La simbolización en Klein y Lacan: articulación y vigencia.
Nacés, crecés, no entendés, no entendés, no entendés, creés que entendés pero no, no entendés, entendés y te morís. (Evaristo Fútbol Club @YoEvaristo (2015). En Twitter.com)
Este trabajo es un resumen de una investigación finalizada como tesis de maestría. Es un desarrollo teórico al cual le agregué un fragmento clínico propio actual, que me resonaba permanentemente mientras se trabajaba el tema de este año en el Colegio.
En aquella investigación me propongo realizar una articulación entre Melanie Klein y Lacan, tema que tiene dos vertientes: en primer lugar, no existen tantos trabajos (aunque sí hay algunos muy valiosos) que enfaticen la articulación entre estos dos maestros posteriores a Freud. Por el contrario, históricamente se ha enfatizado el trabajo sobre sus oposiciones o diferencias. En segundo lugar, por lo vasto de ambas obras, me propuse en esa investigación acotar la articulación a un tema en especial: qué lugar tiene la simbolización (y el trabajo con lo no simbolizable) en ambos autores.
En este sentido, hay alianzas políticas e ideológicas entre ambos autores (el compromiso con un psicoanálisis no light, contra Anna Freud y la psicología del yo); el compromiso con un psicoanálisis que aborda aquello que es difícil o imposible de ligar o asimilar. Eso se llama lo real en Lacan; y la envidia primaria o el núcleo psicótico en Klein, por decir lo más elemental. Además de esas alianzas implícitas, existen diferencias en otras cuestiones teóricas y sobre todo técnicas de las que no me ocupo.
Una “historia ejemplar”
Este es el género que elige Todorov para explicar la articulación de un yo con lo otro: un fragmento de su estudio sobre la comunicación en la conquista de América.
Los aztecas perciben su derrota, o sea el proceso de la conquista española, haciendo un doble movimiento: la reconocen y la sufren, pero al mismo tiempo la superan mentalmente inscribiéndola en una historia concebida según sus exigencias. No son los únicos que proceden así: podría decirse que ante lo que no es posible de ser simbolizado, o “leído” con el aparato de lectura existente en un determinado momento para una sociedad singular, se asimila una parte de lo extraño a una parte de lo conocido; quedando siempre un “real” imposible de comprender o asimilar; en el plano del psiquismo individual ocurre lo mismo. Así, para los aztecas, el presente se vuelve inteligible, y al propio tiempo menos inadmisible, en el momento en que lo pueden ver ya anunciado en el pasado (recordemos que es una sociedad estructurada en su mundo imaginario – simbólico en base a profecías y repeticiones).
La solución de los aztecas en el plano simbólico es tan apropiado a la situación que creen recordar que efectivamente habían aparecido presagios antes de la conquista. Necesitan hacer encajar lo nuevo del acontecimiento en lo viejo de las profecías. Este comportamiento contrasta con el de Cortés, los españoles, la cultura occidental, más apta a la improvisación política y a la interpretación de lo enigmático del otro y lo desconocido.
En efecto, Todorov destaca cómo en el idioma maya “profecía” y “ley” son sinónimos, y cómo libros tales como el Chilam Balam de los mayas se encuentran también entre los aztecas (ilustrados con imágenes, ya que los aztecas son un pueblo sin escritura). Esta cuestión confluye con una cierta e innegable superioridad “técnica” de los españoles, y a su preeminencia en el terreno de lo simbólico más que en el de las armas, y explica la conquista.
