El estatuto de la creencia en el sujeto psíquico
María Florencia Almagro
Facultad de Psicología. UNLP
Introducción
¿En qué creen los hombres? ¿Por qué creen en lo que creen? ¿Qué relación hay entre lo que creen y lo que conocen científicamente? ¿Cómo se explica la eficacia simbólica de las creencias en la subjetividad? ¿Cuál es el aporte que hace el psicoanálisis a la comprensión de estos interrogantes?
Desde el momento en que empezamos a interrogarnos por los problemas que suscitan las creencias, observamos que tienen una gran extensión y que se presentan, sin embargo, con semejanzas en los dominios más diferentes. Podemos relevar que no hay sujeto que no crea en algo, básicamente en su propia existencia emplazada en particulares coordenadas temporales y espaciales, que no posea ciertas creencias con las cuales se represente a sí mismo y con las cuales organice la realidad. Ya en 1641, en su reflexión acerca del pensamiento humano Descartes escribía:
“Arquímedes, para trasladar la tierra de lugar, sólo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil; así yo también tendré derecho a concebir grandes esperanzas, si por ventura hallo tan sólo una cosa que sea cierta e indubitable. Así pues, supongo que todo lo que veo es falso; estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás; pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu. ¿Qué podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada cierto hay en el mundo…Pero ¿no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy”.1
A esta altura de la historia del pensamiento humano no se puede negar el valor que tienen las creencias en la construcción de la realidad, la necesidad del ser humano de construir sistemas simbólicos, de generar distintos modos de captura de lo real.
A partir de estos interrogantes me propongo abordar, desde el psicoanálisis, el estatuto de la creencia en el sujeto psíquico y su incidencia en la construcción de todo sistema de pensamiento (mítico, religioso y científico).
Noción de sujeto psíquico
Como señala Hugo Bleichmar: “Si se observa a cualquier partidario de un sistema de creencias –sean éstas de orden político, filosófico o, para nuestro caso, de una escuela psicoanalítica- inmediatamente se percibe la satisfacción con que siente el poder y dominio explicativo que su sistema conceptual le otorgaría sobre la realidad. Con unas pocas fórmulas se siente capaz, gracias al inmenso poder deductivo del psiquismo humano, de dar cuenta de todo lo existente bajo una coherencia casi sin fisuras. Pensar la realidad, además de su aspecto instrumental –acción potencial sobre la misma-aporta la ilusión narcisista de dominarla (…)
Esta etapa del pensamiento debería desembocar en la posibilidad de pasar a otra estructura cognitivo-afectiva en que el pensamiento crítico recaiga ya no sólo sobre el mundo externo al sujeto sino sobre él mismo y su sistema de creencias bajo las preguntas ¿por qué creo en este sistema conceptual?, ¿qué motivaciones me impulsan a adoptar este sistema de creencias?, ¿qué aspecto de mi biografía –incluida en ésta el panorama conceptual en que el sujeto se forma- incide específicamente para que ciertos sistemas me sean más atractivos y cuáles para que otros me provoquen rechazo? Preguntas que, por limitar la omnipotencia, al mostrar lo relativo del conocimiento, o no son formuladas o aún cuando adquieran existencia serán, defensivamente, rápidamente abandonadas”.2
Antes de proseguir quisiera especificar la concepción de “sujeto psíquico” que subtiende estos desarrollos. Está ampliamente difundido que uno de los pilares fundamentales de la teoría psicoanalítica es la existencia de procesos psíquicos inconscientes. Supuesto necesario y legítimo con el cual Freud marca la radical diversidad de los procesos psíquicos inconcientes y los concientes y nos alerta contra toda ilusión de captura inmediata por parte de la conciencia. Lo inconciente es real, tan real como los objetos físicos, que no son en la realidad tal como se aparecen a la conciencia. Así Freud deja sentada la posibilidad del conocimiento del mundo psíquico.
