Jóvenes, pandemia y libertad1
Oscar Sotolano
“Siento que apretaron stop. ¡¿Cuándo van a cliquear play de nuevo?¡”, dice. “¿Quiénes tienen que cliquear?, ¿quién maneja el botón?”, digo. “¡¿Quiénes van a ser?!… los que tiraron el virus. ¿O vos no sabés que lo tiraron? ¿No mirás Youtube?”, dice. “Hay mucha información distinta en Youtube; que alguien la tiró (como vos decís) puede ser una muy extendida -hay otras-, pero en este espacio nuestro, tal vez, la pregunta que entiendo te podés estar haciendo la podríamos formular así: ¿cuándo vas a cliquear vos un nuevo play y empezar a dirigir tu película para no ser ese actor pasivo que sólo sigue el guión que dirige otro, del cual hablás siempre? Ya antes de la pandemia lo hiciste muchas veces, ¿te acordás? ¿Youtube podría ser ahora tu guionista?”, digo. Él se queda inmóvil, ni el más mínimo gesto se advierte en la pantalla, tanto como para no saber si su rigidez es natural o efecto de una débil señal que congela la imagen como una foto sorpresiva. Los indicios gestuales y verbales de respuesta, se trastornan. ¡¡¡Estamos en la época del contacto on line!!! Este diálogo (o uno similar) y esta peripecia de la práctica a distancia se produjeron con un muy joven paciente que anhela desarrollarse en el mundo del cine como director, que suele hablar de los actores como si fueran marionetas, y de los directores como si fueran demiurgos omnipotentes (mucho más todavía que los autores, aclara). Ya habían pasado varios meses del estallido de la pandemia y el inicio de la cuarentena. Ya, la dimensión imaginariamente total e impositiva de la cuarentena se había empezado a resquebrajar en medio del salvajismo político de los que apuestan, en el mundo entero, no importa el precio en vidas humanas, al fracaso -al menos- de las políticas sanitarias, y de las propias limitaciones y contradicciones que las medidas conllevan (aun cuando se las valore -en general- positivamente); pero él seguía aferrado a su inicial forma de ubicarse frente a la situación; para el joven, un tiempo detenido por obra de un Otro, un algo, omnipotente y siniestro, al cual las teorías conspirativas de YouTube le daban consistencia imaginaria; tanto como para que él sintiera que no podía hacer nada; dato relevante cuando esa imposibilidad no comienza con la cuarentena, sino que ya aparece en los conflictos iniciales que lo llevaron a consultar, unos meses antes, a mi espacio presencial de entonces. Su demiurgo interno era demasiado poderoso (y en las condiciones de la pandemia, también siniestro) como para dejarlo dirigir su propia vida. Él era la marioneta de su propio director-demiurgo (más poderoso que el autor) que, en este contexto interno, sólo parecía saberse proteger manteniendo la escena en stop. La cuarentena de la que se quejaba, era también (y paradójicamente) su refugio. El joven luchaba con los conflictos inherentes a su exogamia amparado en la consistencia y la inconsistencia que el virus había traído al mundo entero. “¿Vos no tenés ganas de que todo vuelva a funcionar?”, me preguntaba desafiante y ambivalente; consciente de que su conflicto se solapaba con inquietudes, angustias o desasosiegos que yo, como todos y también singularmente distinto a todos, podía tener. En la dimensión social de la pandemia habitan escenarios singulares muy diversos. Aunque, en este caso, la espacialidad virtual devenga una común extraña a ambos y sus indicios resulten difíciles de interpretar. Es que la entrada del virus en el escenario del mundo introdujo, con sus enigmas, diversas preguntas y respuestas. El virus pudo instalar interrogantes, motorizar significantes enigmáticos inconscientes, obligar a pensarse en situaciones nuevas en aquellos que pudiéramos alojarlo de alguna manera en el yo con sus perplejidades, con sus peligros, con sus dolores y, también, con sus posibilidades. El virus puede ser fuente de saber, fuente de angustia creativa, es decir, eventualmente generador de mejores preguntas, cuando hay disposición interna a