Creencias, ideologías y valores en los tratamientos analíticos de pareja

Creencias, ideologías y valores en los tratamientos analíticos de pareja. Miguel Spivacow.

Miguel Spivacow, 2012.
miguelspi@fibertel.com.ar

La cuestión de las creencias, ideologías y valores está muy presente en los tratamientos psicoanalíticos de pareja. Nos aproximamos a los conflictos de pareja con teorías, creencias, valores o conjeturas que cambian según épocas y autores, dejándonos dudas sobre su credibilidad. Marie Bonaparte, influida por las teorizaciones freudianas referidas al orgasmo vaginal y clitoridiano, se pasó buena parte de su vida haciéndose hacer operaciones que le acercaban el clítoris a la vagina, con la intención de mejorar una frigidez rebelde. La pregunta para hacernos nosotros es en cuántos terrenos no funcionamos como Marie Bonaparte, otorgándole a creencias epocales la condición de teorías probadas. 

Por otra parte, frecuentemente nos asaltan dudas respecto de la naturaleza de lo que el paciente aporta. ¿En qué registro de la experiencia ubicar lo que nos refiere?¿Alude a un real? ¿a una ideología?¿Cómo nos aproximamos a una situación clínica en que un miembro de una pareja nos dice que simple y sencillamente no le atrae más el otro ¿Se trata de un real, una creencia, una idea transitoria? Nuestra aproximación clínica será diferente según la respuesta que demos.

Ahora bien, yo me referiré a algunos problemas que aparecen en los tratamientos de pareja y  a algunos presupuestos teóricos con que los abordamos. No intentaré decidir si constituyen creencias, ideologías  o procesamientos de otra índole. Posiblemente haya en estos presupuestos componentes de diferente consistencia y no se trate únicamente de creencias.                                                                                                                                                                                                                                

La pareja en psicoanálisis. Dos posiciones teórico-clínicas sobre llaves y cerraduras

La pareja ha sido vista de muy diferentes maneras a lo largo del psicoanálisis. Piensen para sus adentros qué respuestas darían hoy a las siguientes preguntas: ¿qué pensamos de las parejas llamadas “abiertas”? ¿las relaciones extramatrimoniales son un ataque al desarrollo del vínculo matrimonial? ¿merecería una pareja realizar algunos esfuerzos tendientes a evitar un divorcio?¿Sostener una familia requiere y merece de ciertos sacrificios en relación a la vida de pareja? ¿Cómo miramos a los ahora frecuentes divorcios “express”? Cada uno de nosotros dará diferentes respuestas a estas preguntas, que involucran creencias, ideologías y valores, y seguramente, si estas preguntas se refirieran a una situación clínica diríamos que la respuesta debe verse en la singularidad del caso. Pero… las respuestas no van a depender solo de la singularidad en juego; hay que reconocer que en el interior de nuestra disciplina hay frente a la pareja un espectro muy variado de posiciones teóricas que, por supuesto, condicionan diferentes abordajes clínicos. 

Yo distinguiría en el conjunto dos grandes posiciones polares: a) la de Freud cuando describe la etapa genital adulta y b) la de Lacan cuando postula que no hay relación sexual.

Veamos un poco las diferencias. 

