La muerte. Reflexiones a partir de una experiencia clínica. (resumen. Se omiten en esta versión las referencias al material clínico)
Mariana Wikinski
Aislar la muerte de la vida, no dejarlas entrelazarse íntimamente, cada una intrusa en el corazón de la otra: he aquí lo que nunca hay que hacer. (Jean- Luc Nancy. El intruso.)
Prólogo
Al plantearme escribir este trabajo, no imaginé la complejidad con la que me encontraría. Pensaba sólo en lo inquietante que me resultaba el trabajo con Laura, lo extraño que era para mí el confrontarme con la posibilidad de la muerte de una paciente muy querida, y al mismo tiempo el asombro que me producía la serenidad con la que ambas progresivamente le fuimos haciendo un lugar a esa idea. Me encontraba pensando; pensando mucho en cada sesión, tratando de ofrecerle algo más que silencio, y al mismo tiempo tratando de no dejarme guiar por la necesidad atropellada de entender, explicar, tranquilizar, o desmentir. Me fui dando cuenta de que contaba con recursos que no hubiera reconocido como tales de no haber estado involucrada en este trabajo que Laura y yo estábamos haciendo. Y aún así me preguntaba si realmente la estaba ayudando. Un fondo de “sinsentido” me invadía por momentos, y me daba cuenta de que necesitaba yo también comprender algo más.
Me incomodaban y me resultaban inútiles expresiones tales como “irrepresentabilidad inconciente de la muerte”, “angustia de muerte como análoga de la angustia de castración”, y pensaba que podría encontrar más aportes en lecturas filosóficas que en lecturas psicoanalíticas. Algunas intuiciones se iban confirmando en la lectura. Muchos autores psicoanalíticos discuten críticamente estas ideas freudianas. Pero –como era de esperar- me topé con el concepto de pulsión de muerte, concepto complejo y polémico que, en mi esfuerzo por capturar, comenzaba a succionarme en una deriva infinita de lecturas que amenazaban con no terminar nunca.
El asunto es que puesta a pensar y estudiar, me encontré con niveles de complejidad que por momentos me excedían. Este trabajo es un intento de ordenamiento. La confrontación del hombre con la muerte, la confrontación del yo con la muerte, la confrontación del yo con el cuerpo, la confrontación del hombre con las tecnologías que sostienen su ilusión de alejarlo de la muerte, el enfoque de la biopolítica….todas vías posibles de reflexión.
Muchos de estos aspectos quedaron fuera de este trabajo. Otros, están esbozados. Este prólogo está al principio, pero como todos los prólogos fue escrito al final, cuando ya había entendido que sólo sosteniendo la ilusión de mi propia inmortalidad podía proponerme abarcar el enorme universo conceptual que se había abierto ante mí.
Ante la posibilidad de la propia muerte
Laura se pregunta si se estará muriendo. No es la primera vez que se lo pregunta, pero esta vez cree que la pregunta verdaderamente tiene sentido. Un médico –una eminencia en el tema- le ha dicho que no se va a curar. Otro le ha dicho que eso es cierto, pero que con su enfermedad quizás podría vivir aún muchos años. No se sabe. Por lo tanto se trata de pensar en la propia muerte como algo posible y cercano. Es un pensamiento intempestivo que altera las reflexiones acerca de la muerte que cualquiera podría realizar a lo largo de su vida, las de todos, reflexiones metafísicas, filosóficas o angustiantes, a veces desmedidas, que se van transformando a lo largo de la vida, hechas a veces con serenidad, con desmentida, o con enojo. Reflexiones acerca de la propia muerte que casi siempre se despiertan frente a la muerte de otro.
No son esas las reflexiones de Laura ahora. La noticia de su enfermedad interrumpe un momento de calma, amenaza todo intento de equilibrio, perturba con insolencia algunos recientes sentimientos de felicidad, interfiere en la idea de futuro, reorganiza el psiquismo completo en función de una idea: yo podría morirme muy pronto.
