La obscura espalda del tiempo
Yago Franco
[…] But how is it
That this lives in thy mind? What seest thou else
In the dark backward and abyss of time? (Shakespeare 1988: 1170)”
Los sujetos y la sociedad conviven con una pandemia que no cesa de no inscribirse en la matriz simbólica: es un error en la misma a causa de una “omisión”. Y recae sobre una subjetividad disminuida en su capacidad simbolizante, ahora con tendencia a una escisión que dice presente aún en discursos oficiales urbi et orbi. Todo lo cual constituye un reto para la práctica analítica.
Hablar de la pandemia actual debe entenderse, en lo que voy a sostener, no sólo como una cuestión temporal, sino también como el exceso de cantidad producido por una realidad excesiva. Por lo excesivo que es el virus, su propagación, el número de contagios, la mortandad. Una realidad también excesiva por la información permanente y desmesurada que la acompaña. También por una incertidumbre excesiva referida al origen, mutaciones, efectos, terapéutica, tiempo de inmunidad para contagiados y vacunados…. Es así, también, la pandemia de un quantum improcesable para el psiquismo. Configurando una exigencia casi imposible de ligazón para el Yo de los sujetos. Se está ante una significación imposible, lo que deja a los sujetos a expensas de lo real.
Este exceso ha coincidido con la presencia de una subjetividad que antecede a la pandemia, afectada seriamente en la capacidad del Yo de procesar la realidad, de simbolizarla. Aquellas funciones que permiten el desarrollo simbólico, historizante, que van de la mano de la ligadura y de la inscripción de la realidad – me refiero a la percepción, la atención, la memoria, la prueba de realidad, el juicio de existencia y de atribución, el pensamiento y la reflexividad, entre otras – todas ellas han sido afectadas por el estado previo de la sociedad.
Claudine Haroche y Franco Berardi, entre tantos, han sido muy claros y contundentes en relación a la afectación del Yo. Personalmente sostengo que el Yo se ha encontrado a merced de una agitación pulsional improcesable y de una realidad que produce la misma y a la cual no puede renunciar dado que forma parte del principio de realidad socialmente instituido. La vis formandi del colectivo, su fuerza formadora, crea formas del decir y hacer sociales que instituyen en una parte determinante el principio de realidad. Que orienta lo identificatorio y lo pulsional, haciendo así a un territorio de sentido común. Todo lo cual -por otra parte – transcurre en una temporalidad instituida, en la cual se instituye la realidad común.
– El tiempo es una de las instituciones centrales de una sociedad. Sea el tiempo de Dios, de la Madre Naturaleza, o de la producción y consumo. La historicidad colectiva está conformada por la inscripción y ordenamiento en su magma simbólico de lo acontecido y además debe brindar alguna orientación sobre el porvenir, constituyendo un entramado temporal en el cual los sujetos puedan orientarse. Es a partir del discurso del Otro – una creación colectiva, siempre dominado por la significación central de la sociedad en cuestión – que se inscribe la historia. No sólo la historia: también el presente, lo que existe de acuerdo al principio de realidad. Lo no inscripto del presente no lo hace tampoco en el entramado de la historia.
– La aceleración de la temporalidad presente desde hace algunas décadas, obstaculiza el proceso de historización del colectivo afectando la psique de los sujetos: el procesamiento de los eventos sociales e individuales se puede ver imposibilitado. Ya lo advertía Benjamin hace un siglo: el cúmulo de aconteceres cotidianos era algo intraducible para el sujeto, imposibilitado de capturar la experiencia e impedido a su vez de la transmisión de la misma. Dicha transmisión de la experiencia hace al proceso de historización. Lo que Benjamin no podía saber era que la temporalidad iría acelerándose más y más a lo largo del siglo.
Esta aceleración de la temporalidad, profundizada por la vida digital, ha terminado produciendo en las últimas décadas lo que pienso como un trastorno de déficit de atención colectivo, lo cual ha incidido con la aparición y el desarrollo de la pandemia.
– Así, hay una dimensión no visible del tiempo, sea por estar reprimida, renegada, forcluída, no incorporada, que martillea la vida con reminiscencias y pulsa guiando nuestros destinos a nuestras espaldas. Para Freud, los pueblos, las histerias y las psicosis padecían de reminiscencias, aún procediendo las mismas de accidentes muy diferentes. En el Moisés es terminante; un crimen de origen, reprimido, lleva al pueblo judío a sufrir todo tipo de padecimientos.