* Freud emitió muy distintas opiniones respecto de la relación hombre mujer pero en sus descripciones de la etapa genital adulta postula un vínculo en el que las cosas encuentran un rumbo y se ordenan. Dice que finalmente se unifican las corrientes de ternura y de sensualidad y que la libido se pone al servicio de la reproducción. Se logra así “una conducta amorosa plenamente normal”, una “conformación normal definitiva” de la vida sexual, las pulsiones parciales se subordinan a la primacía genital y adviene la vagina como zona erógena. En esta postura las cosas llegan a un cierto ordenamiento y alcanzan una cierta normativización de modo tal que al analista se le configura en la clínica un mapa de ruta, con ciertos puntos de arribo: hay que llegar a la etapa genital adulta. ¡Ese es el objetivo! Benedetti, nuestro poeta vecino es más pesimista y dice que en el amor alternan felicidad con nubarrones pero las cosas son “siempre, siempre un lío”. También Freud en otros lugares de su obra es más cauto y menos triunfalista. En la Degradación general de la vida amorosa (1912) se muestra escéptico sobre la vida matrimonial, y más aún, respecto de cualquier pareja estable y legal. Pero volviendo a la posición que Freud muestra en sus descripciones de la organización genital adulta, yo diría que entre los autores contemporáneos, Otto Kernberg sigue una línea que retoma este modo de pensar y escribió un libro cuyo título reza: Relaciones amorosas. Normalidad y patología. Kernberg propone ya desde el título dos grupos de relaciones claramente diferenciables en el terreno del amor: normalidad y patología. Las cosas para él tienen que ser “normales” y por supuesto no conviene que sean patológicas. De modo que podemos ver en Kernberg una posición que en la actualidad retoma esta vertiente del pensamiento freudiano.

*En la posición de Lacan, la pareja va a ser siempre una relación “fallida” en la que no hay puntos de llegada. “No hay proporción sexual” –traducido frecuentemente al español como “no hay relación sexual”– es tal vez una de las frases más representativas del pensamiento lacaniano y quiere decir, junto a otras cosas, que entre dos seres humanos, cuando de sexo se trate, el encuentro no podrá constituir un ajuste proporcional y armónico. No hay “medias naranjas”, ni llaves que se corresponden con cerraduras, no hay ordenamiento definitivo ni estable y todo lo que en esta dirección se proponga será siempre materia de sospecha para el pensamiento lacaniano.

El hecho de que no haya proporción sexual lleva a que el amor  sea una de las formas de compensación de la proporción sexual que no existe. Por el hecho mismo de que la complementariedad sexual no tiene inscripción, es que siempre intenta inscribirse bajo la forma de una relación amorosa que “esta vez sí será” y, al mismo tiempo, “no cesa de no escribirse”. El amor, desde este punto de vista, tal vez sea una creencia compensatoria y no más que esto.

Así las cosas, existen en el campo psicoanalítico, diferentes modos de teorizar la vida de pareja y, en consecuencia, diferentes modos de encarar la clínica. Seguramente, entonces, según las posiciones teórico-clínicas, va a ser diferente el modo en que se conciban los diferentes intercambios de la vida de pareja, las relaciones extramatrimoniales, la intimidad, en fin… 

Mi experiencia clínica. Opiniones y saberes

Ahora bien, me gustaría transmitirles algunas ideas o saberes a los que he arribado con mi experiencia en tratamientos de pareja. Ustedes darán su opinión y, fundamentalmente, la propuesta es discutirlas. Mi pretensión sería que configuren algo más que propuestas personales. O sea: son evidentemente sentencias de corte ideológico, pero me parece diferente que sean compartidas por uds. a que sean meramente personales. En la clínica de cada uno de nosotros son importantes este tipo de opiniones que no se reducen a ser exclusivamente personales sino que se elaboran en intercambio y discusión con otros colegas.

a.- ¿Cómo “debe ser” una pareja? Creencias que operan en la clínica. Cuando una pareja requiere nuestra ayuda, una primera pregunta que se presenta es si estamos o no dispuestos a ayudar en aquello a lo que se nos convoca. Esta afirmación puede llamar la atención ya que desde siempre el proyecto terapéutico del analista difiere de las fantasías de curación del paciente, pero… ¿ayudamos a un psicótico o a un perverso –hombre o mujer– a que tenga hijos con técnicas de fertilización asistida? ¿Vamos a ayudar a tener hijos a esta pareja homosexual? ¿Ayudamos a gente casi anciana a tener hijos? El estado de cuestionamiento en que están las referencias culturales y éticas impacta en el analista de variadas maneras y juega a la hora del proyecto terapéutico. La tecnología de nuestra época alienta proyectos omnipotentes frente a los cuales puede haber dudas de orden ético. 

