Apertura Colegio 2025
Carlos Guzzetti
En primer lugar deseo agradecer a la comisión científica, en especial a Hilda, y a la comisión directiva, haberme invitado a participar de esta conversación inaugural del ciclo de este año. Me hizo trabajar en vacaciones y me alegré cuando supe que la compartiría con Magda y con Alberto.
Para empezar me gustó esta frase que leí recientemente: “El arte de la conversación ha ido decayendo paulatinamente hasta casi desaparecer, pero yo hago todo lo que puedo para resucitarlo”. (Siri Hustvedt, El mundo deslumbrante). Por lo tanto no queda más que festejar que empecemos el año de trabajo conversando.
El dispositivo analítico es una reserva natural de la conversación, en un mundo que la ha reducido a intercambios de comunicaciones, amores, odios y rivalidades narcisistas en las pantallas de los telefonitos. Todos hemos recibido en consulta alguien que sólo tiene oportunidad de conversar durante las sesiones.
La mayor parte del intercambio en las sesiones se despliega con los recursos preconscientes y apelando al yo tanto de uno como de otro participante. Con eso trabajamos, tratando de liberar los recursos atrapados en la neurosis, algunas veces impulsando el fortalecimiento de un Yo devaluado, otras lidiando con un narcisismo explícito o larvado y siempre atentos al propio narcisismo, a veces exaltado ante un “éxito” o un elogio recibido, otras vulnerado por algún error o estupidez cometida.
Me gustaría entrar en la conversación con una pregunta que me sugiere el texto de convocatoria cuando propone que: “El lugar del Preconsciente como instancia que sostiene la lógica del Yo, ha sido habitualmente relegado en los abordajes teórico-clínicos al interior del Psicoanálisis”: ¿Por qué?
Basado en mi experiencia de formación me pregunto ¿de qué vicios adquiridos entonces tuve que desprenderme con los años?, ¿cómo influyó en mi clínica y en mis posiciones teóricas la desatención e incluso menosprecio hacia el yo en su “función de desconocimiento”? Estudié la teoría en un tiempo marcado por el auge del pensamiento lacaniano, a mediados de los 70 y durante los 80, cuando el “retorno a Freud” era la entrada obligada, con el programa diseñado por Oscar Masotta para leer a Freud y los estudios de lingüística (Saussure, Jakobson, Benveniste) para introducirse en la “Lectura estructuralista de Freud”, como se titulaba la primera edición española de la selección de los Escritos de Lacan.
Hace poco le mostré a mi hijo, médico, que tiene un pensamiento basado en la evidencia, el libro publicado por un amigo y colega a quien él conoce muy bien. Lo primero que hojeó fue la bibliografía y observó que todas las referencias eran de textos antiguos. Me causó algo de gracia su reacción y también reconocí una verdad de nuestro modo de leer y buscar los fundamentos de esta ciencia conjetural en los textos de los maestros, una verdadera tarea talmúdica, de comentaristas. El trabajo propuesto para el año exige volver a los textos clásicos y en mis lecturas de verano encontré una interesante sugerencia en un libro de Harold Bloom “Cómo leer y por qué”. Establece allí cinco principios para leer, de los cuales nos interesan tres:
- Límpiate la mente de jergas (académicas)
- Para leer bien hay que ser un inventor
- Recuperación de lo irónico
Creo que el Colegio es un ámbito más que propicio donde poner en práctica consejos como esos.
Dicho esto, partamos del hecho de que el Yo en la obra de Freud es parte de diferentes tramas teóricas. Por un lado considerado como red de facilitaciones configurando una estructura representacional al servicio de la defensa, el modelo del Proyecto.
Con la introducción del narcisismo el Yo es pensado como objeto de la libido, lo que trastorna el dualismo pulsional vigente hasta entonces. Cuando en 1923 el Yo pasa a ser una de las instancias del aparato psíquico, Freud introduce una nueva concepción del inconsciente y reformula el estatuto yoico.
La nueva conceptualización de la angustia y el posicionamiento del Yo como su “genuino almácigo” es otro de los modos en que se articula la noción.
Por último, la temática de la escisión del yo pretende ser la culminación de un trayecto prefigurado desde los comienzos de la teorización freudiana.
Las distintas vertientes teórico-clínicas han acentuado una u otra de las articulaciones conceptuales que señalaba, generándose una polémica virulenta que tuvo un momento culminante a mediados de los años 30 del siglo pasado. De modo que el interés por el yo y el preconsciente predominó en el mundo psicoanalítico desde muy temprano en su historia. Casi cien años y seguimos participando.
Es verdad que hace algunas décadas parece haber perdido interés en la producción teórico-clínica, al menos en nuestro medio y en la tribu de que formamos parte.
