en una colusión narcisista con ellos trastocándose así el sentido de lo que hace a nuestra posición como analistas.
Consideraciones acerca del “debut”.
Un paciente después de varios años de tratamiento, había tenido su primer encuentro sexual con una chica y frente a las dificultades “prácticas” propias del inicio me preguntaba muy preocupado si “seguía siendo virgen ó si ya había dejado de serlo”. Lo importante era para él averiguar a qué grupo pertenecía, en qué serie quedaba ubicado.
Otro paciente manifestó luego de su primer encuentro amoroso que su fantasía era que “todo iba a cambiar, una revolución interna donde ya no sería el mismo y no fue así; una fórmula matemática que me explicara cómo seguía todo de ahora en adelante; y volví caminando desde la casa de ella a mi casa como siempre, la calle estaba igual, nada había cambiado… ” decía decepcionado, al verificar que no se había producido tal metamorfosis y él seguía siendo el mismo.
Podemos pensar en estos ejemplos, así como en el material presentado, cuál es el valor de una verdadera experiencia. En otros términos qué es –si es posible definirlo- un “verdadero debut”. Federico aunque parece haber atravesado dicha experiencia con Cristina, la misma se expresa más en el terreno de las destrezas “para aprobar exámenes” frente a sus pares, que asumiendo el compromiso emocional de vivir una experiencia plena.
La perspectiva kleiniana propone para estudiar estos fenómenos evaluar la posición del sujeto frente a la escena primaria. Diferencian así fenómenos de reserva de aquellos de intimidad según exista o no la referencia a un tercero permutando los términos de la escena primaria con la intención de convocar a un público, en un juego de exhibiciones y escondidas (B. López, C. Rios, C. Barredo, C. Moguillansky, etc).
Carlos Moguillansky y Hebe Umansky dicen que “en el debut sexual se ponen en juego inquietudes que giran alrededor de tres cuestiones:
– el temor a no ser idóneo
– el temor por los efectos de la traición a las figuras parentales
– el temor a lo que puede perder si se anima a entregarse -angustia de castración.
Además de sortear estas cuestiones nada sencillas, el debut sexual expone al adolescente- junto con su saber, sus certezas, sus consistencias e identificaciones- a la necesidad de apropiarse de una experiencia que le resulta ajena. Y a partir de ahí él ya no es ni será el mismo” dicen los autores (Moguillansky y Umansky, 2011).
Podemos pensar que el cambio se juega en el terreno de algo inaugural, novedoso e iniciático que será experiencia en tanto –siendo vivido en un clima de exogamia, soledad e intimidad emocional- permite conmover al joven su sistema de creencias y cuestionar algo que verdaderamente lo implique saliendo enriquecido de la misma, reorganizando las piezas de su construcción subjetiva de un modo novedoso y singular.
En el psicoanálisis actual nos encontramos frente a posiciones que nos obligan a tomar una decisión teórica: para algunos la adolescencia es pensada en términos de re-significación de lo ya acontecido, un apres-coup de aquello vivenciado en las primeras experiencias fundantes, mientras que otros adscriben la experiencia a la “novedad” producto de un nuevo encuentro (Torres de Aryan D., 2002). No parece una decisión menor a la hora de enfrentar fenómenos clínicos en los que se juega algo que parece del orden de la novedad, conmocionante y estructurante para el psiquismo en su conjunto y en el que el encuentro, tanto con el cuerpo propio como con un otro tienen un valor protagónico.
El carácter inédito y singular implícito en el debut hace que muchos jóvenes atraviesen necesariamente algún período en el que se sienten “anormales” –sentimiento típicamente adolescente- en tanto experimentan fantasías y sentimientos que aún no han podido incluir en una trama simbólica que permita otorgarles una significación. Esto los hace sentirse que no encajan en los patrones esperables de una supuesta normalidad según los códigos que ellos imaginan los otros ya poseen y del cual se sienten así excluidos. Esta experiencia, inaugural, aplicable al plano sexual pienso que a su vez la excede en tanto podría aplicarse para cualquier encuentro significativo que el joven se anima a atravesar, en el que la condición para vivir dicha experiencia sea “poner el cuerpo” en toda su expresión.