En estos libros aztecas, a los cuales acude el emperador Moctezuma para comprender y categorizar el evento de la llegada de los españoles, están las claves para comprender el pasado y el porvenir. Moctezuma acude a los libros aztecas para saber qué es lo que harán los extranjeros. En ese sentido, es curiosísimo el siguiente episodio y me parece óptimo para ilustrar la qué se hace o no con lo no simbolizable: primeramente Moctezuma pide un cuadro que represente exactamente lo que sus mensajeros han visto en la orilla del mar: quiere recurrir a pinturas antiguas que anuncien la llegada de los extraños invasores. Es así como, al no encontrar la pintura que “prediga” la llegada de los desconocidos, encarga su ejecución al más hábil de los pintores de México. Una vez terminado el cuadro, Moctezuma está desconcertado; en nuestros términos, no tiene el arsenal simbólico para leer lo acontecido. Según lo rescatado por Todorov de la crónica del historiador español Durán, Moctezuma habría hablado así al pintor:
“Hermano, ruégote me digas la verdad de lo que te quiero preguntar: ¿Por ventura sabes algo de esto que aquí has pintado?, ¿dejaron tus antepasados alguna pintura o relación de estos hombres que hayan de venir o aportar a esta tierra?” (Durán, III, 70). (p. 106)
Es asombroso cómo Moctezuma no puede admitir que se pueda producir un hecho completamente nuevo, que ocurra algo que los antepasados no hubieran conocido ya o que no hayan predicho a través de sus pinturas. La respuesta del pintor es negativa: según éste, los antepasados no predijeron el hecho. Moctezuma no se conforma con eso y consulta a todos los demás pintores del reino, sin resultado.
Continúa así el texto Todorov citando al historiador Durán: “Al final le recomiendan a un viejo llamado Quilaztli, “muy docto y entendido en esto de antiguallas y pinturas”. Quilaztli, a pesar de que no ha oído hablar de la llegada de los españoles, lo sabe todo sobre los extranjeros que habrán de venir, y dice al rey: “Y porque lo creas que lo que digo es verdad, cátalo aquí pintado: la pintura me dejaron mis antepasados”. Y sacando una pintura muy vieja les mostró el navío y los hombres vestidos a la manera que él los tenía pintados (en la pintura nueva) y vi allí otros hombres caballeros en caballos, y otros en águilas volando, y todos vestidos en diferentes colores, con sus sombreros en las cabezas y sus espadas ceñidas” (…). No podemos creer que existiera un dibujo muy anterior a la llegada de los españoles, que representara sus barcos y sus espadas, sus trajes y sus sombreros, sus barbas y el color de su piel (¿y qué podemos pensar de los hombres montados en águilas voladoras?). Se trata una vez más de una profecía fabricada a posteriori, de una prospección retrospectiva”.
De este choque entre dos mundos -un mundo ritual y un acontecimiento único- resulta la incapacidad de Moctezuma para simbolizar lo ocurrido: vive en el paradigma en detrimento del sintagma; en el código en detrimento del contexto; en el pasado en vez del presente.
Perspectivas lacanianas y kleinianas en la simbolización y socialización tempranas
Markos Zafiropoulos (2002) desarrolla en “Lacan y las ciencias sociales. La declinación del padre (1938-1953)”, que la “deuda alimentaria” liga desde el origen al recién nacido con la madre, y destaca el lugar que Lacan da a la imago materna en la elaboración del superyó; y propone el estadio del espejo para orientarse en ese proceso. Así, la represión sexual edípica hay que entenderla con lo que la antecedió: el fantasma del cuerpo fragmentado determinado por la madre, que vale para ambos sexos, es anterior al Edipo, y: “concuerda con los descubrimientos de Melanie Klein y se ajusta al estadio del espejo”. El sujeto descubre la imagen unificada de su cuerpo propio; esto lo libera de la angustia primitiva que teñía su experiencia, y que reconstruimos a posteriori, ya que no contamos con las comunicaciones (verbales) de un bebé de 6 meses para conocerlo. El trabajo kleiniano sobre las patologías severas en adultos permite hipotetizarlo. Todo esto será el telón de fondo del ingreso del sujeto en la simbolización, a pesar de lo que queda por fuera de la integración (Real para Lacan; núcleo psicótico en Klein). Zafiropoulos entiende que para Lacan el superyó se adelanta al Edipo (tanto para la clínica del caso como para la de lo social): “las formaciones originarias del superyó ocupan en Lacan una posición estrictamente análoga a la del complejo de Edipo en Freud, en cuanto a su valor genérico”. Cuando estas condiciones no se pueden dar favorablemente, también ellas “se expresan en la versión del simbolismo parcelario que sostiene los pasajes al acto”. También, en episodios de tipo psicótico que pueden irrumpir en una neurosis, fenómenos psicosomáticos, o en las psicosis. En estas variantes de la no simbolización, podemos observar los efectos de procesos tempranos, así como en aquello que de los conflictos sociales queda como un Real no simbolizado (Zizek, 2002; Todorov).