¿Cómo pensar esta cuestión entonces sin dejarnos guiar por la mera creencia? En el horizonte de nuestra clínica está siempre lo que se llamó la aceptación de la castración, aludiendo con este término a la aceptación de una ley que pone límites al deseo. Y en estos terrenos es justamente donde hoy la brújula no señala coordenadas claras. ¿Dónde está la ley que interesa al psicoanalista en los tiempos actuales? Recordemos que en nuestra disciplina la ley refiere a la prohibición del incesto y no a un fragmento de legislación cualquiera; la ley es aquella que simboliza en la interdicción del incesto la protección al otro indefenso y la sustentabilidad de un lazo social. Entonces, ¿cómo pensar hoy en estos terrenos la cuestión de la ley y los límites?

A mi juicio, una brújula que nos permite en parte superar nuestras creencias respecto de “cómo deben ser” las cosas en la pareja, es el concepto de destructividad. En la clínica de un conflicto de pareja, en el dispositivo que sea, mi primera evaluación se refiere a la presencia entre los partenaires de funcionamientos destructivos. Me parece que esto tiene más importancia que si son homosexuales u heterosexuales, si quieren tener hijos con técnicas estrambóticas, si conviven o no, etc, etc. Lo primero a evaluar en una pareja es la calidad de la destructividad que circula entre ellos. Muy relacionado con lo anterior, otro funcionamiento que me sirve de brújula es el registro recíproco de la subjetividad: en cuánto y cómo el otro es considerado como un ente subjetivo en el que se registran y respetan deseos, sentimientos y funcionamientos diferentes y autónomos. Mi trabajo clínico jerarquiza siempre esta dirección y si el registro del partenaire como ente subjetivo y autónomo está ausente, promover su desarrollo es la tarea prioritaria. 

b.- El amor de pareja es egoísta y no muy “amoroso”. Si bien todos hablamos de la pareja como de un suceder amoroso, y el mismo Freud opinó que el lenguaje común estaba acertado en abarcar en un único vocablo una experiencia con tan diferentes facetas, es útil recordar que cuando se dice que en el amor y en la guerra vale todo, se está pensando en el amor de pareja y que en éste la dimensión narcisista es protagónica. Si aceptamos que en el amor debiera haber un límite autoimpuesto a la  posesividad y al egoísmo, parece evidente que el amor por los hijos, por amigos o por Dios es más noble, aunque tal vez menos volcánico.

El amor de pareja es narcisista desde sus orígenes hasta su muerte y uno de los trabajos en psicoanálisis es que los pacientes se conecten con estos aspectos de ellos mismos, tan alejados de las autoidealizaciones.

En mi experiencia, desidealizar al amor de pareja es un trabajo necesario no solo en los pacientes sino tambien en los analistas, ya que también nosotros tendemos a olvidar la dimensión narcisista del amor. Clínicamente, la pregunta es “hasta dónde” desmontar o respetar idealizaciones que sostienen actividades muy placenteras y saludables, ya que la gente, sin duda, disfruta del amor. Aquí puede empezar una discusión en la cual  ocupan un lugar creencias, ideologías y valoraciones.

c.- Toda pareja implica conflicto y trabajo psíquico. Todo vínculo duradero atraviesa épocas mejores y peores; en cada etapa de la vida se esperan diferentes cosas del vínculo amoroso; hombres y mujeres suelen amar de modos diferentes; todo establishment cultural propone modos de institucionalizar una pareja que tienden a burocratizarla. 