Esta falla, este desgarro en la historización es lo que entiendo que hoy padecemos. Ya que no lograron inscribirse los anuncios de la inevitable aparición de una pandemia. Y eso, no incorporado al discurso del conjunto, desata lo que he denominado como tragedia que empuja a una transfiguración tanto individual como colectiva. Una alteración de figuras psíquicas y colectivas. Y esto, que señalaba hace un año, ha seguido desarrollándose hasta ahora como una falla en el registro de la realidad, de su inscripción. Y también como un trastorno de la temporalidad.
II.
Es en La Tempestad donde Shakespeare pone en boca de su protagonista, Próspero, una enigmática frase, que tiene lugar en la escena II del acto I. Próspero, exiliado y náufrago junto a su hija Miranda en la isla en la cual vivían Calibán y su madre, la bruja Sycorax, se sorprende cuando oye que Miranda recuerda todavía fragmentos de su vida pasada. Miranda tenía tres años cuando cayó víctima del naufragio del buque en el cual fueron desterrados por Antonio, hermano de Próspero:
Próspero (que luego de un largo tiempo decide contarle la historia de cómo llegaron a la isla) le pregunta:
¿Te acuerdas
de antes que viviéramos en esta cueva?
Creo que no, porque entonces no tenías
más de tres años.
MIRANDA
Sí me acuerdo, padre.
PRÓSPERO
¿De qué? ¿De alguna otra casa o persona?
Dime una imagen cualquiera
que guarde tu recuerdo
MIRANDA
La veo muy lejana,
y más como un sueño que como un recuerdo
del que dé garantía mi memoria. ¿No tenía
yo a mi servicio cuatro o cinco damas?
PRÓSPERO
Sí, Miranda, y más. Pero, ¿cómo es que eso
aún vive en tu mente? ¿Qué más ves
en el obscuro detrás y abismo del tiempo?
Pero Miranda no logra integrar a su historia algo que la precedió y que no le fue puesto en relato en todo el tiempo en que estuvieron en el exilio, y tampoco sabe del trauma, de la angustia de ser separada de su tierra y de su madre. Recuerda a las mujeres que la cuidaban, como en un sueño, pero no lo acontecido y lo que los ha llevado a ella y a su padre a la isla de Calibán.
El tiempo tiene una zona obscura, no visible, un detrás que no es tiempo, que no se integra al mismo. Es también un abismo: ese detrás, esa espalda, tiene una profundidad insondable, hundida en la obscuridad. Más allá de ese detrás obscurecido por omisiones, ocultamientos y grandes traumatismos, provenimos de océanos temporales sin fondo, que están en un antes de nuestra historia, que nos constituyen aún en ignorancia de ello. El tiempo es un abismo. Sea a nivel colectivo como individual, los tiempos pasados y originarios escapan a nuestro registro. Por otra parte, la flecha del tiempo tiene en la existencia de mínimas certezas sobre el porvenir algo que sostiene a la subjetidad junto con la zona luminosa del tiempo.
Será Javier Marías quien retome y trabaje reiteradamente la frase de Próspero citada: pasando a hablar de la negra espalda del tiempo.
Para él se trata del “revés del tiempo, su negra espalda, su vuelco”. Y lo relaciona con los versos de Manrique (1477): “Pues si vemos lo presente/ Como en un punto es ido/ y acabado/ si juzgamos sabiamente/ daremos lo no venido/ por pasado”. Para Marías lo no venido es lo no llegado, lo no sucedido, lo no existido. Y se pregunta: ¿será lo que no viene y es pasado, lo que discurría por aquella negra espalda y abismo que definiera Shakespeare?” .
Dice que se trata para él de “dar algún nombre al tiempo que no ha existido, al que nos aguarda y también al que no nos espera y no acontece por tanto, o sólo en una esfera que no es temporal propiamente y en la que quién sabe si no se hallará la escritura, o quizá solamente la ficción.” La negra espalda del tiempo, su envés, su revés, se
convierte en el espacio en el que fluye y discurre “la voz del tiempo cuando aún no ha pasado ni se ha perdido y quizá por eso ni siquiera es tiempo” “el enorme cúmulo de lo conocido y lo desconocido, lo contado y lo silenciado, lo registrado y lo que nunca se supo o no tuvo testigos o fue ocultado, una masa ingente de palabras y acontecimientos, pasiones y crímenes e injusticias, de temores y risas y aspiraciones y ardores, y sobre todo de pensamientos, […].