¿Qué es aquello que resiste a la simbolización? Tanto en Lacan como en Klein, es la existencia primera, la de la Cosa, que es inasimilable al juicio mismo. En Klein lo perdido se vuelve el núcleo a partir del cual se construye su teoría de la posición depresiva, ya que aquel resiste a toda simbolización y es central para entender el duelo, que confronta al sujeto humano con aquello trabajoso o imposible de ser simbolizado. Sobre este no simbolizable núcleo psicótico, se construirán las defensas neuróticas para Klein. Así, hay varios autores que indican que la posición esquizo-paranoide corresponde en la teoría kleiniana a “la división del sujeto por el significante” de Lacan (Diana Rabinovich, 1988; Rafael Paz, 2008; Marie Claude Thomas, 2008). Este sería el aspecto que a Lacan lo impactó de Klein y que contribuyó a su creación del estadio del espejo, ya que refiere a las imagos parciales arcaicas de cuerpo despedazado y los fantasmas de la posición esquizo paranoide.
Entonces, el duelo de la posición depresiva se convierte en paradigma de todo duelo; y la producción del superyó precoz una de las modulaciones de la angustia. Las posiciones toman un sentido no sólo cronológico sino lógico: son oscilaciones de ansiedades y defensas; modos de funcionamientos en distintas unidades de tiempo: en lo temprano; en momentos de la vida; en etapas de un análisis o en la microscopía de una sesión.
Recordemos que aquello que para Melanie Klein es lo no simbolizable en el psiquismo, puede asimilarse al llamado núcleo psicótico. Dice Rafael Paz: “trazas o núcleos psicóticos como derivaciones disociadas de los procesos primordiales. El trámite posterior de las mismas será variadísimo, y no fijan a priori ningún destino, pues se inscriben en la complejidad de las neurosis infantiles y del adulto, constituyendo los basamentos para las psicosis francas ulteriores. De allí que podamos hallarnos frente a manifestaciones psicóticas edipizadas, fusionales o narcisistas”. De este modo, Paz (2008) nos ubica acerca de cómo el núcleo psicótico, no simbolizable, puede tener distintos intentos de tramitación, aunque nunca completos y tiene sus efectos y manifestaciones clínicos. Se observa en la modelística referida al bebé, en los fenómenos psicóticos o símil psicóticos y en lo trabajable operacionalmente en el aquí y ahora de la sesión. Paz: “No olvidemos que la acción envidiosa como identificación proyectiva violenta arrastra consigo parte del aparato mental, lo cual lleva de paso a un autodopaje que precave secundariamente de las percepciones intolerables de valor en el otro)”. La envidia primaria y la identificación proyectiva violenta, con el consiguiente ataque al aparato perceptual, explican la acción de este núcleo psicótico. La envidia primaria, base del núcleo psicótico y su funcionamiento, también las ansiedades primarias en la perspectiva kleiniana, son centrales y permiten entender estas cuestiones de lo no simbolizable del psiquismo. Esas ansiedades son primordiales, universales, se pueden pesquisar en los funcionamientos más perturbados y la experiencia toda del sujeto. Se puede ampliar esto a la consideración de las llamadas ansiedades psicóticas, como dimensión presente en grado variable de metabolización en las neurosis de la infancia y del adulto. Esto puede entenderse como modalidad de manejo de aquellas ansiedades primordiales, tanto depresivas como en las parcialidades propias de lo paranoide-esquizoide, que para Paz implica “las expulsiones radicales y los fragmentos mínimos pero temibles”, y que veremos esbozarse en mayor o menor grado en las distintas formaciones clínicas. Ya que estas modalidades están presentes abiertamente en las psicosis, pero a su vez – con la no tramitación de estas ansiedades psicóticas, o su dificultad de procesamiento y cualificación en otras configuraciones – pueden verse sus rastros y efectos en la amplia variedad clínica y subjetiva humana.