No existe prácticamente intervalo entre esta noticia y el ingreso de Laura en una tecnología de la salud que la alivia y la angustia en igual medida.
[….]
El ejercicio del principio de realidad se vuelve siempre traumático, y la desmentida, tanática. Tiene que saber siempre qué tiene, tiene que saber siempre qué hay que decidir, tiene que saber siempre que la medicación le produce efectos secundarios indeseables. Ella, siempre tan autónoma y omnipotente, tiene que hacer caso, quiera o no. Es otra que ella misma. También eso tiene que elaborar: frente a la muerte, una vida nueva y desconocida.
[…]
Entre Laura y yo, la idea de su muerte se instala como algo de lo que es necesario hablar, como es necesario para otros hablar de los problemas con los hijos, la pelea con un novio, un sueño, las angustias neuróticas, los problemas en el trabajo. No hubiéramos podido, pero tampoco intentamos “matarla con el silencio”, como lo plantea Freud. Todo lo contrario.
Nunca solicita consuelo, ni certezas, ni aliento, ni los obtiene de mí. Sólo quiere hablar de lo que siente acerca de su muerte y comprender lo que pueda ir siendo comprendido. No quiere que podamos pensar juntas que no se va a morir, no viene a eso. Quiere entender. Si muere, quiere morir viva.
[…]
No existe Yo –plantea Piera Aulagnier (1980)- para el cual la muerte pueda ser concebida como la desaparición total de las huellas, las marcas, los “rasguños” que su existencia haya podido grabar en la memoria de quienes lo sobreviven. Si algo le permite al Yo soportar el reconocimiento de su destino de muerte (al tiempo que lo rechaza) es “esa pequeña parte de inmortalidad”, plantea Aulagnier, que a pesar de la exigencia de verdad (“yo voy a morir”) reivindica un modo posible de supervivencia en la escena del mundo que los otros seguirán habitando.
De esta manera la posible muerte de Laura va siendo parte de una trama narrativa, que contiene preguntas y recupera recuerdos necesarios que cobran intensidad en sí mismos, y más allá de la muerte. Además de que quizás se va a morir, siguen pasando cosas en su vida. Y también las va pensando. No hay nada que nos aleje definitivamente de la idea de la enfermedad como fondo constante. Pero siguen pasando cosas.
[…]
El trabajo de investimiento
¿Con qué recursos cuenta un aparato psíquico para alternar entre la idea de la propia muerte y la de la supervivencia varias veces por día, por semana, por mes?
En su texto La transitoriedad (1915) Freud nos advierte que en tanto el alma intenta apartarse de lo doloroso no puede evitar al mismo tiempo apartarse de lo bello. ¿Cómo amar algo que se va a perder? El dolor por la transitoriedad impide el reconocimiento de lo bello, diría Freud. ¿Cómo podría animarse Laura a amar su vida si siente que pronto podría perderla? Nos enfrentamos así con los riesgos de padecer los efectos devastadores de una forma de dominio de la pulsión de muerte: el desinvestimiento del objeto causa de sufrimiento, el desinvestimiento del cuerpo, el desinvestimiento del deseo de vivir.
Piera Aulagnier en su texto Condenado a investir (1984) despliega el conflicto del Yo en tanto el cuerpo, el otro y la realidad son para él causa de placer y al mismo tiempo causa potencial de sufrimiento. El trabajo de pensamiento del Yo debe garantizar la existencia y el investimiento de estas tres fuentes potenciales de sufrimiento como condición de su existencia y sostenimiento de sus señales identificatorias. Todo movimiento de investimiento estará motivado por la búsqueda de placer, y todo sufrimiento tenderá a provocar desinvestimiento.
“Pensar, investir, sufrir: los dos primeros verbos designan las dos funciones sin la cuales el yo (je) no podría ni advenir ni preservar su lugar en la escena psíquica; el tercero, el precio que deberá pagar para lograrlo”, escribe Piera Aulagnier (p.286).
“Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, y al fin andar sin pensamiento…”, escribieron Virgilio y Homero Espósito.
Estas tareas del Yo se verán desafiadas frente a las experiencias de sufrimiento a las que estos tres objetos (el cuerpo, el otro, la realidad social) lo expongan, y que le impondrán el trabajo de preservar la representación del objeto causa de sufrimiento, quizás con la esperanza de que vuelva a tornarse causa de placer.
La construcción de una causalidad, la búsqueda de sentido, posibilitarán –según las palabras de Aulagnier -la transformación de “un cuerpo material en un cuerpo pensado”. Laura y yo trabajábamos para que sea posible preservar -a pesar del sufrimiento- el investimiento de su cuerpo y de su vida, pero básicamente trabajamos para preservar al yo en su trabajo de investimiento de cuerpo y vida en tanto entidades representables, contra los embates de ese exceso de sufrimiento que podría arrasarlo en el ejercicio de sus funciones de pensamiento, representabilidad e investimiento. “Deseo de no deseo” llama Piera Aulagnier a ese modo de aparición de la pulsión de muerte, que se manifiesta como abolición de toda representación, como desinvestimiento de todo objeto, de todo encuentro, toda relación.
“La significación de la mortalidad se opone a la pulsión de muerte”, escribe Yago Franco en un texto que me facilitó a propósito de la escritura de este trabajo.
Las veces que Laura habló de su morir como algo deseado, lo dijo desde su vitalidad. La vida, ¿cómo? La muerte, ¿cómo? “¿Puedo elegir?”
[…]
La muerte ominosa es la muerte sin Yo. Es la imagen del ojo abierto que no ve. Puro cuerpo despojado de psiquismo. No es cuerpo sin vida, es cuerpo sin alma. A esa muerte se resiste Laura. Ella preserva su vida no contra la muerte, sino contra todo lo que pueda despojársela “entre” su propio nacimiento y su propia muerte. Ese es su trabajo.
Es una lucha desigual, tiene a su cuerpo en contra. La vida radica en el cuerpo como un accidente, pero no está allí. “Y éste (mi cuerpo) ¿qué me viene a molestar, mientras yo estoy viviendo?”, pareciera preguntarse Laura.
En la relación yo-cuerpo propio, plantea Aulagnier, cada vez que el cuerpo se muestra como causa de sufrimiento (sufrimiento del cual el yo no puede huir), es tomado por el yo como objeto: necesario para la vida, y al mismo tiempo, causa posible de la muerte del yo. “…el único vínculo con el cuerpo que el Yo no puede soportar es la indiferencia”, escribe Aulagnier en Los destinos del placer (1980, p.114).
Ocurre que la muerte acontece para el yo en un escenario no yoico.
La cuestión de la irrepresentabilidad inconsciente de la muerte y el concepto de pulsión de muerte.
¿Podríamos sostener hoy, como lo planteó Freud en 1915, que no existe representabilidad inconciente de la muerte? ¿Qué certeza podríamos tener de que el sufrimiento orgánico
–tan ligado al sufrimiento psíquico en el origen del aparato psíquico- no deja huellas relativas a una vivencia de muerte, y que estas vivencias no serán luego “traducidas” a representaciones?
¿Como comprender la construcción de una trama psíquica absolutamente singular que aloja la muerte de tantas distintas formas en tantos distintos sujetos, sin considerar la participación del inconsciente y sus representaciones? ¿Deberíamos considerar sólo para este contenido a un psiquismo organizado en compartimentos estancos?
Si en todo duelo participan representaciones inconcientes, ¿será posible hacer el duelo por uno mismo sin ellas?