(Marías 2000: 286-287)
Me voy a detener sobre lo que fue omitido u ocultado y el desgarro que produce en la historicidad .
Tomás Nevinson, el esposo de Berta Isla -nombre que da título a uno de los libros de Marías – , ha sido reclutado-capturado bajo amenaza por los servicios secretos del Reino Unido mediante un ardid. Un ardid que éste desconoce. Los indicios del mismo, serán recuperados en un tardío a posteriori. Su percepción de lo que ocurrió en ese momento no le resultó posible, no pudo incorporarlo debido a la astuta maniobra de quienes estaban ante él: lo que percibió no pudo ser significado. Es sobre el final de la novela que Tomás podrá recuperar-construir ese momento excluido de su historia, algo que le fue ocultado y omitido, y ante lo cual él no estaba en condiciones de poder dar juicio de existencia-atribución. Un encuentro fortuito lo remitirá a eso que había permanecido en la obscura espalda de su tiempo, imposible de ser historizado.
A partir de allí, su pena y su obscura vida se profundizan aún más. Tomás cae en el abismo de su propia tragedia personal, ocasionada por el Poder político en este caso, y queda abismado, ya no sabe quién es, y deambula como un fantasma por una sociedad para la cual es un extraño y como tal habita en su familia. Si el no saber le hizo pasar una vida penosa y anónima, obscura, terrorífica, el saber, la verdad sobre lo ocurrido 20 años atrás termina de devastarlo.
Tomás ha quedado cautivo de una encerrona trágica, y no tiene – literalmente – a quién apelar. Tiene una vida trágica por no saber sobre las decisiones que determinaron su destino, pero también la tragedia se desata sobre él al saber.
La obscura espalda del tiempo – una traducción que a mi entender hace justicia al texto shakespereano – no es solamente lo que del tiempo ha sido ocultado por nosotros mismos, impidiendo su historización – como Freud sostuviera en su originaria teoría traumática de las neurosis –. También es lo que fue ocultado u omitido por otros y que marcó considerablemente nuestras vidas, y es también – sostendré – aquéllo que el colectivo social no logra integrar a su magma simbólico, debido a las astucias del poder económico-político de turno en connivencia con medios masivos de comunicación – verdadero brazo armado de grandes corporaciones – . Al mismo tiempo que para la psique de los sujetos es tal la novedad, alteraría tanto el magma simbólico en el que habitan, que se defienden expulsándolo mediante mecanismos psíquicos conocidos, generando una respuesta inmune desmesurada. Respuesta inmune que también tiene una presencia sociológica, como vemos en estos días en el negacionismo.
Una salvedad en este pundo: considero que el capitalismo es un automatismo del desarrollo que afecta todas las capas de la sociedad y del psiquismo. Sería más sencillo si sólo fuera la voluntad del poder ocultar o distorsionar percepciones de la realidad y sus consecuencias. Eso es solo la parte visible, lo que está en la superficie. Se trata de algo enclavado en una forma de vida que necesita la reproducción de un modo de subjetividad afín, estando la misma además, como ya mencioné, afectada en su capacidad simbolizante. Esto no invalida las responsabilidades en juego.
La obscura espalda del tiempo, es ese detrás no visible, no registrado, no asumido, no historizado, por lo cual no es tiempo, a nivel del colectivo. Y está habitada entre otras cosas por hechos ocurridos antaño, que quedaron fuera del tiempo y de la historización: como el genocidio producido a los pueblos originarios, la cacería de brujas tanto en Europa como en América, el pueblo gitano, el genocidio armenio, los exterminados en los campos (judíos, gitanos, comunistas) el pueblo palestino en la actualidad, los refugiados en Europa y un increíble etcétera de lo no integrado o que no termina de integrarse a la historia y por lo tanto a la realidad, sus desgarros. Todo lo que no cesa de no inscribirse.