Esto no deja de tener consecuencias para el trabajo clínico con lo no simbolizable. “La familiaridad creciente con lo escindido y apartado – clínica de la escisión que incluye y supera la de la represión -, y el hacerse cargo de su contención transferencial (…) Se requiere entonces una topología de la cotidianidad que supere cualquier estratigrafía elemental, mostrándonos las torsiones y entrelazamientos en la superficie de todos los días, que es donde se alberga lo profundo.” (Paz, p. 279)
Es decir que la cuestión de lo no simbolizable no son abstracciones o rarezas de cuadros que aparecen cada tanto, sino que hacen pensar en las continuidades con las formaciones clínicas más diversas (y menos graves) que inundan la clínica y la vida cotidiana. Así, muy lejos de constituir algo remoto, bordea de continuo nuestra clínica, porque así ocurre con la vida de todos los días. Articula Paz: “la insistencia freudiana en el caos abismal del ello es incompatible con una sistemática que pretendiera agotarlo sin resto. A la vez que en la teoría madura se une a una interminabilidad del análisis y lo imposible de nuestra profesión. Lo cual perdura en el modo en que el trabajo de lo negativo se halla en el eje de las ideas de autores tan disímiles como Melanie Klein o Lacan, por ejemplo. En la primera, por el papel asignado al instinto de muerte, que deviene motor paradojal de la existencia y por ende de la vida de fantasía, al exasperar la contradicción interna: instinto de vida/instinto de muerte.En el segundo, por lo irremisiblemente perdido en el pasaje del cuerpo al significante”. La “teoría madura” los avances tanto lacanianos como kleinianos, ayudan a pensar lo incomprensible. Confluye con lo tematizado por el último Lacan respecto de lo Real. Este no simbolizable, no siempre puede encontrar alguna tramitación psíquica: por ser insimbolizable o dañino para la trama de sentido.
Lo simbólico
El universo de lo simbólico en Klein y Lacan contiene algunas diferenciaciones: en la idea del orden simbólico lacaniano, el cual preexiste a la existencia física del sujeto y constituye la dimensión propia de lo psíquico. Mientras que para Klein, si bien lo simbólico ancla la dimensión humana del progreso mental, tiene una dinámica de desplazamiento de objetos originarios y primitivos (los fantaseados sobre el interior del cuerpo materno). Desplazamiento hacia objetos más elaborados y alejados del original. Pero en ambas corrientes, se trata de aquello que estructura lo humano, que arma las formaciones clínicas neuróticas o que está fallido en otras.
Aún así, hay algo que aparece como un orden preexistente y supra individual – para Lacan – , y como algo a conseguir – para Klein – . Esto es: lo simbólico. Y ambos se ocupan de manera original y comprometida de ese mundo arcaico. “Hay entonces la proyección de un movimiento de discurso, de un discurso sobre una época sin palabra, cosa que Lacan afirma” (p. 89), nos señala Marie Claude Thomas en “Lacan, lector de Melanie Klein”(2008). La autora indica que Lacan coincide con Klein en acercarse al problema de la esencia de lo innombrado. Agrega que para Lacan la función supra individual del lenguaje funciona para hacer actuar “el efecto retrospectivo del lenguaje que le hace determinar lo que, in fine, es designado como lo real”.
Ese es el espacio que para Klein tiene que ver con lo preverbal, que no significa que esté fuera del orden del discurso humano. Estas correlaciones se ubican en la obra de Lacan anterior a 1953; Lacan hace jugar a Melanie Klein contra la corriente vienesa que hacía del superyó una instancia contemporánea del Edipo, para sostener la concepción de un superyó precoz, como operador universal del psiquismo y la simbolización humanos. Dice Thomas: “Esos “objetos malos” van a emplazar un interior, no del cuerpo, sino de un mundo de símbolos, de signos – allí donde la imagen real y la imagen virtual se acomodan – y un exterior, a condición de que el sujeto tenga un lugar, tenga un punto de vista en el simbólico, el de su nombre, es decir, aquél donde él mismo, sujeto, puede estar ausente o presente (…) nos encontramos en un cruce donde se hallarán los siguientes deslizamientos: la representación freudiana se volverá el objeto interiorizado kleiniano, con lo que Lacan forjará el significante (…) Desde ese ángulo, Lacan, en 1958, volverá a interrogar brevemente el caso Dick”.
La pérdida del objeto no es solamente su ausencia constatada objetivamente, su pérdida en la realidad externa: Es también la destrucción del objeto por el sadismo, o su asesinato por la palabra, según las formulaciones respectivas de Klein o Lacan.