ordenar los enigmas que planteó y plantea; cuando más que proponer respuestas sedantes arrojadas de apuro, va generando interrogantes que se puedan organizar de un modo más fértil. Cuando construye nuevas alternativas haciendo el duelo por lo eventualmente perdido. En el último año, nuestro mundo de psicoanalistas, a veces demasiado defensivo, tantas veces parapetado tras una visión reduccionista acotada al mundo interno, a los fantasmas, a una concepción de la subjetividad recluida sobre su propia opacidad (a veces traumatizante, a veces pulsionante; por lo general, ambas) fue asaltada por la covid 19. Y como suele ocurrir cuando la dura realidad del mundo se mete en nuestros consultorios y en nuestra vida de un modo insoslayable, redescubrimos que una banana puede ser un símbolo fálico pero también un alimento o (producto de su cáscara arrojada a la vereda en un descuido) también un peligro para nuestra integridad ósea o muscular. Olvidar esa obviedad puede hacer que nos rompamos la cabeza contra nuestra soberbia ignorancia (esa que suele acompañar a nuestra desorientación como su sombra). Cuando los sonidos y furias de la vida abandonan sus modos más discretos e intersticiales y exponen su violencia sin reparos, la comodidad de nuestro saber psicoanalítico se conmueve, y antiguas preguntas, antiguos debates, retornan. Hoy, al ritmo de los casos que aumentan mucho o disminuyen poco, vuelven los viejos “descubrimientos” acerca de la desacralización de la técnica, de las flexibilidades del encuadre, de la fertilidad de otros recursos (sobre todo, los que la vida on line —aún con sus inconvenientes— ofrece) y el lugar de la vida externa -externa en lo interno del psiquismo mismo (único lugar en el cual para nosotros humanos la vida externa vive)- vuelve a poner en jaque nuestros refugios tan exquisitamente teorizados. Esos donde muchas veces desmentimos que si bien nuestro objeto es el inconsciente -el llamado sujeto del inconsciente-, no accedemos a él sino entrelazado, tallado, a veces fusionado con el sujeto psíquico, con todas sus instancias en juego, expuestas en esa superficie preconsciente que Freud recomendó seguir como ineludible camino de exploración. Sujeto del inconsciente en sujeto de inconsciente, diría S. Bleichmar. Sujeto psíquico que no existe sin el sujeto del inconsciente pero que no se explica sólo desde él. Por eso cuando la vida real nos jaquea, y en nombre de la tantas veces mentada neutralidad —a veces precisada como valorativa—, abandonamos la exploración de los campos creenciales (ajenos y propios), dejamos un aguantadero listo para que lo inconsciente reprimido se refugie. El mito de la neutralidad (imposible en tanto sujetos humanos implicados) termina poniendo obstáculos, cuando no haciendo imposible, la herramienta fundamental del rehusamiento a nuestro goce en la sesión que significa la regla de abstinencia. Ser abstinente no significa sostener una neutralidad imposible en tanto humanos sino rehusarse a satisfacer los fantasmas del paciente para que pueda constituirse un lugar psíquico de exploración y pensamiento sobre esos fantasmas inconscientes, en el interior de su propia trama. Esto ha sido siempre así; de modo inequívoco cuando lo que irrumpe es la religión o la política; o cuando, como hoy, lo que irrumpe es la pandemia, o cuando irrumpe la dimensión política de la pandemia o la dimensión pandémica de la política tal como suele practicarse o concebirse (muchas veces de modos religiosos). Cuando me ubico del modo que relato ante las teorías conspirativas de Youtube de mi joven paciente, termina mi supuesta neutralidad; pero sólo desde mi consciente no neutralidad acerca de la cuestión es que puedo incluirla en su autointerpretación pre y, tal vez, pospandemia (si no puedo intervenir de alguna manera antes), de que el actor y autor de su vida es manejado por un director omnipotente y tirano que le arrebata su autoría vital. Es claro que no me mostré neutral frente al mundo YouTube conspirativo del