Escribir la clínica -Carlos Guzzetti

Escribir la clínica.

Carlos Guzzetti

En los comienzos de mi práctica hospitalaria era común una preocupación, compartida por muchos colegas formados en la mística lacaniana de los ‘70s, la distinción precisa entre psicoterapia y psicoanálisis. Claro, el psicoanálisis era a los ojos de toda esa generación, una praxis pura, destilada de la interpretación casi talmúdica de los Escritos y Seminarios de Lacan, que no resistía ninguna claudicación “terapéutica”. La psicoterapia, en cambio, era una práctica bastarda, que apuntaba a restituir un supuesto estado anterior de homeostasis, que había sido interrumpido por algún acontecimiento de la vida. Casi homologable, se llegó a decir, a un efecto de la pulsión de muerte.

Como consecuencia de esta perspectiva teórica, en el hospital surgía recurrentemente la pregunta ¿es posible el psicoanálisis en las instituciones de salud mental? ¿Tiene nuestra ciencia relación con la salud mental? Sobre esa base se realizaron unas cuantas jornadas, ateneos y cursos. El slogan de que “la cura es por añadidura” derivaba no pocas veces en una actitud desentendida del bienestar de los pacientes, ya que lo importante era el trabajo de descubrimiento de la verdad que anidaba en el Significante.

En el primer capítulo de mi libro relato una situación clínica hospitalaria en la que, como nota de color, la paciente reclama un diván para poder llevar adelante su “psicoanálisis”.

Por supuesto, todos los días hacíamos lo que podíamos con el sufrimiento de quienes nos consultaban y con suerte olvidábamos los devaneos teórico-ético-filosóficos para simplemente tratar de ayudarlos. Un efecto indeseable de esta operación era la sensación de que lo que hacíamos era una práctica devaluada, nunca a la altura de la clínica magistral de los maestros.

Conversando el otro día con una colega europea, se me ocurrió que las condiciones de proletarización de la profesión que comenzó por entonces y se aceleró enormemente años después, pueden verse como una ventaja en cuanto permitieron desacartonar una clínica marcada por los ideales, primero de la cura tipo de la IPA y luego con las sesiones de tiempo variable, el acto analítico, la clínica del significante o la del objeto a.

En el hospital había que hacer de todo y luego pensar lo que habíamos hecho. Como decía Ulloa, teorizar las prácticas y no practicar las teorías.

¿A qué vienen estos recuerdos de mi generación? A celebrar que el libro de Florencia y Diego introduce una perspectiva amplia sobre los alcances del psicoanálisis. Creo que los testimonios que recoge, así como los desarrollos teóricos que los preceden y los comentarios al pie de cada uno, responden de algún modo, 40 años después, a esas preguntas que recordaba recién.

El psicoanálisis es posible, nos dicen, en condiciones muy variadas, en general muy alejadas de los estándares clásicos. Introducen la brillante idea del pasaje de la talking cure de Breuer y Freud a la walking cure, remedo del encuentro peripatético de Freud con Mahler. Una suerte de “cura al paso” en circunstancias en general azarosas. Hay que leer el libro pero, sin spoilearlo, se trata de intervenciones en transferencia en los pasillos de un aeropuerto, en el patio de una escuela, en los pabellones del Borda, en un consultorio pediátrico, etc. etc.

El concepto de transferencia es recorrido por las obras de Freud, Klein, Lacan, Meltzer, Winnicott, para concluir que una relación interpersonal de confianza, quizás concentrada en un momento discreto, alcanza para hacer escuchar al sujeto del inconsciente y provocar algún cambio psíquico en los participantes. De este modo entra “el psicoanálisis” en escena. Como quien no quiere la cosa, como parte de la vida cotidiana.

El último jueves Oscar Sotolano nos habló del lugar común y de la violencia que ejerce sobre los sujetos, sobre su capacidad reflexiva y su espíritu crítico. Lamentablemente debemos reconocer que nuestro medio está plagado de lugares comunes, palabras o frases que no se discuten porque todos estamos de acuerdo, porque las leímos o escuchamos cientos de veces y tal vez nunca las pusimos en cuestión. Cuando los conceptos alcanzan ese status operan meramente como señales de reconocimiento mutuo, como nike o adidas de la teoría, como passwords (palabras de pase) al universo del Psicoanálisis con mayúsculas.

Mi libro hace un recorrido en varios capítulos por este fenómeno identificado como resistencias “del” psicoanálisis contra sí mismo.

Testimonio, ficción…

En una presentación clínica que hizo este año una colega de Rosario comentó que había solicitado la autorización de su paciente para presentar su caso. En el diálogo que siguió le pregunté si le había dado a leer su texto a la paciente, a lo que me respondió que no, que una cosa era una exposición científica entre colegas y otra el trabajo que con ella hacía en el consultorio.

Mi pregunta no era ingenua. Mi libro estaba en imprenta y justamente en uno de sus capítulos expongo un fragmento de un análisis en curso. En el momento de preparar el original me pregunté qué debía hacer con el texto ya que sin duda el paciente iba a reconocerse en él, aunque cuidé muy bien de deformar los rasgos más reconocibles para los demás. Lo que cuento allí pertenece a la intimidad del diálogo analítico. Finalmente decidí dárselo a leer e incluir esta circunstancia en el curso del tratamiento. Se sorprendió y me preguntó por qué lo hacía, a lo que simplemente respondí que no quería publicarlo a sus espaldas. La sesión siguiente comenta que el texto le había gustado pero objeta algunas afirmaciones que yo hacía sobre aspectos muy puntuales de su historia de vida. Escuché atentamente sus comentarios y le prometí modificar lo escrito en el sentido que él indicaba, lo que hice prontamente y así salió publicado. Quiere decir que en ese caso el texto no me pertenece por completo sino que, al menos ese fragmento fue escrito a cuatro manos. Además, esa intervención dio un nuevo impulso al trabajo.