Una de las principales correlaciones que se pueden realizar en relación a lo no simbolizable en ambas perspectivas, es lo relativo a ese mundo primitivo y fragmentado que los dos maestros han descripto teórica y clínicamente. Según Thomas, se observa de esta manera: “El sentimiento de discordancia motriz está estructurado retroactivamente en imágenes de despedazamiento (posición esquizo-paranoide) por la aprehensión en su totalidad de la imagen del otro”. Es precisamente esto lo que motiva tanto la reacción depresiva – depreciación del yo frente al ideal – para Melanie Klein como la asunción jubilosa de la imagen en el espejo anotada por Lacan.
Es decir que el carácter estructurante de lo depresivo no tiene un cariz psicopatológico, sino ordenador: es aquello que permite salir de la manía esquizoparanoide de aplastamiento por, o superposición con, el ideal, armando así dos polos por igual rígidos (clínicamente constatables en pacientes adultos según nuestra experiencia, es decir que va más allá de la vivencia biográfica del bebé). Lo maníaco de una falsa coincidencia con el ideal, lo persecutorio de un ideal amenazante, o, finalmente, lo depresivo de una distancia óptima con el ideal. Las semejanzas con la dinámica del estadio del espejo son notables.
Para Marie Claude Thomas entonces, esta dinámica está presente en lo temprano y en la clínica, ya que este advenimiento real del sujeto, sin simbolización, se presenta en la transferencia; y alcanza “a los efectos de la Play Technique hasta ese nivel (…) Lacan va a releer ahora en Melanie Klein la cuestión del objeto interno en el punto de la división del sujeto por el objeto”. Entendiendo que lo que para Lacan es la estructura significante, para Melanie Klein es que se llama “la madre”, pues es un objeto de entrada significativo para el sujeto. Para Klein la madre es un continente de todos los objetos fantaseados, y el punto de partida para la transformación de éstos en el proceso de simbolización. La madre en Klein, pues, también para Thomas es visto así: “ese mismo objeto, bueno o malo, presenta la función de oposición significante que está en la base de la dialéctica kleiniana, es decir, el simbólico en estado puro”.
En ese mundo fragmentado, lo ansiógeno y enigmático del objeto interno malo es aquello sobre lo cual se deberá desarrollar la integración y simbolización posibles y la consiguiente entrada en el deseo. Thomas señala: “Este interior excluido, perdido, que hay que volver a encontrar, ese sujeto detrás del sujeto sometido a la mediación del significante, designa – y Lacan asume la responsabilidad de esto – el campo de La Cosa (…) Lo que Lacan llama entonces “el mito kleiniano” impulsa una concepción de la sublimación imaginarizada que es del orden de la reparación, de la restitución del cuerpo materno atacado por el sujeto (…) El cuerpo mítico de la madre – o sea la cosa central que gobierna las representaciones – es lo que, del real, del real primordial, ese exterior interno al sujeto que Lacan había asimilado a los objetos internos malos (…) Se sabe que él lo convertirá en el campo del goce”.
El interés principal que ha guiado esta investigación, es el compromiso con un psicoanálisis no conformista, no adaptacionista ni equilibrado, sino apoyado en la noción de conflicto y de lucha por la captura posible del campo de lo negativo. A mi entender, el trabajo con estos aspectos define mucho más lo analítico que las cuestiones técnicas o de encuadre que muchas veces gobernaron las sentencias sobre lo que es o no psicoanálisis.
Así, es posible señalar la idea que Lacan destacó fuertemente en Klein, ya que al cabo de los textos kleinianos principales en lo concerniente al duelo y a la posición depresiva, podemos anotar que en la posición depresiva hay, por un lado, la presencia angustiante de los objetos parciales; por el otro, la nostalgia del objeto. La cura según Lacan sería una perturbación del duelo. Y para Klein la problemática del duelo está en el centro de la experiencia de la cura: Allí donde Freud consideraba al duelo como un cuadro clínico, normal o patológico, en reacción a la pérdida de alguien amado que y lo correlacionaba con la melancolía, para Klein el duelo no sólo es intrínseco a la cura y a su movimiento, sino que el fin de la cura es un duelo: las manifestaciones específicas del duelo son los criterios requeridos de fin de cura en el analizante. Con la posición depresiva y el duelo kleiniano, no hay ninguna necesidad de que alguien cercano y querido muera para que el paciente esté en duelo. La posición depresiva y el duelo son momentos estructurales homólogos a la castración, donde Edipo y posición depresiva se recubren.