joven, aunque haya evitado en ese momento una confrontación “racionalista”, argumentativa, sobre la teoría que lo domina; por el contrario, traté de que nos ubicáramos en nuestro campo de análisis y evitar perdernos así en sus resistencias “realistas” documentadas (¡vaya documentos!) en la web. En ese momento el llamado mundo externo y el interno transitan por un mismo desfiladero resbaladizo. Ser consciente de la posición no neutral que cada uno de nosotros abraza acerca de esas teorías que pululan u otras que puedan parecer más rigurosas es lo que permite (en general) que nos podamos mantener abstinentes. Esto, con o sin pandemia es, en mi opinión, así. Sin embargo, ese antiguo problema de la realidad y el modo de ubicarse en ella al interior de nuestro campo transferencial ha vuelto en la pandemia con todas sus fuerzas, y de un modo especialmente intenso entre los jóvenes, para quienes la construcción de las espacialidades que desde la infancia constituyen un desafío de la construcción psíquica, toma central importancia en los procesos de socialización que pueden permitir desplegar las experiencias de exogamia. De ese modo tienen, en su modo de posicionarse frente a los espacios de la vida cotidiana, no sólo un modo ir viviendo, sino un modo de ir construyendo las capacidades para el ir viviendo que implica el vivir, en los cuales esa exogamia se estabiliza relativamente como proceso siempre abierto. En un artículo anterior en esta revista hablé de la pubescencia (Sotolano, 2018), una dimensión psicoanalítica específica para referirse a la cuestión que la palabra adolescencia vela tras su categorización histórico-social evolutiva. La sexualidad muestra toda su presencia específica, no sólo en términos de prácticas sexuales variadas sino en la dimensión sexual (en su sentido no genital, psicosexual) de lo emocional. Pero la pandemia ha puesto la sexualidad en su forma popular de entenderla, en jaque. Para el joven que he construido narrativamente para este texto, el gran Otro productor y propagador del virus le impide algo muy específico y mundano: no lo deja coger. Le coarta la libertad de hacerlo, se queja; en verdad, de intentarlo, precisamos. Es que para él ha sido siempre una experiencia difícil invadida de ansiedad. Desde allí, las teorías conspirativas de Youtube convergen con las teorías de formato llamado “libertario” que también las redes sociales propagan y que él ha hecho propias sin advertir las aporías que encierran, ni que quienes las propagan en el mundo entero expresan los intereses de los dueños reales del poder, aunque con ropaje antisistema. Ambas se entretejen en el mundo preconsciente del joven, y ambas anclan en puntos inconscientes más o menos “cercables”. “Tengo derecho a hacer lo que quiera, soy dueño de mí. No me pueden impedir que salga a hacer lo que tenga ganas”, enfatiza. El joven podía repetir esos lugares comunes tan difundidos sin advertir que el tema, en ese punto, no era tanto el de sus derechos como el de su evidente imposibilidad de ser dueño de sí, por ejemplo, de su propio deseo de coger, para lo cual la cuestión de los derechos le venía como anillo al dedo. Era un cultor de la libertad que no advertía sus pesadas cadenas internas, algunas neuróticas y otras estructuralmente humanas. Una sesión le comento una consigna que suelo citar en algunos trabajos teóricos. Me pareció oportuno mencionarla en ese momento: “Prohibido prohibir, la libertad comienza con una prohibición”, escribían en las paredes de París los jóvenes del mayo francés de 1968, recuerdo. “Eso, está buenísimo” exclama: “¡Prohibido prohibir! Eso, eso”, escucho su entusiasmo, veo su entusiasmo; espero unos minutos, le pregunto: “Lo de prohibido prohibir te gustó, veo que mucho, ¿recordás como sigue la frase que te dije Prohibido, prohibir…” Se siente turbado, piensa; no recuerda; aventura: “¿La libertad es libre?” Me pregunta-responde … se pregunta. La forma clásica de construcción de las creencias opera a cielo abierto en una forma en