En el imaginario popular el amor implica complementariedad perfecta, ajuste impecable: “somos la media naranja”, lo cual describe un estado de inmovilidad en el cual uno/a pudiera instalarse y reposar; “no tenemos ni un sí ni un no”. Pero la dinámica de la pareja implica obligadamente conflictos: conflictos de deseos y de expectativas, en tanto se trata siempre de dos seres singulares, conflictos en cuanto el otro no agota el deseo propio y periódicamente se desea a algún otro con cierta intensidad, conflictos en cuanto el otro imaginado (interno) no corresponde exactamente al otro externo, etc., etc. Se pretende lo imposible: que el otro nos complete.

Un vínculo de pareja prolongado, para sostener su vitalidad, requiere de un trabajo psíquico sobre las representaciones propias y del otro y sobre las retroalimentaciones reinantes. Requiere, para no fosilizarse o burocratizarse, de un tipo de actividad que llamamos trabajo vincular (Kaës la llama trabajo de la intersubjetividad). En el abordaje clínico esto implica considerar permanentemente qué hace un sujeto con las producciones del otro/a: si las rechaza, las discute, sintoniza con ellas, acepta o no las diferencias, en fin… Cuando una pareja logra incluir esta concepción o ideología en su universo, los conflictos se vuelven mucho más benignos. Cabe decir también que muchos analistas no consideran este aspecto central del trabajo analítico y nos encontramos así con analizantes que taxativamente dividen “esto es mío, esto es del otro”; “lo mío es ser padre, lo de ella es ser madre”. Este tipo de afirmaciones  trasuntan una concepción o ideología solipsista, para la cual no existe el trabajo vincular.

A mi juicio, desde el punto de vista analítico, pensar que en un espacio de dos están siempre presentes los conflictos es una afirmación nuclear en la teoría, no meramente ideológica, pero la discusión es desde qué conceptos se piensa la conflictividad: si desde el trabajo vincular o desde otros reparos teóricos. 

d.- No hay relación sexual, pero hay relaciones más satisfactorias y menos satisfactorias. Decir que toda pareja implica conflicto es tal vez una manera coloquial de decir que no hay relación sexual, pero en una terminología no lacaniana. En efecto, la aserción lacaniana “no hay relación sexual” tal vez debiéramos reemplazarla por otra: no hay ajuste perfecto en ninguna relación, ni con amigos ni con hijos ni con parejas, ni siquiera con uno mismo. El narcisismo y la escisión del sujeto son siempre obstáculos a cualquier proporción armónica en cualquier vínculo, de modo tal que no existe ni la mujer “perfectamente complementaria” ni el hombre “exacto para mí” y siempre hay conflictos.

Ahora bien, centrar la observación en los desajustes insalvables derivados del narcisismo –sin duda importantes– puede distraer la atención de otras cuestiones operantes, menos insalvables, y clínicamente relevantes. Importan mucho las propuestas de las diferentes culturas y las internalizaciones que de ellas hacen los sujetos. Es muy diferente una propuesta de amor romántico “hasta que la muerte nos separe” que una propuesta que incluya la posibilidad de discriminación. Pero los matices de estas diferencias pueden perderse en el absolutismo de afirmar lo “fallido” de cualquier relación. 

En los vínculos de pareja como en todos los vínculos, no hay ajustes perfectos: los hay más estables e inestables, más satisfactorios o más insatisfactorios, más fáciles, más difíciles, en fin… hay relaciones y relaciones, siempre regidas por la incompletud. Pero sin duda, algunas son más satisfactorias que otras.

e.- La vida de pareja implica velamiento. En toda pareja hay cuestiones que están veladas, lo cual no significa que los miembros sean hipócritas sino que el funcionamiento de una pareja requiere de algunos velamientos. La mayor parte de las parejas, no le cuentan al otro cuando se excitan sexualmente con un tercero/a, aunque sin duda, hay muchas parejas en que se cuentan este tipo de cosas y esto hace a su armonía. Pero lo habitual en las parejas de miembros neuróticos es una dosis de  velamiento, que suele estar desmentido (“Nos decimos todo”). Una situación clínica en que estas cuestiones pasan al primer plano es cuando se descubre una relación con un tercero/a y un miembro exige saber la verdad, toda la verdad y solicita una consulta urgente de pareja. El terapeuta se encuentra entonces en la situación de estar frente a un partenaire desesperado que exige “la verdad”, y otro culposo que no sabe qué hacer. El terapeuta sabe que “toda la verdad” no va a ayudar en nada y que de ciertas confesiones una vez develadas no hay retorno, pero evitar los “sincericidios” en ocasiones no es posible.