Pero como lo ha formulado Silvia Bleichmar (2005) el gran descubrimiento del psicoanálisis no es sólo la existencia del inconciente, la posibilidad de que los seres humanos tengan un espacio de su psiquismo que no está definido por la conciencia, sino el haber planteado por primera vez en la historia del pensamiento que es posible que exista un “pensamiento sin sujeto”, y que ese pensamiento sin sujeto no esté en el otro trascendental –también sujeto-, ni en ningún lugar particularmente habitado por conciencia o por intencionalidad. Es haber descubierto que existe un pensamiento que es pre y para-subjetivo y del cual el sujeto debe apropiarse a lo largo de toda su vida.3
De esto se desprende que el objeto del psicoanálisis no es el objeto humano en general; no se trata del hombre tal como lo pueden abordar diversas ciencias (la psicología, la sociología, la historia, la antropología), sino del “sujeto psíquico” en tanto sujeto de inconsciente, afectado por el inconsciente, “realidad psíquica” frente a la cual el yo se halla obligado a una tarea traductiva, teorizante, autosimbolizante.
En este trabajo quisiera adentrarme en el estudio de una de las particularidades de esta actividad teorizante inherente al sujeto psíquico: el estatuto metapsicológico del yo como la instancia desde la que se construyen las creencias con las cuales el sujeto intenta aprehender la realidad y generar nuevas realidades.
En este punto se hace necesario establecer la distinción entre los términos: “yo”, “sujeto” e “inconsciente”, respetando las cualidades de cada uno de ellos. El yo, en primer lugar, es una instancia efecto de un conjunto de enunciados identificatorios, y que una vez inscriptos articulan en el interior del aparato psíquico un conglomerado representacional que tiene existencia y no solamente esto, sino que también otorga sentido a la vida de aquel en el cual está instalado. Es una masa ideativa ideológica – portadora de significaciones sociales e históricas-, y los enunciados que lo constituyen entraman la identidad misma y definen lo decible y lo no decible. El “yo soy” lleva siempre su complemento: argentino, brasilero, bueno, malo, limpio, cariñoso, etc. Algunos de ellos variables o revisables a lo largo de la vida, y otros tan nucleares que su desconstrucción podría ocasionar el desmantelamiento del sujeto.
El sujeto es el que el yo cree ser, el que define su existencia, el que puede interrogarse por el ser y para que se pueda permitir la desconstrucción de ciertos enunciados es necesario que crea que existe en algún lugar más allá de su propio discurso, por tanto, no es pensable sin la articulación entre el yo y el inconsciente. Porque el sujeto, al preguntarse “¿Qué quiero?”, no puede dejar de reflexionar acerca de “¿Quién soy?”, ya que aquello que desea convalida y destituye las afirmaciones que realiza acerca de sí mismo. “¿Soy inmoral si deseo a mi madre?” “¿Cómo concilio mi deseo de apropiarme de la posesión de otro y la convicción que tengo de no ser un cretino? Como vemos, la ideología no está ausente en esta historia.4
Para fundamentar dicha concepción presentaré a continuación una breve viñeta clínica de un joven paciente al que atendí hace unos años. La madre de Salvador me consultó por su hijo de 11 años preocupada porque observaba en él una fuerte dificultad para relacionarse con sus pares, la vivencia de que sus compañeros lo rechazaban. Ya en tercer grado la maestra le había señalado que lo veía demorado en el aspecto motriz, le costaba usar el lápiz y la letra era ilegible. Por esa época el mismo Salvador le había expresado que tenía un agujero en el pecho y que no daba más. Imitaba a los adultos y copiaba el lenguaje de éstos, además de haber experimentado miedo a la oscuridad.
Al recibirlo en la primera entrevista Salvador con excesiva corrección me saluda con un “mucho gusto” y cuando llegamos frente al ascensor me pregunta si hay escaleras porque tiene claustrofobia. Al preguntarle si hay algo que lo preocupa me dice: “hay algo que quiero saber, si el problema soy yo. Me tratan mal, se burlan, me pegan, abusan de mi confianza, me maltratan. Si los enfrento, me cargan, me vienen con un insulto peor”. Todo esto lo expresa sentado en un sillón acurrucado en posición fetal y medio de espaldas a mí, posición que va modificando a medida que conversamos. Me explica que eso ocurre con los debiluchos, y que él es el más débil, “es la ley de la selva –refiere- pero no es un hecho aislado, es lo que también ocurre en la política, en la policía, en todo el país, sobreviven los más fuertes”.
Al nombrarle la angustia y el enojo que está sintiendo me dice “sí, me lo trago o a veces lo manifiesto llorando; otras me desquito pegándole a la pared mientras pienso en la cara del chico” y en ese mismo momento acompaña el relato dándole dos piñas a la pared. Lo detengo diciéndole que se va a lastimar y me responde “no, no siento el dolor en la mano, ni en el pecho desde chico”. Se levanta la remera y se pellizca mostrándome la zona donde no tiene sensibilidad.