La peste actual – por su contemporaneidad y el quantum que produce – se encuentra por fuera del tiempo, es un desgarro en la temporalidad solo suturable por una historización que por el momento parece imposible, también por la reproducción en curso de aquéllo que le dio origen. No cesa de no inscribirse.
– Conjuntamente con la temporalidad, el discurso del Otro debe respetar parámetros lógicos indispensables para que su incorporación no lo sea de incoherencias, arbitrariedades o que se trate de un discurso que afecta a la percepción de los sujetos. Los significantes del discurso deben guardar una relación lógica entre sí, discurso ordenado predominantemente de acuerdo a los principios de no contradicción, tercero excluido e identidad.
Algo que atraviesa gobiernos y países es la presencia de discursos oficiales tambaleantes, renegadores del significado de la percepción de la pandemia. Que decretan confinamientos y protocolos mientras que se observa la imposibilidad de que los actos coincidan con lo que se proclama. Puede coexistir la pandemia con todo tipo de aperturas o en un momento de gran incremento de casos dilatar medidas que salvarían vidas. Coexistiendo además con las cifras de infectados y muertos que se publican todos los días. Lo cual que no hace más que desmentir en acto lo que por otro lado se sostenía en el discurso.
– Al mismo tiempo, la pandemia con sus consecuencias y las medidas que obliga a tomar, no es una significación que pueda incorporarse a la matriz simbólica capitalista. Dije que es un error en la matriz, que implica una significación imposible. En el seno del código se produce una anomalía. Me refiero al lugar que ésta ocupa en el discurso del conjunto, a que no cesa de no inscribirse en su discurso. Este elemento no integrado desata una tragedia para el colectivo, tal como ocurre en las tragedias griegas e isabelinas. Un error, un traspié, una desmesura inicial – por acción u omisión – que desatan la tragedia y su catástrofe. En el caso que nos toca, se trata de una omisión universal. El virus es así un recodificador, un desencadenante y una omisión. La omisión (más allá de lo económico) se produce porque resulta en una amenaza para una forma de vida, formateada por el magma de Significaciones Imaginaria Sociales, y por lo inercial que habita en el psiquismo: recordemos la advertencia de Freud a los bolcheviques. Desde esta perspectiva, ante la amenaza, el colectivo ve facilitadas respuestas inmunes y autoinmunes.
– Quiero volver sobre el Yo. La astucia de la psique hace que muchos elementos de la realidad sean manifiestos pero no conscientes, tanto a nivel individual como colectivo. Para que algo sea consciente debe ser dotado de un juicio de existencia pero, sobre todo, de atribución: la atribución de un significado. De lo contrario, se trata solamente de señales, de significantes desprovistos de significación. En ese punto las fallas que describí en las funciones simbolizantes del Yo cumplen un papel fundamental: por eso hablé de un déficit de atención colectivo. Así, hoy se trata no solamente de hacer consciente lo que es inconsciente. Se trata además – y tal vez, sobre todo – de hacer consciente lo que es manifiesto.
Por si hiciera falta la aclaración: lo enumerado no incluye las transgresiones para subsistir (sea los que no pueden dejar de trabajar o los 10 millones de personas que deben salir de sus hogares para asistir a un comedor comunitario) o las transgresiones que se realizan a sabiendas de que se corre un riesgo, y tampoco comprende posicionamientos político-ideológicos.
Voy a finalizar esta exposición recurriendo a algunos autores que pueden ayudar a echar algo de luz sobre el lado obscuro del tiempo y, por lo tanto, de nuestra realidad.
Baricco sostiene en su texto Lo que estábamos buscando – ya el título da toda una idea de lo que se estaba pre anunciando y el indetenible paso hacia la pandemia – que en esta se despliegan dos fuerzas enormes y opuestas que producen una gran turbulencia. La primera, dice Baricco, es la que “fortalece a los poderosos y dominadores, y que acaba con los pobres”. “El virus no colapsa la bolsa de valores, sino que devasta la economía informal. En presencia del virus los ricos también mueren, por supuesto, pero sobre todo los pobres viven peor. Decenas de millones de personas están retrocediendo a la condición de asistencia caritativa. El poder político ha regresado al centro del campo en un resurgir ultrarrápido que lo ha levantado de una agonía irreversible”. Al mismo tiempo que “la ira social se desactivó, se confinó, se silenció”. “Así – dice – , la Pandemia acaba por afilar las garras de un poder que estaba perdiendo su presa. Contiene una energía que tiende a detener los tiempos, a restaurar aquello que había decaído”.