f.- La pareja: ¿suma de individuos o vínculo? La comprensión clínica de los conflictos de pareja es muy diferente según creamos que ciertos funcionamientos se arman entre dos sujetos o se dirimen en la individualidad de cada uno. La manera en que una madre es madre depende de cuestiones individuales pero también en mucho de cómo es el esposo (y ni qué hablar el hijo). Hay pacientes, que muy de acuerdo con sus analistas, le dicen a un partenaire o a un hijo: “este es un problema tuyo” mientras que en la misma situación otros pacientes o analistas opinan que hay problemas que no son ni tuyos ni míos. René Kaës ha acuñado una fórmula que sintetiza su visión de algunos funcionamientos psíquicos: “No lo uno sin lo otro”, definiendo con esta fórmula funcionamientos psíquicos que se construyen únicamente con la participación de dos sujetos. Observemos que nuestra creencia respecto de estas cuestiones va a marcar diferencias en el abordaje clínico: hoy se indican muchos más tratamientos de pareja que hace algunas décadas porque es mucho más reconocida la existencia de funcionamientos psíquicos intersubjetivos. Hoy también hay analistas que se interesan por las interacciones en la pareja e incluyen este material en sus intervenciones: lo que el partenaire respondió, la conversación que hubo. Años atrás era un error preguntar qué pasaba con los otros de la vida del paciente, solo interesaba la relación del paciente con el analista.

En términos generales, en los conflictos de pareja suelen confluir determinaciones individuales y vinculares y la evaluación de las predominancias en juego constituye una parte  difícil de la artesanía clínica en el análisis de los problemas de pareja.

g.- Lo que una pareja puede contener. Las conflictos que puede contener una pareja dependen del vínculo y de los dos miembros y son siempre caso por caso, pero conviene recordar que la pareja contemporánea es un espacio psíquico al que se le exige cada vez más, posiblemente en relación a la desaparición en la vida urbana de otras redes sociales que antes contenían una variedad de problemáticas. También ocurre que desde una posición de enamorados –ingenuamente narcisista y omnipotente– los pacientes suelen sentir que una pareja sirve para todo y es el antídoto natural para todos los males, lo que colabora más aun con que a la pareja se le pida resolver lo que no puede.

Muchas veces en los conflictos de pareja es prioritario trabajar para qué no sirve una pareja: no sirve para resolverle la vida al partenaire, no sirve para colmar la falta, no sirve para brindar una satisfacción sexual permanente y absoluta, no sirve para proporcionar per se la felicidad, ni la completud. Una parte del trabajo clínico en los tratamientos psicoanalíticos  de pareja es pensar, discutir y analizar qué es un vínculo de pareja, qué se puede esperar de él, qué se le puede pedir. En este terreno, en muchos pacientes la omnipotencia se acantona en el ámbito de las expectativas respecto de la  pareja. Son los que pretenden una pareja no atravesada por los duelos ni por la castración y suelen estar avalados por el establishment de los teleteatros y las revistas del corazón. De modo que una pregunta que el analista debe tener siempre in mente es ¿para qué da una pareja? ¿cuál es la función de la pareja? Al igual que las preguntas sobre el sentido de la vida, se trata de preguntas sin respuesta, pero es útil hacer lugar a este interrogante.