Cuando empiezo a nombrarle las cosas que me está mostrando les va poniendo en duda la validez, el estatuto de realidad de la lectura que yo le voy proponiendo tanto como la de él. Comienza a caminar por el consultorio, mira una tarjeta donde está Freud que tengo sobre una mesita y me pregunta si ese es Freud, que sabe que es el que inventó el inconsciente “subalterno”. Hablamos de los pensamientos inconcientes y alude a la dificultad para probar la existencia de los mismos. Me pregunta si vi Matrix y cómo saber cuál es la realidad. Me dice que cuando tiene ratos libres se dedica a la Filosofía. Agrega: “Las respuestas no existen, la realidad no es más que una suposición. ¿Cuál es la diferencia entre una realidad y la suposición? ¿Cómo podemos saber que se llegó a la Luna y no a otro lugar? Es algo muy raro de definir, uno no puede saber qué es la realidad y qué no lo es. Podemos estar afirmando algo que no sea verdad”.5
Le digo que cuando él duda de su propia realidad debe serle angustiante porque no encuentra nada que permanezca. Dice “pero ese sentir no tiene explicación lógica”. Le digo que si él no puede apropiarse de lo que siente y considerarlo legítimo, real a su sensibilidad, no tiene donde anclar, que es como estar a la deriva. Y me responde “uno está a la deriva y anclado a la vez. Si estoy a la deriva a su vez estoy anclado en eso, y el estar anclado es un modo de estar a la deriva.” “¿Quién sabe si uno tiene un cuerpo, o no es un producto de mi imaginación?” Suspira “¿Escuchaste ese suspiro? Tal vez sea un producto de la imaginación de los dos. Todo puede ser producto de nuestra mente. Capaz ahora estoy en mi cama soñando esto, tal vez sos vos la que está soñando y yo soy parte de ese sueño”. Va al baño y cuando vuelve me abraza, después explora todos los ambientes del consultorio. Al despedirse vuelve a abrazarme con fuerza todo el cuerpo, de modo adherente.
El análisis de este material clínico me ha permitido observar cómo detrás de esta aparente corrección, seudoadulta se escondían profundos sentimientos de confusión, de no saber si era chico o grande y temores de desarticulación. Al estilo de lo que Winnicott ha calificado como seudo self: un sentimiento de falsedad o vacuidad de la existencia por parte de un sujeto despojado de la vivencia de estar “en su propio pellejo”. Una seudo instalación identificatoria operada sobre el caos de lo desligado, sin sostenes de base, en los bordes mismos del sujeto, lo dejaba librado a los embates pulsionales, obligado, en los límites del aparato, a cerrar la corteza para impedir su efracción, punto por el cual la falla en la constitución de la represión originaria podría emerger. Los intercambios con el entorno se presentaban empobrecidos y bajo un pseudo contacto por este acorazamiento defensivo mediante el cual este niño se protegía de los embates que la presencia excitante del semejante le provocaba. La “mimesis identificatoria” daba cuenta de estos aspectos fallidos, encerrando, tras la seudosociabilidad, el lenguaje adulto y los enunciados ideológicos en superficie, la sensación de irrealidad de un joven que no terminaba de constituirse en su permanencia.
La función del yo, como bien señala Piera Aulagnier (1994)6, es de constructor e inventor de una historia de la que extrae las causas que le hacen parecer razonables y aceptables las exigencias de las duras realidades con las que le es preciso cohabitar: el mundo exterior y ese mundo psíquico que, en buena parte, permanece ignoto para él. La función de historiador propia del yo implica una pesquisa causal, pues el yo no puede prescindir de un saber sobre su propia historia libidinal e identificatoria. El sujeto espontáneamente propicia recentramientos necesarios en sus movimientos, autoteorizantes, autosimbolizantes.
Valor de la creencia en el sujeto psíquico
Octave Mannoni (1979) aportó un texto dedicado al problema de la creencia. En él ponía de relieve el hecho de que el término “creencia” no figura en los índices de ninguna edición de las obras de Freud, pese a ser un problema que la teoría psicoanalítica nunca perdió de vista, y al final de su artículo propone dos axiomas: “no hay creencia inconsciente” y “la creencia supone el soporte del otro”.