la cual al tiempo que se siente perseguido aparece un lugar común consagrado, en este caso en el campo de la ironía. Una parte de la frase se omite (no logro definir si pretende ser irónico). Pero lo relevante es que la parte por el todo se adueña del sentido. La prótasis que afirma su creencia: Prohibido prohibir, perdura en su memoria como una inscripción pétrea. En cambio, la apódosis se reprime o desmiente y, tal vez, se ironiza. En su lugar aparece otra sentencia que reafirma aún más su convicción creencial: la libertad es libre. Aforismo digno de Capussotto, en una época en que el humorista no tiene más que poner micrófonos a su alrededor y lo absurdo de la vida aparece sin pudor. “Parece que no recordás la parte de la frase que a tus argumentos no le conviene retener: la libertad comienza con una pr-o-h-i-b-i-c-i-ó-n”. Modulo las sílabas, acentúo la palabra. “No entiendo”, dice, se molesta, se irrita. Sus gestos en la pantalla están en primer plano, son evidentes, tanto como lo fuera en otro momento su inmovilidad. De nuevo no soy neutral, pero trato de no serlo con el fin de aproximarme a otra dimensión de él, para no coagular un deseo que se realiza en una frase escotomizada, preñada de ideología en su forma más hermética. Una defensa de la libertad sin reflexión sobre sus paradojas, sin experimentación emocional de sus límites estructurales. Una frase que busca que avancemos hacia sus prohibiciones internas, sin desconocer las externas. “Hay cosas que no hacés no sólo porque hay alguna ley o reglamento que te lo impide, hay cosas que no hacés por las propias prohibiciones interiores que tenés (todos tenemos algunas). Prohibiciones que no entiendo bien cuáles y cómo son, y tampoco sabemos cómo se fueron armando y organizando en tu mente a lo largo de tu vida”. Me moría de ganas de darle una clase, decirle que la libertad es una ilusión imprescindible pero también imposible de realizar en forma plena porque no somos sujetos libres sino sujetos determinados desde infinitos lugares que sólo podemos alcanzar alguna libertad entendiendo los límites que nos trazan mal o bien los caminos, y cuyas contradicciones tendremos que aprehender para adquirir esa libertad instituida por una prohibición. Decirle que, como pensaba Lacan, la libertad plena es delirio; o como bien lo captaron los hombres de la ilustración: mi libertad termina cuando empieza la del otro, como nos enseñó Stuart Mill; lo que la hace siempre conflictiva. Muchas cosas hubiera tenido ganas de decirle, tanto acerca de mi reivindicación de la libertad como bella bandera, como de mi escepticismo acerca de su virtud esencial. Acababa de hacer una presentación en el Colegio de Psicoanalistas sobre ese tema (Sotolano,2020), pero mi libertad de pensar (nuestra libertad de pensar) está acotada en cualquier sesión por las condiciones de la clínica. Estaba a un tris de volverme pedagógico, ni siquiera estoy del todo seguro de no haber traspasado ese límite. Pero traté de no hacerlo. Sin embargo, más allá del joven en esa situación singular, al calor de debates que se generalizaban en aquellos momentos por doquier, me venía preguntado cómo, muy lejos de la teoría que marcó el pensamiento liberal, el ser humano está lejos de nacer libre, tan limitado como lo está por sus condiciones biológicas y por la propiedad dependiente de su mente al momento mismo de constituirse humano en relación con el Otro y el otro pulsionante que inscribe sin saberlo sus propios enigmas inconscientes. Escuchaba (escuchamos) hablar de libertad todo el día, pero es indudable que los humanos no nacemos libres; sólo aspiramos a la libertad (tanto como para creerla a veces natural y originaria); ese momento psíquico donde adquirimos la imprescindible ilusión de la individualidad nos la hace ver de ese modo. “La libertad un malentendido imprescindible” había titulado mi presentación en esos días. Si los humanos ignoramos la cantidad de factores que determinan nuestra propia concepción y necesidad de