Opciones éticas

En el abordaje de muchos conflictos de pareja, y más aún si entran en juego temas con hijos, hay cuestiones que son de índole ética y en esta medida, corresponden al terreno de los valores, que yo distingo de las creencias o ideologías. Las creencias e ideologías son opiniones siempre discutibles. Pero hay conductas que en mi opinión no son éticas. Sin llegar a extremos tales como la pederastia, la violencia conyugal o el abuso de niños, no es ético, por ejemplo, que los hijos sean un botín de guerra en un divorcio o que un padre no pase alimentos. 

El analista, sabemos, debe evitar posiciones pedagógicas o directivas y ser ecuánime frente a muy diferentes modos de goce; es tan válido tener rasgos obsesivos como histéricos y no debemos tener ideas preconcebidas respecto de cómo hay que ser. Sin duda que esto es así, sin duda que se puede ser de muy variadas maneras, pero  esta lógica válida para muchas situaciones no rige en todas y lleva en ocasiones a posturas erróneas, como por ejemplo proponer una neutralidad que no corresponde. Nuestra práctica no es neutral. “… los analistas –dice Nasio– trabajamos activamente, […] de otro modo que el dejar, simplemente, que la palabra actúe. Quiero decir que tenemos expectativas, fines, decepciones, porque estamos en una posición muy precisa, en una posición que puede llamarse –como lo dice Lacan en ese texto– política, de estrategia y táctica.” (p. 14 J.D. Nasio, Cómo trabaja un psicoanalista.)

En la práctica analítica contemporánea se atienden niños, adolescentes, familias, pacientes que no constituyen neurosis de transferencia ni tampoco son sujetos autónomos, lo cual implica preguntas y opciones en cuanto a la ética a seguir. Por ejemplo, cuando desde una institución se manda a tratamiento a una famila cuyos padres dañan a su hijo, el analista no puede tener una conducta de ecuánime benevolencia frente a los modos diferentes y singulares de goce. Lo mismo ocurre cuando un adolescente o un adulto tienen conductas autodestructivas. En estos casos, el analista debe apostar a que el paciente o los pacientes realicen algunos cambios psíquicos en una dirección muy precisa, aunque el manejo técnico deba disimular su apuesta. Lo mismo vale para muchas otras patologías: abuso físico, violencias de todo tipo, anorexias graves, adicciones.

El trabajo en dispositivos vinculares plantea problemas éticos diferentes de los que aparecen en el dispositivo individual. Ningún analista que trabaje en un dispositivo vincular diría como Bion que el analista escucha “sin memoria y sin deseo”. Tampoco si se trabaja con familias es posible decir como Lacan que lo único que desde una perspectiva analítica produce culpa es retroceder frente al propio deseo. En la medida que el psicoanálisis deja de restringirse a las neurosis y al dispositivo bipersonal y deja de considerar a un sujeto individualmente, empieza a encontrarse con problemas en los que la dimensión ética resalta en un primer plano. Pero todavía, a mi juicio, falta escribir los puntos éticos fundamentales de nuestra práctica. 

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En conclusión, las creencias, valores e ideologías están permanentemente presentes en la clínica de los conflictos de pareja. El analista debe saber que operan en él tanto como en los pacientes, y que es difícil estar más allá de ellos, aunque se los revise y cuestione.

Creencias e ideologías pertenecen a un universo de problemas diferente del de los valores, ya que estos nos remiten a la ética y a situaciones que nos comprometen de maneras más imperativas. 

Sea como fuere, las creencias, ideologías y valores tiñen muchas de nuestras opiniones e intervenciones en el terreno de los conflictos de pareja. Todos tenemos íntimamente diferentes opiniones sobre la posible armonía en la pareja, sobre la generosidad o egoísmo del amor, sobre la necesidad de velamiento, en fin… Analizar y cuestionar estos presupuestos constituye un paso necesario para incurrir en la menor cantidad de errores posibles, pero aún así también constituye un paso necesario saber que en la clínica es imposible estar más allá de nuestras creencias e ideologías, aunque con frecuencia creamos lo contrario.