El rey está siempre desnudo: la experiencia anamórfica de un psicoanalista ciego
Ricardo Ileyassoff
La ceguera no comporta la desaparición del mundo visible, solo determina su interiorización. No vemos con nuestros ojos. Ellos son solo un instrumento físico de una utilidad práctica inestimable, que no agota el fenómeno de la visión. La imaginación visual, continua a operar mediante el tacto, el oído y el lenguaje. En “El ojo de la mente” el neurólogo Oliver Sacks dice que la palabra permite ver a los ciegos con los ojos de los otros.
Un ciego que ve puede trascender el engaño de las apariencias, superando la barrera que imponen las vestiduras, la expresión de los rostros y sobre todo el poder de la mirada. Esto significa paradojalmente que a sus ojos el rey está siempre desnudo. Es una suerte de visión anamórfica que me evoca el cuadro “Los Embajadores” de Hans Holbein, en el que una calavera escondida solo se muestra a la mirada desde una perspectiva oblicua. El cuadro revela la caducidad de las cosas que permanece oculta al ojo atrapado por las imágenes de la vanidad.
En “Anamorfosis o thaumaturgus opticus” de Jurgis Baltrusaitis, señala que no se trata sólo de un fenómeno exclusivo de la pintura, también se encuentra en la literatura y en la experiencia mística. Es el caso de la novela “Los Embajadores” de Henry James, inspirada en el homónimo cuadro de Holbein, o, el “Sermón sobre la Providencia” de Bossuet.
La visión de un ciego no se focaliza solo en las palabras y los silencios sino fundamentalmente en la voz, en su modulación, su inflexión, su tono, su ritmo, o más todavía en su música. Esta última es el revelador por excelencia de las emociones y los estados afectivos más profundos del interlocutor.
La mirada se desplaza al interior, hacia la calidad y la intensidad de la impronta afectiva que nos suscitan los demás. Si por una parte la ceguera me separa y me aísla de los otros por otra favorece una mayor intimidad empática. A menudo he hecho la experiencia, corroborada por numerosos pacientes, que la mirada de un ciego que ve a su manera, desnuda a los otros de la imagen exterior de la que se sirven como escudo protector. También he descubierto que la ceguera concede una enorme libertad en relación al condicionamiento ejercido por la mirada de los otros.