libertad, desmentimos en ese proceso cuánto le debemos al Otro, al otro y a los otros, sin los cuales no somos. Ser deviniendo relativamente conscientes de esas determinaciones del Otro —en un sentido amplio— (de nuestras deudas con el Otro, de nuestra amorosa responsabilidad para con esas deudas) en nuestra mente “propia”, será tal vez el modo de adquirir, luchar, por una libertad relativa que siempre estará impregnada de las concepciones de libertad que cada época abrace. Hoy la libertad liberal del sálvese quien pueda, del culto de supuestos méritos individuales que no le deben nada a nadie, es la concepción que impera bajo la bandera del capitalismo contemporáneo al que se llama neoliberal; ergo, allí se van amoldando nuestras “libres” concepciones de la libertad, como si la libertad fuera un culto a nuestro propio valor supuestamente propio; que no puede sentirse de otro modo en ese momento propio de apropiación (las redundancias son voluntarias aunque resulten cacofónicas). Sensación de libertad que nuestro psiquismo indefectiblemente siente propia porque hace a nuestra apropiación de nosotros mismos en tanto individuos, por social que podamos considerar su construcción, y que en los jóvenes cobra una dimensión estructural y estructurante. El joven quiere ser libre para poder coger, dice; no tolera estar en su casa con sus padres todo el día, aunque desde hace tiempo él viva refugiado en su cuarto, la sexualidad tiene un límite exterior y legal (formas diversas de lo fáctico), pero su mente utiliza ese límite legal para eludir su propia limitación interior de la cual las restricciones de esa vida familiar asfixiante terminan siendo una racionalización que se hace sin conciencia de conflictos menos evidentes. Esta es una paradoja de la cuarentena: para algunxs jóvenxs resulta un argumento que oculta su propio conflicto. En una dimensión de tinte paranoide (nos tiran el virus, nos quitan la libertad para dominarnos) oculta el miedo que antes de que la pandemia se desatara ya lo atormentaba en su vida social amorosa. En un sentido, la cuarentena viene a permitirle proyectar —a veces con razones por completo entendibles, incluso cuando uno no las comparta— conflictos que en él habitan; entre ellos, uno donde su mundo psíquico es dirigido por un director omnipotente que deforma a su capricho las obras que un autor crea, y hace de los actores, simples marionetas manipuladas por su poder. Su otro interior no es generoso sino tiránico, nada se le debe porque nada ha dado más que su arbitrariedad. Ello en un mundo donde la colosal fuerza que los poderosos del planeta han adquirido en las últimas décadas, en una progresión geométrica sin freno, instituye una dimensión de sumisión evidente o velada frente a la cual la libertad pensada en una forma omnipotente adquiere una proporción defensiva cuasi mágica, desprendida de toda complejidad constitutiva, donde se oculta la mayor desesperación y así mucha de la violencia a la que asistimos a diario en todo el mundo. Por ello, los jóvenes y los adultos de cualquier género (cada día más impotentes y desesperanzados) reclaman libertad de hacer lo que quieran (en general, comprar; siquiera una birra) sin tener la más remota idea de cómo sus deseos consumistas han sido tallados en años, meses, días, horas de una práctica ciega de consumo de lujos o baratijas, o de deseos frustros de compra de lujos o baratijas. Pero esto que no tiene barrera etaria, en los jóvenes que transitan los procesos de exogámicos se vuelve mucho más relevante cuando la exogamia los enfrenta (cuando lo pensamos en términos sociales más amplios) a la amenaza de un mundo, en general, poco esperanzador y, en particular, agobiante cuando nos toca como hoy enfrentar con pocos recursos simbólicos y materiales la pandemia que sigue sin dar respiro, aunque lleguen vacunas. Es evidente que no poder salir o hacerlo con muchas restricciones dificulta la vida social, sin duda esto traerá consecuencias, aunque no sepamos todavía cuales, sin duda