En el artículo consagrado al tema del fetichismo en 1927, Freud inaugura esta problemática de la creencia al dar precisión al concepto de Verleugnung, traducido como “renegación” o “desmentida”. El niño, cuando toma por vez primera conocimiento de la anatomía femenina, descubre la ausencia de pene en la realidad, y experimenta el cuestionamiento a su creencia en la premisa universal del falo, la cual intentará conservar al precio de una transformación radical del yo. “No es correcto, dice, que tras su observación de la mujer el niño haya salvado para sí, incólume, su creencia en el falo de aquella. La conserva pero también la ha resignado; en el conflicto entre el peso de la percepción indeseada y la intensidad del deseo contrario se ha llegado a un compromiso como sólo es posible bajo el imperio de las leyes del pensamiento inconsciente –de los procesos primarios-”7. Mantiene así respecto de esa creencia una actitud dividida. Es ésta, precisamente, la que en un artículo de 1938 se transformará en la escisión del yo, trazará el primer modelo de todos los rechazos de la realidad y constituirá el origen de todas las creencias que sobreviven al desmentido de la experiencia.
La creencia se transforma bajo los efectos de los procesos primarios, es decir, sufre los efectos de lo reprimido y en particular del deseo inconsciente. Si bien el fenómeno es más complejo, lo que me interesa resaltar es cómo una creencia puede ser abandonada y conservada a la vez. Una creencia puede mantenerse pese al desmentido de la realidad, por el hecho de haberse transformado. Inclusive una creencia puede conservarse sin que el sujeto lo sepa. Solemos ver, en análisis, que reacciones o efectos inesperados revelan creencias irracionales, “supersticiones” de las que el sujeto no tiene conciencia. Pero ellas no están reprimidas, son inasibles y ello se debe a la forma en que se las endilga a otro. La fórmula sería: “Ya lo sé… pero aún así…” La Verleugnung basta para crear lo mágico, con ella todo el mundo entra en el campo de la creencia. Así concluye Mannoni que no hay una creencia en la magia, sino una magia de la creencia.
El autor muestra, de esta manera, cómo un mecanismo constitutivo del psiquismo –la creencia- tiene origen común con una derivación de una entidad patológica: la Verleugnung y el fetichismo. Jugada entre el deseo y la realidad, la Verleugnung constituye una escisión del psiquismo diversa a la que origina la represión neurótica. Por una parte, no se trata de un conflicto entre el yo y el inconsciente sino de un tipo de defensa distinta del yo; por otra parte Freud intenta mostrar un mecanismo que alude a la negación de una percepción, es decir que funciona como defensa frente a la realidad traumatizante. Sin embargo, como señalan Laplanche y Pontalis en el Diccionario de psicoanálisis, no se trataría de una realidad perceptiva, sino de una teoría explicativa de los hechos, es decir la puesta en conjunción de la amenaza de castración con la comprobación de la diferencia anatómica de los sexos.
En esta misma dirección realiza un aporte interesante David Maldavsky8, al plantear que lo desmentido no es la realidad en sí (tal como sería la percepción de la diferencia anatómica de los sexos en el ejemplo paradigmático de la fase fálica) sino el juicio traumático asociado a la percepción (que en este caso comportaría la caída de la teoría de la universalidad fálica). Lo mismo podría trasladarse al campo del juicio traumático acerca de la muerte y su necesaria desmentida. Definir la desmentida en el plano del juicio supone ubicarla tópicamente en el Yo y permite distinguirla de un rechazo que suponga la pérdida del principio de realidad.
Freud osciló, en distintos momentos de su obra, entre considerar a la renegación como un mecanismo patológico o estructurante del psiquismo. Pero lo que interesa retomar para el tema que aquí desarrollo, como lo señala Silvia Bleichmar (1986) es: en primer lugar que el axioma propuesto por Mannoni “no hay creencia inconsciente”, plantea la cuestión de que el mecanismo de renegación, aún cuando pueda constituirse en un enfrentamiento con la realidad percibida, no puede ser pensado sino en su relación con una lógica de la castración que implica la existencia del proceso secundario. En segundo lugar, que para que el yo se escinda, y se escinda en un plano de creencias, debe haberse constituido previamente, y por ende estar instaurada la primera línea divisoria de la represión originaria que funda al Inconsciente. Por otra parte, el yo mismo, en tanto masa representacional ideológica, comporta él mismo en el registro identificatorio un conglomerado creencial (certeza de sí, existente, sexuado, ubicado en un linaje, etc.)