Que siempre “sobrevivamos como observadores” cuando concebimos la muerte propia, no necesariamente indica que estamos convencidos de nuestra inmortalidad –como lo plantea Freud en De guerra y muerte (1915)-, sino acaso algo mucho más elemental: que no hay pensamiento sin pensador, como no hay sueño sin soñante; es decir, el “observador” no puede desaparecer, salvo muriendo literalmente. No se puede hacer experiencia sobre la propia muerte, como no se puede concebirla o representarla sin que esté vivo quien la concibe o la representa. Sobrevivir como observadores es un requisito biológico para cualquier trabajo de representabilidad, y no sólo para la representación de la propia muerte. La muerte no puede ser representada, ni puede ser repudiada su representación, sin un sujeto psíquico viviente.
Entonces “veo mi muerte” es sólo realidad discursiva atravesada por el proceso secundario. Sólo conocemos al inconciente a través de sus retoños.
Todo esto no significa, por supuesto, que la representación de la propia muerte no genere activas formas de revuelta psíquica.
La idea de inmortalidad, plantea Green (1986), opera como desmentida de un yo que se sabe mortal.
Es el narcisismo el que interviene aquí (…) El desconocimiento de la muerte en el inconciente ha elegido por domicilio el yo (…) el anhelo de inmortalidad sólo cobra su sentido en coexistencia con la conciencia de muerte (pp. 246-7-8)
1915, primera tópica: “nada pulsional en nosotros solicita a la creencia en la muerte”, sostiene Freud en De guerra y muerte. Curiosa afirmación que tan sólo cinco años después debería haber sido repensada frente al planteo del concepto de pulsión de muerte.
Sin embargo en 1926, Inhibición, síntoma y angustia, escribe:
En el inconciente no hay nada que pueda dar contenido a nuestro concepto de la aniquilación de la vida. La castración se vuelve por así decir representable por medio de la experiencia cotidiana de la separación respecto del contenido de los intestinos y la pérdida del pecho materno vivenciada a raíz del destete; empero nunca se ha experimentado nada semejante a la muerte, o bien como en el caso del desmayo, no ha dejado tras sí ninguna huella registrable. Por eso me atengo a la conjetura de que la angustia de muerte debe concebirse como un análogo de la angustia de castración. (p.123)
¿Sostendría Freud ya en la segunda tópica que en el inconciente anidan representaciones que reflejan punto a punto sólo lo que ha sido experimentado?
La inclusión del concepto de pulsión de muerte (concepto polémico en la obra de Freud) no parece modificar en absoluto la idea de la irrepresentabilidad inconciente de la muerte.
La angustia de muerte sería una máscara de la angustia de castración. No puedo evitar evocar un texto de Les Luthiers: “Mastropiero explotaba un sórdido local en el que funcionaban un cabaret clandestino, un salón de juegos prohibidos y un centro de apuestas ilegales, pero en realidad su local era sólo una pantalla para ocultar la fuente de sus fabulosos ingresos. En los fondos funcionaba un almacén.”
Tres son –al menos- las cuestiones que se me plantearon como obstáculo al tratar de cercar este tema.
En primer lugar, lo más evidente: el concepto freudiano pulsión de muerte en ningún momento de la obra se correlaciona con la idea de muerte que un sujeto puede presentar ni en su experiencia clínica ni en su experiencia subjetiva, pero aún así la idea de muerte atraviesa al psiquismo, y no sólo frente a una situación traumática. ¿Nos ayuda este concepto a comprender el lugar que la idea de la propia muerte ocupa en el psiquismo? Creo que no.
En segundo lugar, la pregunta: ¿qué clase de representabilidad encuentra la pulsión de muerte en el psiquismo –es decir, más allá de sus aspectos biológicos- para que merezca ser tenida en cuenta por el psicoanálisis? Fenómenos tales como masoquismo, sadismo, reacción terapéutica negativa y compulsión a la repetición parecen demasiado alejados de aquello que caracteriza a la pulsión de muerte como retorno a lo inorgánico, el retorno a cero, o el principio de Nirvana.
Luego, lo complejo de la idea de muerte en sí misma, y los diferentes niveles en los que puede ser abordada desde el punto de vista teórico (sus aspectos filosóficos, clínicos, éticos, sociales, antropológicos, biológicos, políticos) y desde el psicoanálisis en particular. La muerte en sí misma, ¿existe para el psicoanálisis sólo como pulsión sin representación o como muerte del otro?