el sexting tan difundido en los primeros días no parece ser un modo demasiado feliz de resolver esos límites, pero muchos jóvenes han resuelto esa tensión entre el cuidado y la satisfacción, por diversas vías; por lo general, no del todo autorizadas, con micro transgresiones a los enunciados estrictos. Además de por razones relativas a la construcción de autonomía, la tensión deviene aún más inevitable pues vivimos en una sociedad donde lo individual (y con ello la concepción individualista, meritocrática, puramente personal de la libertad tal como se la entiende) es presentada como antagónica con la sociedad como perspectiva comunitaria. En ese mundo, hasta el más solidario termina preso, en algún momento, de la lógica individual más egoísta. Un mundo donde importan, a lo sumo, los derechos civiles pero los sociales pierden peso en la subjetividad de los habitantes. En ese mundo van tallando muchos jóvenes su estructuración mental y su subjetividad, en sus hegemonías y en sus conflictos, por lo cual sus reclamos imprescindibles de autonomía que el momento etario de constitución psíquica reclama va formateándose al ritmo de esas contradicciones y de las prevalencias de las fuerzas en conflicto. Quieren ser ellos en una época donde las esperanzas de un futuro propio para ellos y el mundo todo, son cada día menores. Donde la desesperanza se afinca en casi todo el planeta; al menos en occidente. Donde las perspectivas de catástrofe humana y ambiental se hacen más y más amenazantes, donde por primera vez en los últimos 75 años las nuevas generaciones del mundo occidental tienen por delante un futuro económico peor que el de sus padres. Esto se ha ido gestando durante décadas y los jóvenes lidian con esa desesperanza apelando maníacamente a una forma delirante de la autonomía que proclaman como libertad individual sin límites, de la cual los llamados “libertarios” son voceros. Forma maníaca cuando no cínica de pensarla que mantiene bien oculta sus sujeciones. Para el joven al que me he referido, el gran Otro digita nuestro futuro sanitario (hay algo verosímil en esa sospecha porque es cierto que hoy los poderes han devenido algorítmicamente omnipresentes y casi omnipotentes), pero esa creencia en un poder sin límites (un Otro no castrado diríamos usando categorías consensuadas que corren el riesgo de devenir poco claras por su exceso de amplitud), frente al cual, su libertad imaginada deviene un refugio especialmente valorado que termina siendo el de una espacialidad omnipotente imaginaria (la de hacer lo que me plazca, libre de coerción alguna), choca contra cualquier reglamentación que coarte las expansiones por las que el cuerpo y la mente claman, sobre todo en una franja etaria que construye su intimidad y su espacialidad en los recovecos de la exploración erógena. Franja etaria, la de los jóvenes, cada día más incierta desde el punto de vista de una normatividad cronológica. Ya hace 10 años la prensa recogía el drama de una familia italiana cuyo hijo, de 41 años, al igual que muchas otras familias italianas, se negaba a irse de su casa y reclamaba cuidados como un adolescente tardío (muy tardío). El cine francés llevó una situación similar a la pantalla en la comedia Tanguy, donde un joven de 28 años, al momento en que los padres lo conminan a buscar trabajo y buscarse una vivienda, les inicia acciones legales por abandono de persona, a lo que un juez “puerilizante” le da la razón. No hablamos de nada específico de la pandemia. Sólo de algo que la pandemia y la cuarentena promueven aún más. En esa tensión entre discursos, prácticas sociales y apropiaciones subjetivas de esos discursos y esas prácticas sociales, moduladas por fantasmas singulares, transita nuestra clínica siempre. En momentos de una pandemia como la que nos aqueja, esto se hace evidente de un modo mucho menos disimulable que cuando vivimos “normalmente”. Si este recorrido apenas bocetado tiene algún sentido es el de tratar que reflexionemos acerca de los peligros de una