Consideraciones finales
Partir de la noción de sujeto psíquico supone entonces concebir al sujeto cognoscente como una instancia en el interior de un aparato psíquico heterogéneo en cuanto a sus sistemas de representaciones y modos de funcionamiento. En consecuencia, se puede pensar de qué manera se constituyen los intereses generales en el sujeto, en tanto no se presentan como resultado de una mera relación cognitiva sino como efecto de un enlace libidinal, que en sus formas sublimatorias posibilita la construcción del objeto de conocimiento. La lógica, la negación, la temporalidad y el tercero excluido son patrimonio del preconsciente. El yo es la instancia psíquica capaz de conservar la relación con la realidad bajo cierta estabilización productora de sentido, pero a su vez de hacer fallar la lógica del proceso secundario, puesto que puede no ver características del objeto o rehusarse a verlas como efecto de la defensa.
La creencia, por tanto, implica un clivaje longitudinal del Yo, es decir el deslinde de un espacio de certeza y otro de negación; mientras que la realidad del inconsciente opera como una realidad material que no tiene afirmaciones acerca de sí misma, no es reflexiva. Con lo cual para el inconsciente no hay relación con la realidad constituida sino precisamente embate de la realidad, embate que pone permanentemente en riesgo por incremento de los investimientos y por creación de representaciones la forma con la que el Yo ha organizado su captura de lo real. Es por ello que tiene que haber procesos de inhibición, de contrainvestimiento, ligados a la organización de procesos secundarios. La organización de la realidad, por tanto, está dada por el modo con el que se articula en el proceso secundario esta realidad.
En síntesis, la función simbólica está en íntima relación con lo histórico-vivencial, con los intentos del ser humano por domeñar el activamiento de su realidad psíquica ante el impacto que le produce la realidad exterior, es decir, con la necesidad de construir un sentido que le permita engarzar en una serie psíquica los elementos con fuerza traumática e idoneidad determinadora. Rescatar la función de la instancia yoica como inhibidora del decurso de los procesos primarios es central, pero sin olvidar que el Yo se constituye como “red de enunciados” que tiene por función obturar el carácter despedazante que el autoerotismo reviste en la constitución del sujeto psíquico.
Por consiguiente, para que haya creencia tiene que haber yo, pero el yo no sería sólo la sede de la creencia, sino que sería el sistema de creencias mismo acerca del sujeto y de los vínculos de éste con el mundo.
Así, por tanto, estas teorías que los seres humanos forjan sobre su existencia y orígenes son del orden de la intersección entre el inconciente y el yo, e inevitablemente se ven atravesadas por elementos ideológicos intervinientes en la producción de subjetividad particular de cada momento histórico. Son los sistemas de creencias, los que regulan los destinos de los deseos inconscientes en virtud de articular, del lado del yo, los enunciados que posibilitan aquello que la sociedad considera “sintónico” consigo misma. Las formas de la moral, las modalidades discursivas con las cuales se organiza la realidad, que no es sólo articulada por el lenguaje sino por las coagulaciones de sentido que cada sociedad instituye, es precisamente el modo con el cual opera el centramiento que posibilita la defensa de los aspectos desintegrativos del inconciente.
Ahora bien, así como el ser humano se cierra sobre sí mismo, la teoría tiende incesantemente a cerrarse también. Todo enigma implica un nivel de ruptura de las certezas previas, el encuentro de elementos existentes pero insuficientes que motorizan el activamiento de la pulsión epistemofílica y con ello la producción de un nuevo movimiento teorizante. Deviene entonces traumatismo capaz de poner en marcha al aparato psíquico, y, del mismo modo, un procesamiento autoteorizante. Como expresa Ch. Peirce “La duda es un estado de inquietud e insatisfacción del que luchamos por liberarnos y pasar a un estado de creencia; mientras que este último es un estado de tranquilidad y satisfacción que no deseamos eludir o cambiar por una creencia en otra cosa. Al contrario, nos aferramos tenazmente no meramente a creer, sino a creer precisamente lo que creemos”.9
Considero que la teoría psicoanalítica ha ofrecido una vía de acercamiento fecunda para comprender el estatuto de la creencia en el sujeto psíquico y demostrar cómo en el horizonte de toda búsqueda de saber se perfila la esperanza de una certeza encontrada que permita su cierre, como lo prueban construcciones psíquicas como el mito, la religión, la ideología y el delirio, y asimismo, en todo sujeto, la relación del yo con el saber.