El tiempo de la adolescencia: la adolescencia en su “dimensión experiencial”.
Tal como planteara al comienzo una posible concepción acerca de la ubicación temporal que otorguemos a la adolescencia debería ser solidaria con la conceptualización que tengamos acerca de la adolescencia misma en todo su devenir. El modelo conceptual del que partamos nos llevará a concluir si la adolescencia tendrá un momento para ser vivido, un comienzo y un posible final para la misma o no, así como la amplitud para concebir dicho final. Será distinto la manera de pensarlo para quienes la conciben como “etapa vital”, como “conflicto” o “crisis”, que para aquellos que la conciben en términos de “estado mental. Para aquellos autores que equiparan adolescencia y neurosis -vía retorno de lo reprimido- una adolescencia se conceptualiza en función de los aspectos neuróticos que no pudieron resolverse en su momento, y está asociado a un cierto modelo de concepción de la cura. Quienes sostengan esta posición teórica esperarán en consecuencia alguna forma de conclusión para esa neurosis, o sea, la supresión o por lo menos la disminución sintomática.
Encuentro algunos inconvenientes en pensar para la adolescencia, así como para cualquier otro momento vital, la idea que éste debe ser vivido en cierto momento “ideal” ya que esto supone el haber tenido que entrar en un carril pre-establecido y al cabo de determinado proceso, a un deber ser aconflictivo según molde, lo que a su vez nos sitúa en una línea evolutiva asociada a la idea de una posible normalidad.
Los mismos inconvenientes encuentro en la noción de “adolescencia tardía” tal como está planteada desde algunos autores, ya que está implícita la referencia a lo que debería ocurrir en algún momento vital y que o no apareció, o lo hizo fuera del momento esperado, lo que nos expone al mismo riesgo.
Sin embargo pienso que la adolescencia tiene su momento “experiencial”, su momento de “debut”, así como un cierre o conclusión, algún tipo de estabilización que nunca será ideal ni armónica. Lo concibo asociado a algún nivel de imposibilidad, de pérdida de certezas, y caída de supuestos saberes que vivido en toda su dimensión emocional conmueve al joven en su sistema de creencias y le permite un cambio fundamental en su posición subjetiva.
Entiendo que la posición del analista debe ir en la misma dirección creando condiciones de posibilidad para que el paciente pueda –en esta y en cualquier etapa de la vida- encontrarse con lo mejor de sí en términos de autenticidad en su posición subjetiva.
Siempre estamos expuestos al riesgo de suponernos “diseñadores de mentes” según nuestros propios modelos e ideales. Entiendo que frente a clínicas como la que pretendo ilustrar en esta presentación este es un riesgo especialmente presente y al que debemos estar atentos ya que la posición latente puede fácilmente tentar a ubicarnos en ese lugar de difícil salida.
Nuestra función debería favorecer el camino de abrir la mente a posibles nuevos sentidos, desconocidos e inéditos como camino para hacer una experiencia de debut en ambos miembros de la pareja analítica con el riesgo y la incertidumbre que esto conlleva.
Bibliografía.
-Aryan A. y Moguillansky C.(1991): Transferencia de latencia en Psicoanálisis Vol. XIII N°3
-Blos P (1979): La transición adolescente. Ed. Amorrortu.
-Margulis M (2005): La cultura de la noche. Ed. Biblos
-Meltzer. D.(1998): Adolescentes. Ed. Spatia.
-Moguillansky C. (2011): Las instituciones latentes y el debut adolescente.
-Moguillansky C. y Humansky H. (2011): El sueño como escenario expresivo
-Quiroga S. (1998): Adolescencia del goce orgánico al hallazgo de objeto. Eudeba.
-Torres de Aryan D. (2002): “Adolescencia y cuerpo” en Jornadas Piera Aulagnier, un pensamiento original.