Cuando hablamos de irrepresentabilidad inconciente de la muerte, quizás estamos pensando en la ausencia de representación de la muerte en inmanencia. ¿Hay acaso representabilidad inconciente de la vida?
Freud decía que para el hombre, sea cual fuere el nivel, no hay probablemente representación posible de su propia muerte; yo me pregunto si hay representación posible de lo que es el embrión, como punto original del hombre, en tanto vida. (Aulagnier, 1994, p.286)
Dos vías críticas se abren a partir de la lectura de Freud: o bien la muerte encuentra alguna forma de representación que atraviesa el aparato psíquico; o bien su ausencia de representabilidad no se debe a la ilusión inconciente de inmortalidad, sino al ejercicio de la pulsión de muerte en términos de negatividad, muerte psíquica, narcisismo negativo, anestesia, lo blanco, el vacío.
Laplanche aborda en parte este problema en su libro Vida y muerte en psicoanálisis, mostrando cómo la escena de la muerte pasa en la obra freudiana de estar radicalmente excluida del campo inconciente, a estar de pronto en 1920, “en el centro mismo del sistema”. Y aún así, plantea Laplanche, la muerte como propia finitud se seguirá situando en una dimensión más ética que explicativa, y fuera del escenario de la clínica, ininterpretable, elemento-límite. La muerte para el inconsciente será la muerte del otro.
En su texto Narcisismo de vida, narcisismo de muerte (1986), Green describe los constantes trabajos de ligazón y desligazón, conjunción y disyunción que realiza el aparato psíquico a través de su historia de desarrollo, y culmina el párrafo escribiendo:
…la muerte está al final del recorrido: se dice que es inconcebible para el inconciente. Es para repensarlo. El narcisismo negativo es el complemento lógico del narcisismo positivo que vuelve inteligible el paso de la teoría de las pulsiones que opone libido narcisista y libido de objeto, a la última teoría de las pulsiones, de vida y muerte. La muerte ¿una ”pulsión”? ¿Es así? A esa pregunta aquí y ahora podemos responder con el silencio (p.53)
En la misma línea desarrolla Pontalis (1978) su idea acerca de la irrepresentabilidad inconciente de la muerte y la pulsión de muerte. “…nos molesta el término pulsión. Dónde estaría la fuente, el objeto, el fin de la pulsión de muerte? ¿Cuáles sería sus delegados, qué representaciones, qué afecto?” (p.247).
Ya había escrito más arriba que la muerte no está localizada ni en la conciencia ni en el inconciente, porque está en la raíz misma del inconciente, encarnando el “trabajo de lo negativo”, más allá o más acá de lo figurable, lo representable, lo analizable. “Pero ¿de qué se trata aquí? – escribe Pontalis- ¿De un deseo de muerte o de la muerte del deseo?” (p.247)
Función objetalizante a condición de que se produzca un investimiento significativo, de modo que el investimiento mismo sea significado. Función de desobjetalización, que involucra la desobjetalización del yo y del investimiento del que él es capaz. Tal la descripción que Green (1989) hace del funcionamiento de la pulsión de vida y la pulsión de muerte respectivamente. “Nunca más inmortal el yo que cuando sostiene no tener ya órganos, no tener ya cuerpo” (Green, 1986, p.260)
Al describir el trabajo de “lo negativo” en relación a la experiencia de dolor y el objeto vacío ocupando el lugar del yo, en Narcisismo de vida, narcisismo de muerte, Green escribe:
Estas consideraciones me llevan a poner muy en duda la afirmación que hace Freud en Inhibición, Síntoma y Angustia según la cual la investidura negativa no tiene sitio en el inconciente. Y de igual modo, su tesis de que los desmayos no dejan huella en el inconciente (…) Por el contrario, creo que la desinvestidura, en que consiste el desmayo, no se limita a revivir una experiencia de fusión, sino que además constituye una experiencia de corte, de vacío, que deja un hueco en el inconciente, cuyas contrainvestiduras se activan en los bordes de la llaga hiante, en oposición al retorno o la extensión de esa experiencia afectiva. (p.146)
Agamben, sin proponerse en absoluto discutir la idea freudiana de la irrepresentabilidad inconciente de la muerte, – y probablemente sin pretender apoyar la observación de Green acerca de la inscripción psíquica de los desmayos- transcribe en su libro Infancia e Historia sendos textos de Montaigne y Rousseau, en los que ambos describen su propia experiencia de contacto con la muerte. Curiosamente, Agamben considera a estos textos (el de Montaigne escrito entre 1580 y 1592, y el de Rousseau alrededor de 1778), por el giro que en ellos se percibe de la primera a la tercera persona (del Yo al Es), y por describir una experiencia crepuscular que no pertenece a la esfera del Yo ni de la conciencia, como textos que anuncian el surgimiento del concepto de inconsciente.