1René Descartes, Meditaciones metafísicas, cita de Segunda Meditación. Alfaguara.
2Hugo Bleichmar (1997), Avances en psicoterapia psicoanalítica, Bs. As. Paidós, 2008. Pág.373-380.
3Para ampliar este tema puede consultarse en S. Bleichmar,“Inteligencia y simbolización” (2009). La cuestión del realismo del Icc está profundamente desarrollado en J. Laplanche (2001), Breve tratado del Icc, pág. 61 en “Entre seducción e inspiración”. Amorrortu ed.
4Ver Silvia Bleichmar (2009), El desmantelamiento de la subjetividad. Estallido del Yo, Topía editorial
5Es interesante pensar las diferencias entre el preconsciente y el yo, en tanto la categoría yo no recubre al preconciente freudiano, ambos se superponen sin recubrirse, y entran en relaciones complejas. El preconciente se define por la presencia de la lógica – negación, temporalidad, tercero excluido – y del lenguaje en tanto articulado por el código; el yo constituye, por su parte, una masa libidinal en la cual se juegan posiciones libidinales y modos de articulación de la identidad y la defensa. Por tanto, el yo puede hacer estallar la lógica o la lógica del preconciente poner en riesgo la estabilidad del yo si éste no posee certezas en las que establecerse. Para ampliar estos temas se pueden consultar a Silvia Bleichmar en “Clínica psicoanalítica y neogénesis” (1999) e “Inteligencia y simbolización” (2009).
6Piera Aulagnier (1994), “A propósito de la realidad: saber o certeza”, en Un intérprete en busca de sentido. Siglo XXI editores.
7S. Freud, Fetichismo (1927). Tomo XXI. Pág149. A.E.
8D. Maldavsky: El complejo de Edipo positivo: Constitución y transformaciones. Cap. 5, Amorrortu editores.
9Charles S. Peirce (1877), La fijación de la creencia, en El hombre, un signo. Crítica, Barcelona.
Referencias Bibliográficas
- Almagro, Ma. Florencia (2007): Alcances y limitaciones del concepto de Principio de Realidad en la obra freudiana, en Vol.13 de Jornadas de Epistemología e Historia de la Ciencia. L. Selvático, P. García editores. Área Lógico-Epistemológica de la Escuela de Filosofía. Universidad Nac. De Córdoba.
- Aulagnier, Piera (1974): A propósito de la realidad: saber o certeza, en Un intérprete en busca de sentido. Siglo XXI editores, Madrid, 1994.
- Bleichmar, Hugo (2008): Avances en psicoterapia psicoanalítica: hacia una técnica de intervenciones específicas. Bs. As., Paidós.
- Bleichmar, Silvia (2005): La subjetividad en riesgo, Bs. As., Topía editorial.
- Bleichmar, Silvia (1999): En los orígenes del sujeto psíquico. Bs. As., Amorrortu editores.
- Bleichmar, Silvia (1999): Clínica psicoanalítica y neogénesis. Bs. As., Amorrortu editores.
- Bleichmar, Silvia (1995): Las condiciones de la identificación, en Revista Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, Nº 21, Bs. As.
- Bleichmar, Silvia (2009): Inteligencia y simbolización. Una perspectiva psicoanalítica. Bs. As., Paidós.
- Bleichmar, Silvia (2009): El desmantelamiento de la subjetividad: estallido del yo. Bs. As., Topía editorial.
- Descartes, R. (2003): Meditaciones metafísicas. Alfaguara.
- Freud, S. (1915): “Lo inconsciente”, en Obras Completas, tomo XIV. AE., Bs.As., 1993.
- Freud, S. (1927): “Fetichismo”, en Obras Completas, AE., tomo. XXI, Bs.As.
- Freud, S. (1938): La escisión del yo en el proceso defensivo, en Obras Completas, tomo XXIII. AE., Bs.As., 1996.
- Laplanche, J.-Pontalis (2001): Diccionario de psicoanálisis. Paidós, Bs.As.
- Maldavsky, David (1982): El complejo de Edipo positivo: Constitución y transformaciones. Amorrortu editores
- Mannoni, O. (1979): “Ya lo sé, pero aún así…”, en La otra escena. Claves de lo imaginario. Amorrortu editores, Bs.As.
- Peirce, Charles S. (1877): La fijación de la creencia, en El hombre, un signo (El pragmatismo de Peirce), J. Vericat (tr., intr. y notas), Crítica, Barcelona, 1988.