A mi entender hay dos razones –obstáculos epistemológicos diría Gaston Bachelard- que han relegado la noción de Yo a un segundo plano de interés en la teoría y la clínica psicoanalíticas, luego de haber ocupado un lugar destacado en la reflexión de la segunda y tercera generaciones de analistas. En efecto, hacia los años 30 y 40 diversos autores pusieron el acento en las funciones del Yo. Por esa época aparece el libro de Anna Freud “El yo y los mecanismos de defensa” y comienzan su trabajo quienes luego desarrollarán la corriente denominada “Psicología del Yo”, en especial Heinz Hartmann y Rudolf Loewenstein, analista de Lacan en Paris entre 1932 y 1938, proceso turbulento por demás. Precisamente este último hace su primer aporte teórico original en 1936, el mismo año en que se publica el clásico de Anna Freud, cuando presenta en Marienbad la ponencia que se publicará en 1949 con el título: “El estadio del espejo como formador de la función del yo (moi) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”.
Lo imaginario y lo simbólico
El trabajo de Lacan comienza entonces por el Yo y apunta precisamente a subrayar su función de objeto de la libido, más precisamente, su primer objeto, la imagen en el espejo y el consiguiente nuevo acto psíquico de la identificación. Distingue en el Yo freudiano, dos instancias, que nombra con dos declinaciones del pronombre personal de primera persona singular en francés (Je y Moi). El Moi cumple una función de desconocimiento de la verdad del sujeto (Je) y sobre ese molde se estructura el registro imaginario. Es alrededor del Yo que gira su enseñanza de los primeros años, polemizando sin piedad con la ego psychology, asimilada al medio estadounidense y dominante en la institución de la IPA, de la que, años después, sería excomulgado.
En 1960 es un escrito,” Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, el lugar donde formaliza su teorización del sujeto, la que continúa esencialmente los trabajos freudianos sobre la escisión del yo en el proceso de defensa.
El clima militante de los primeros tiempos de introducción del lacanismo en Buenos Aires –todavía hoy podemos observar la vocación militante de algunos seguidores-, hizo que se vulgarizara una suerte de escalafón de los registros y antes de que lo real adquiriese la importancia que tuvo al final de la obra, los aprendices de entonces restábamos valor a toda intervención que se dirigiese al Yo, ya que lo imaginario era la pantalla que difuminaba la pureza simbólica del discurso. Como mera muestra de esta idea, la frase del Seminario II (1954) –otra vieja cita-: “Hay una inercia de lo imaginario que vemos intervenir en el discurso del sujeto, inercia que enturbia este discurso”.
Se propiciaban de este modo las interpretaciones como juegos de palabras, los sueños como rebus jeroglificos y, finalmente, una clínica angustiógena. El paciente debía irse de la sesión en el momento de mayor angustia y vacilación de su imagen yoica, en lo posible después de una sesión de labios cosidos por parte del analista que durase unos pocos minutos. Un maestro de esos tiempos llegó a decir que un análisis podía desarrollarse exitosamente sin que el analista pronunciase una sola palabra. Nunca llegué a intentar trabajar como esa caricatura, pero debo reconocer que mi superyó analítico no dejaba de señalarme en falta respecto de ese modelo.
El análisis del Yo, la vieja aspiración freudiana al estudiar las masas, pasó a ser pecado en la clínica de lo simbólico que ingenuamente practicaban muchos jóvenes y algunos viejos identificados al excéntrico maestro.
El Yo pasó a ser pura función de desconocimiento, y lo que esa idea desconocía en verdad era el hecho irrefutable de que el diálogo analítico se desarrolla, como cualquier otro diálogo, entre dos Yoes y ese es el terreno en que el trabajo se produce. Los intentos de saltear el “obstáculo” del yo, eludir su “inercia que enturbia el discurso” llegaron a extremos de crueldad y estupidez.
Superficie y profundidad
Otro de los obstáculos epistemológicos que han determinado la desatención del Yo y el preconsciente como categorías del pensamiento psicoanalítico es la diferenciación entre superficie y profundidad. En La interpretación de los sueños (1900), Freud funda la “psicología de las profundidades”. Muchas imágenes se refieren a esa distinción, por ejemplo la comparación del trabajo del psicoanalista con el del arqueólogo, el análisis como una excavación para alcanzar las capas más antiguas que siempre están a mayor profundidad. La ciudad de Troya que se supone corresponde con la guerra homérica está en el séptimo nivel subterráneo ya que otras seis ciudades se erigieron posteriormente sobre ella.
Para este imaginario la verdad está en las profundidades. La oposición entre superficial y profundo es una suerte de categoría a priori para el pensamiento Occidental, lo que se refleja en los usos del lenguaje. Decir de algo o alguien que es “superficial” constituye un juicio de valor claramente opuesto a las cuestiones “profundas” de la vida. Este dualismo vulgar también tuvo su efecto en la praxis psicoanalítica.