nueva forma de protocolización de la clínica, recordando que a situaciones extremas nos hemos enfrentado muchas veces. Todas ponen blanco sobre negro aquello que en las condiciones de “normalidad” puede aparecer menos claro: la técnica está siempre abierta a la experiencia; lxs niños, lxs adolescentes nos lo han demostrado muchas veces rompiendo nuestro encuadre preestablecido para que construyamos en común uno propio y específico; la realidad llamada fáctica no puede ser negada aunque sí deba incluírsela en diversos planos de interpretación; las creencias no son espacios sagrados a los cuales los analistas consagremos un altar, una zona donde reine un pacto de inmunidad —cuando no de impunidad—, que no pueda ser puesto en cuestión, del mismo modo que no puede dejar de serlo nada que entra en la sesión por alguna vía. La pandemia, la cuarentena y los diversos modos ideológicos que la atraviesan no son una excepción sino la regla de nuestra relación problemática con la realidad “objetiva”. No parece pertinente para el psicoanálisis que pretendamos sacar conclusiones universales sobre los jóvenes (como totalidad) en la pandemia cuando sabemos las muy diversas formas de reacción que produce lo psíquico. Que pudiera haber más actuaciones o incluso suicidios como algunos informes propagados en los medios consignan en tono de alarma, no es consecuencia de la cuarentena en sí, sino de la extrema tensión que situaciones como las que padecemos o similares producen, al exponernos a nuestras zonas más frágiles. En estas épocas en que todo se protocoliza (y no sólo por y desde la pandemia) el riesgo de pretender sacar conclusiones universales en términos subjetivos precisos sobre grupos etarios tan amplios y diversos nos puede hacer perder de vista el rigor de nuestra búsqueda de lo singular; pero a sabiendas que el cercamiento de lo singular exige de perspectivas más abarcativas acerca de ciertos universales (los sociales sin duda, y va de suyo que con ellos, también, el del análisis de nuestros modos de posicionarnos frente a eso social). Parece bastante problemático pensar una psicopatología específica de la pandemia, como a veces se intenta, cuando sabemos de las múltiples formas en que lo psíquico se enfrenta de maneras sorprendentemente creativas. Dicho esto aunque pueda haber ciertas reacciones que son correlativas con situaciones que por su dimensión irrepresentable tiene potencialidad traumática. El psicoanálisis no puede ser pensado por fuera de lo social pero no es una psicosociología, aun cuando algunos de los hallazgos que hacemos en los consultorios puedan servir a veces para echar luz sobre aspectos parciales de lo social y hasta lo político. Echar luz, no construir determinismos psicológicos que terminan inevitablemente en un reduccionismo radical. La cuarentena fuerza a ubicarse frente a lo nuevo desconocido de una situación inédita pero también permite poner a prueba nuestras teorías y modos técnicos consagrados de pensar y actuar. Así debería ser siempre, sólo que la pandemia parece haberlo hecho obvio.
Resumen Partiendo de un diálogo con un joven paciente, el autor avanza hacia los efectos de la pandemia y la cuarentena en problemas clásicos del debate psicoanalítico como la cuestión de la neutralidad y la abstinencia, el problema de la realidad y el modo en que se hace presente en el consultorio. En particular, tomando la cuestión de la exogamia, explora el problema de la libertad en la constitución subjetiva, los modos defensivos de usar el embanderamiento con su causa, tanto desde el punto de vista singular del joven como desde su presencia en el discurso social y su incidencia en la singularidad.
Palabras clave Pandemia, neutralidad, Abstinencia, Libertad, Exogamia, Resistencia, Realidad social.
REFERENCIAS
Sotolano, O. (2018). Adolescencia o pubescencia. Controversias en psicoanálisis de niños y adolescentes, 22. ______. (2020).
Extraído de http://coldepsicoanalistas.com.ar/conferencia-de-oscar-sotolano-27-de-agosto-2020