Cómo analizamos hoy: ¿Cómo? ¿Analizamos hoy?
Por dos razones incluyo este fragmento clínico muy fresco, que está ocurriendo en este momento. La primera es lo que convocan los trabajos presentados en el Colegio hasta el momento junto a las discusiones virtuales, ya que pone en juego cuestiones técnicas que me resultan muy atractivas. La segunda es darle vida y movimiento a la investigación teórica.
M tiene 23 años; se analizó conmigo durante un año y medio en 2012-2013. Llega – con 21 años – por recomendación de otra paciente. El motivo de consulta inicial: su padre había muerto poco antes; ella se encontraba en un estado de duelo, pero principalmente, esta muerte se da luego de una larga enfermedad del padre, durante la cual M se encarga sola de sus cuidados ya que vivía con el padre. Los padres son separados; su madre y su hermanito de 10 años viven juntos. En principio el trabajo es el acompañamiento de su duelo, y luego de un tiempo, cuestiones vocacionales, de trabajo, de vínculo con su novio. Después de un año y medio, decide dejar el análisis por un tiempo ya que se encuentra mejor. A mí me dio la impresión de que efectivamente estaba mejor pero de que había aún trabajo analítico posible por hacer.
Conservo esa misma impresión cuando un año y medio después la encuentro por casualidad en mi casa (sí, no hay error de tipeo) en una reunión de militancia política del barrio.
Al mes de esto, y luego de verla en 2 o 3 reuniones (mi participación en ese espacio es lateral) me llama “para hablar”. Me pide que la derive. Pienso en varios de ustedes. Pide ciertas condiciones geográficas y de estilo: que no sea muy lejos, que trabaje como lo hicimos nosotros. (No se lo digo en ese momento pero se me ocurre un analista con esas características: yo). También me dice que antes quiere hablar conmigo una hora. Acordamos horario, viene a mi casa; dejo la situación abierta cuando la recibo, para ver hacia dónde se conduce, y sin mediar preguntas encara para el consultorio y se sienta. Allí, entre distintas preocupaciones actuales que cita, dice que le dio bronca cuando nos reencontramos porque pensó “no puedo volver a terapia”. Le pregunto por qué lo pensó. Dice: “no se puede, ¿no?”. Le comento que trabajo en un pueblo del interior de la provincia, que no es raro para mí ver o haber visto a los pacientes fuera del consultorio por diferentes razones, y que los dos sabemos que Ciudad Evita es como un pueblo. Y que cuando nos reencontramos fuera del consultorio a mí no me dio la impresión de una ex paciente y que pensé que podría volver. A partir de estos comentarios míos le pareció, y así lo dijo, que cualquier cuestión que se presente con esto lo podría comentar acá, y que eso haría que podamos continuar con lo que habíamos trabajado en la etapa anterior. Si no fuera así, dice, le dolería pensar “a dónde va a parar todo lo que sabés de una etapa muy importante de mi vida”.
En esa primera sesión de reencuentro aparece un material que contrariamente a lo que yo pensaba como esperable – que continúe hablando de cuando nos vimos fuera del consultorio, que hablara de mi casa o mi familia ya que por casualidad milita con mi mujer, sus fantasías sobre esto – lleva directamente al trabajo con lo no simbolizable. Trabajo que considero uno de los aspectos que más definen lo analítico, mucho más que las condiciones técnicas en las que se produzca el trabajo. De hecho, aquí, en el reinicio del trabajo con esta paciente, lo llamativo o raro de lo técnico queda en segundo plano (aunque pueda ser trabajado como material) respecto de los restos que M quiere trabajar: por qué cree que no ha desplegado todo su potencial laboral e intelectual; por qué teme decir en sueños el nombre de su ex novio mientras duerme con el actual; por qué cree que del duelo por su padre hay algo que no cierra; por qué se queda perpleja al escucharse decir que “Sierra de los padres” es donde planeaba irse a vivir con su ex novio.
De esto se trata. Continuará.
Referencias
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