El libro de Florencia y Diego apela al género del testimonio, cuestión que merece un comentario de Diego en uno de los capítulos. Se trata del testimonio de los protagonistas “terapeutas” (acompañantes, docentes integradores, profesores, etc.), ya sea como comentarios orales o escritos por ellos mismos. Coincido con esta perspectiva en muchos de los pasajes clínicos de mi libro, es mi testimonio de tratamientos que conduje o conduzco. Pero quiero aquí subrayar –y lo despliego en mi libro- el carácter ficcional de estos relatos que, como dice Freud respecto de Dora, podrán leerse como una novela con claves.

En una oportunidad, preparando una de las reuniones interinstitucionales en las que el colegio participó, surgió entre los organizadores la idea de trabajar sobre un material clínico lo más ajustado a los hechos de discurso de ese tratamiento. ¿Cómo lograrlo? Un material que pudiera ser tomado con “objetividad” para ser pensado por las diferentes instituciones desde su propia perspectiva teórico-clínica. ¿Se trataría de buscar la desgrabación de algunas sesiones, un relato del analista que no introdujera consideraciones teóricas ni observaciones “contratransferenciales”? Mi pedido en esa oportunidad era tan sólo que estuviera bien escrito. Creo que en buena medida el trabajo de un análisis es poder decir cada vez de la mejor manera la historia subjetiva. La “ética del bien decir” de la que hablaba Lacan. Y en tanto se trata de la escritura y re escritura siempre serán relatos ficcionales. Los testimonios de la transferencia son modos de decir una experiencia que, en última instancia, no es transmisible sino a través de la ficción de un relato.

Finalmente quiero introducir una cuestión, si se quiere de orden teórico y con consecuencias decisivas en la clínica diaria. Florencia y Diego insisten en la definición del diálogo analítico como un acto de “destitución subjetiva” del analista para dar lugar a la “restitución subjetiva” del paciente, la posibilidad de tomar la palabra. El tema de la intersubjetividad es una vieja polémica en el ámbito de nuestro oficio. Las corrientes más orientadas a los dispositivos clínicos grupales sostienen fuertemente la idea de una intersubjetividad de los participantes y sobre ese material trabaja el analista vincular. Otra cosa es la relación analista-analizante. Lacan no ha sido siempre taxativo al respecto, si bien lo que decantó de su enseñanza fue la idea contraria a que el análisis sea una práctica intersubjetiva. Para que emerja el sujeto es preciso que el analista se destituya de esa condición. El “deseo del analista” es la función ética que dirige la cura, deseo en estado puro, desprovisto de cualquier influjo narcisista o de anhelo de curar. Creo que esto responde a una concepción estructuralista (tomando siempre en cuenta que Lacan no se definía como tal), en la que todo se reduce a funciones no encarnadas. La definición de la transferencia como “sujeto supuesto al saber” del inconsciente, saber sin sujeto, acentúa esta idea de que el analista no interviene como sujeto sino como objeto a. Estas definiciones operan a menudo como lugares comunes, indiscutibles cuando no se las interroga ni se las contrasta con la experiencia.

Freud, en cambio, postula la idea de una comunicación de Icc a Icc.

“…todo hombre posee en su propio inconsciente un instrumento con el que puede interpretar las manifestaciones del inconsciente de los demás…” La disposición a la neurosis obsesiva (1913).

“Cosa muy notable, el Icc de un hombre puede reaccionar, esquivando la Cc, sobre el Icc de otro. El hecho merece una indagación más a fondo, en particular para averiguar si no interviene la actividad preconsciente; pero, como descripción, es indiscutible”. Lo inconsciente (1915).

Sus artículos relativos a la transmisión de pensamiento indica que la idea de esa comunicación difícil de formalizar ocupó fuertemente su interés.

Mi clínica no siempre abona la idea de la destitución subjetiva del analista. Dedico dos capítulos del libro a discutir varios aspectos, tales como la pureza del análisis ante la sugestión y la puesta en interrogación de otros lugares comunes como la abstinencia y la neutralidad. Incluso en los testimonios que nos aporta el libro de los colegas es difícil sostener que algunas de las intervenciones relatadas responden al esquema destitución del analista para dar lugar a la restitución del paciente. La creatividad que muestran algunos de esos testimonios recuerdan más al “gesto espontáneo” de Winnicott que a la noción lacaniana. Muchas veces cuando el sujeto del analista se hace presente se producen efectos de novedad en la repetición. Lapsus, ocurrencias inesperadas, pueden reorientar el curso de un análisis. Y en general pocas de esas apariciones del sujeto analista responden a una “vacilación calculada” sino que son más bien actos logrados del inconsciente. El estudio de la obra de Sándor Férenczi es un gran aporte a este debate.

Para terminar insisto en subrayar el valor del libro para las jóvenes generaciones, que pueden encontrar en él una demarcación y puesta en valor de los caminos que la clínica psicoanalítica recorre en estos tiempos y en los ámbitos más diversos de la práctica.

Carlos Guzzetti

24 de octubre de 2019