Es interesante pensar allí la aparición de una cadena de representaciones relacionadas con la muerte, ese “borde de la llaga hiante” a la que alude Green. ¿Con qué materia prima se construyeron?
Transcribo sólo el texto de Montaigne, quien describe la caída de su caballo: (Agamben, 2007b, pp 49-51)
…el caballo quedó tirado en el suelo completamente aturdido y yo diez o doce pasos más allá, muerto, tendido boca abajo, la espada que tenía a más de diez pasos, el cinturón hecho pedazos, ya sin movimiento ni conciencia, como una raíz (…) Cuando volví a ver, tenía la vista tan enturbiada, débil y muerta, que solamente distinguía las luces…en cuanto a las funciones del alma, resurgían poco a poco junto a las del cuerpo. Me vi completamente ensangrentado, porque mi camisa se había ensuciado con la sangre que vomitara…Me parecía que mi vida sólo se mantenía en la punta de los labios: cerré los ojos para ayudarme, según creía, a empujarla fuera, y me complacía en languidecer y en abandonarme. Era una imaginación que no hacía más que flotar apenas en la superficie de mi alma, tierna y fláccida como todo lo demás, aunque en verdad no sólo privada de aflicción, sino incluso mezclada con la dulzura que siente quien se deja deslizar en el sueño (…) Tenía el estómago oprimido por la sangre coagulada y mis manos acudían allí solas, como hacen a menudo cuando algo nos pica, contra la opinión de nuestra voluntad. Hay muchos animales y también algunos hombres a los cuales, después de muertos, vemos contraer y mover los músculos….[su estado de inconciencia es el mismo] en que se hallan aquellos a quienes vemos desvanecerse de debilidad en la agonía de la muerte (…) Y nunca he llegado a creer que ante tan grave trastorno de los miembros y con semejante pérdida de los sentidos, el alma pueda conservar alguna fuerza para reconocerse.
Agamben agrega más adelante: “El psicoanálisis nos revela justamente que las experiencias más importantes son aquellas que no le pertenecen al sujeto sino al ’ello’ (Es)”. (2007b , p.54)
Nuda vida, una vida
Como lo planteaba en el prólogo, tanto la idea de irrepresentabilidad inconciente de la muerte, como la idea de la angustia de muerte como análoga a la angustia de castración, me resultaron fallidas e insuficientes para acercarme a comprender lo que Laura estaba atravesando.
Me acompañaban más algunas preguntas relacionadas con la idea de lo trascendente y lo efímero, que sin embargo, asombrosamente para mí, no adquirieron nunca en los diálogos con Laura la solemnidad que les hubiera podido suponer. Esa solemnidad que la presencia de la muerte nos impone, junto con una idea diferente acerca de la vida, la propia vida y la vida en general.
Freud, Agamben, Deleuze en diferentes textos hacen referencia a un sentimiento particular frente al muerto y a la muerte. Freud escribe que frente al muerto, suspendemos toda crítica.