En contrapunto con esa idea de psicología de las profundidades, afirma en “El Yo y el Ello”, pág. 27:
“El yo es sobre todo una esencia-cuerpo; no es sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie”
Una imagen que el infante frente al espejo ilustra perfectamente, la proyección de la superficie corporal en un espejo plano, el pasaje de tres a dos dimensiones, lo que caracteriza a lo imaginario.
Por lo tanto, si el yo es superficie, el inconsciente es la carne palpitante, el mundo pulsional de las profundidades. Esa topología vulgar la entiendo como otro obstáculo que relega al Yo a un lugar poco interesante para la teoría y la clínica.
Cuando Lacan introduce la figura topológica de la banda de Moebius, rompe con la oposición entre superficie y profundidad, todo sucede en una superficie que en el espacio tridimensional tiene una sola cara. Inconsciente y preconsciente se inscriben en esa superficie continua.
Deleuze trabajó mucho esa idea de los efectos de superficie y en su “Lógica del sentido”, cita a Paul Valéry: “Lo más profundo es la piel”.
La idea que se me impone entonces es que es en la superficie del yo donde se inscriben las marcas constitutivas de la historia libidinal y es allí donde pueden ser leídas, lo que señala una dirección clínica. Hace un par de años presenté aquí un trabajo titulado escritura y superficie donde abordo con más detalle la cuestión.
El yo como estabilización imaginaria de la identidad
El yo es también la respuesta imaginaria a la pregunta metafísica: ¿Quién soy? Resulta evidente que ningún atributo ni la suma de todos los posibles puede agotar su sentido, lo que conduce finalmente a una angustia existencial que ha motorizado toda la filosofía. Pero la imagen yoica, ornamentada con las mejores y peores cualidades, puede estabilizar provisoriamente la desorganización y generar un sentido de permanencia: yo soy siempre yo, Carlos, padre, abuelo, marido, psicoanalista, amigo, canoso, etc., etc. Ya decía Sor Juana “Yo, la peor de todas” y así se consagraba como única, una forma de exaltación narcisista.
Una de las vertientes que pueden derivar de la propuesta del año es la cuestión de la identidad, tema que abre un espectro muy amplio, tal vez algún compañero se le atreva al asunto. La identidad se sostiene en el nombre. El acto de hospitalidad, esencial para los antiguos griegos, comenzaba por el nombre: ¿quién eres?
Al respecto recurro a bibliografía mucho más vieja que las referencias del libro de mi amigo.
La Odisea, uno de los mitos fundadores de la civilización occidental junto con la Ilíada, relata un episodio que involucra al nombre como marca de identidad. Ulises, el más astuto entre los aqueos, es capturado junto con sus compañeros por el cíclope Polifemo, quien comienza a devorarlos uno por uno. En cierto momento, ebrio por el vino que Ulises le ofrece, pregunta al griego su nombre a lo que éste responde: “Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos”. Cuando el cíclope duerme la mona, Odiseo afila la punta de una estaca, la quema en la hoguera y entre todos se la clavan en el único ojo al monstruo, quien profiere gritos aterradores. Sus vecinos acuden y preguntan: “¿por ventura te matan con engaño o con fuerza?”, el cíclope responde: “Nadie me mata con engaño, no con fuerza”, por lo que los demás lo dejan librado a su suerte y Ulises y los suyos logran huir de su encierro.
Siempre recuerdo a nuestro antiguo compañero Eduardo Müller, cuando confesaba que uno de sus maestros en psicoanálisis fue Jorge Luis Borges. Para mí también lo fue y lo sigue siendo. Él explora en “Historia de los ecos de un nombre” diversas versiones del pasaje del libro del Éxodo, Cap. II, donde Moisés pregunta a Dios su nombre y éste responde: “Soy El Que Soy”. La frase fue objeto de diversas traducciones e interpretaciones por lo enigmática y oracular. Entre ellas cuenta que el irlandés Escoto Erígena, en el S IX escribiría que Dios no sabe quién es ni qué es, porque no es un qué ni un quién.
En otro breve texto en homenaje a Shakespeare titulado Everything and nothing, recuerda que en la primera escena de Otelo el intrigante Yago dice: “No soy el que soy” y toda la obra gira alrededor de la simulación y de la falsa identidad, las dos caras del personaje. Por cierto es evidente que es también una referencia irónica a la frase bíblica.
Finalmente, para terminar con esta serie de pinceladas sin pretensión con las que intento abrirme camino en la pregunta que nos convoca, dejo a Borges hablándole a Shakespeare:
“La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: “Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo”. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: “Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie”.
Muchas gracias
20 de marzo de 2025