Deleuze (2007) por su parte en su texto Inmanencia: una vida…, y Agamben (2007a) en su texto La inmanencia absoluta, citan fragmentos del cuento Nuestro amigo común de Dickens. Deleuze lo introduce diciendo: “Nadie ha narrado mejor que Dickens lo que es una vida, teniendo en cuenta el artículo indefinido como índice de lo trascendental.” (2007,p.37). Y despliega esta idea retomando la narración de Dickens: un sujeto vil, canalla y despreciado (Riderhood) está agonizando. Todos se empeñan en salvarlo con esmero. Se conmueven. Un “…lazo irreductible de humanidad”, como lo escribe Paul Ricouer (2008, p.42) los unía al agonizante.
La chispa de vida en su interior, es ahora separable de él y ellos tienen un profundo interés por ella, probablemente porque es vida, y ellos están viviendo y van a morir. (…) Ni Riderhood en este mundo, ni Riderhood en el otro podría haberles hecho derramar lágrimas; pero un alma humana debatiéndose entre los dos mundos puede hacerlo fácilmente. Está luchando por regresar. (Agamben,2007a, p. 75)
Escribe Deleuze: “entre su vida y su muerte hay un momento que no es más que una vida que juega con la muerte” (2007,p.38). Vida impersonal, y al mismo tiempo singular, vida inmanente de un hombre “portadora de los acontecimientos o singularidades que no hacen más que actualizarse en sujetos y objetos” (Deleuze, 2007, p.38); vida que ya no tiene nombre, aunque no se lo confunda con ningún otro.
“La vida desnuda (escribe Agamben a raíz de este texto de Deleuze) sólo parece emerger a la luz en el momento de su lucha con la muerte” (2007a , p.77). .
Tuve la impresión muchas veces de que Laura se debatía entre la conservación de una vida, y la apropiación de su vida, es decir la vida correspondiente a esa una vida. Se negaba a que la habite “una chispa separable de ella”, y al mismo tiempo se entregaba a ser hospitalaria con esa chispa por momentos ajena. La vida desnuda aparecía ante ella como algo que podría perder en su lucha con la muerte, no la deseaba, no deseaba una “nuda vida” (despojada de humanidad y subjetividad), pero por momentos era lo único que le ofrecían los accidentes de su vida.
Yo creía que la pulseada era contra la melancolía; era sostener a un yo trabajando en la significación de aquello que le duele; era también intentar (quizás vanamente) que Laura fuera siempre una paciente de la primera tópica: que en ella se jugara la angustia de muerte como angustia de castración en el plano de una neurosis de transferencia. Que aquello que lo condujo a Freud al encuentro con el concepto de pulsión de muerte (las neurosis narcisistas, la desintrincación pulsional, la melancolía) no dominara el escenario psíquico que Laura habitaba y que iba construyendo de nuevo cada vez, para hacerle frente a la idea de su propia muerte.
Pero ¿acaso era posible que -aún frente a lo inconmensurable que es la muerte- operara en Laura una transformación psíquica tal que pudiera hacer que comandara en ella el ejercicio de la pulsión de muerte? Quizás debamos sostener la diferencia entre la implementación contingente de mecanismos extremos (y aún el riesgo del predominio contingente de una corriente psíquica que tienda al desinvestimiento de la vida y el cuerpo) y el predominio definitivo o crónico de modalidades subjetivas en las que se produzca arrasamiento subjetivo. Creo que mi propio temor ante algo tan desproporcionado para nuestras herramientas como es la muerte, hizo que intentara proteger a Laura de una muerte psíquica poco probable para su estructura. Pero al mismo tiempo ¿cómo soslayarla como amenaza frente a lo inédito de esta experiencia para ella y para mí?
Bibliografía
-Agamben, G. (2007a) La inmanencia absoluta. En Ensayos sobre biopolítica. Comp: Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez. Ed. Paidós, Buenos Aires. pp.59-92.