Yo aquí disiento parcialmente: al mismo tiempo el poder político parece estar contra las cuerdas dada la incertidumbre y los pasos en falso que da día tras día: un día parece haber vencido a la bestia para despertarse al día siguiente con un panorama peor. Basta alguien que quiera hacer un asado – como en una Australia desconfinada y lanzando cánticos de victoria – para que no se sepa dónde se contagió dicho sujeto y haya que volver al confinamiento; o Vietnam en estos días, o países como Chile, que se jacta de haber vacunado al 40% de la población al mismo tiempo que desborda de contagios y muerte; lo que no cesa de no inscribirse es mortífero por eso mismo.
Y la segunda fuerza, dice Baricco, (aquí coincido) “le quita un latido a las pulsaciones del poder. Suspende durante un tiempo la secuencia lógica que hacía que cualquier mundo diferente a este pareciera imposible, excavando una apnea en el sistema. Rompe la cadena de lo inevitable, y al incluir experiencias inéditas, le devuelve a los humanos la capacidad de pensar lo impensable”. Así “hubo un choque entre el viejo mundo y el nuevo mundo que se había aplazado durante demasiado tiempo, con reglas de enfrentamiento que impidieron que estallara de verdad”.
El otro autor es Castoriadis, quien a su vez, postula que la Historia de estos últimos 500 años está habitada por el despliegue de dos proyectos para la sociedad, animados por dos significaciones: una de ellas es la del dominio racional (pseudo domino, pseudo racional) de todo lo existente, un proyecto de heteronomía, versus un proyecto de autonomía. Remarcando la mutua contaminación de ambos proyectos: el de la autonomía está aún presente en el capitalismo, sus significaciones están vivas aunque hayan sido eclipsadas por el avance de la insignificancia y haya ido a parar a la obscura espalda del tiempo, haciendo que el proyecto del capitalismo se ofrezca como el único posible y también el último. Pero en su seno late su oponente. El final de la contienda es inanticipable.
En su notable texto Calibán y la bruja, Silvia Federici demuestra la indeterminación en la historia al describir cómo la revolución burguesa fue una reacción frente al poder que había alcanzado el proletariado en la baja Edad Media. Nada podía prefigurar dicha revolución, así como nada hoy puede señalar ni el fin del capitalismo ni el advenimiento de una revolución proletaria, socialista o comunista. La comodidad de la determinación en la Historia ha dado paso a lo indeterminado.
Otro autor, Paul Virilio, habla de diversos Grandes Accidentes. En su momento me ocupé de agregar a su listado el Gran Accidente Afectivo. Ahora podemos hablar de un Gran Accidente Biológico a causa de ese aprendiz de brujo que ya había sido descrito por Marx y Engels. El Gran Accidente es algo que en su desenlace deja a la vista las causas, la desmesura que lo originó. Sea de origen animal – con la deforestación y crianza de animales en condiciones artificiales y crueles – o tecnológico – la fuga de un laboratorio que hace obscuras investigaciones con finalidades no conocidas – muestra la desmesura del capitalismo, lo ilimitado que lo habita y las tragedias que puede desatar. Esto sigue ocurriendo hoy ante nosotros. La matriz capitalista se defiende de todo lo que viva como una amenaza para su supervivencia, tanto a nivel colectivo como individual. Este Gran Accidente biológico coincide con el Gran Accidente de la temporalidad. La aceleración de la misma, ya mencionada, que impide el procesamiento psíquico.
Mientras esta contienda está en curso, – como dije al principio – la subjetividad fue previamente alcanzada por la insignificancia, teniendo un Yo limitado en su capacidad simbólica por la afectación de las funciones que la permiten, en lo que llamo déficit colectivo de atención. Afectado ahora además por un quantum excesivo y traumático provocado por la pandemia misma. Ve reducida su capacidad de hacer frente a la misma, en cuyo origen hallamos una omisión por ser una amenaza para la matriz simbólica, ingresando a la obscura espalda del tiempo: que, es importante decirlo, es también la obscura espalda de la realidad. La realidad que habitamos está escindida. De la mano de discursos oficiales que portan una renegación de la realidad de la existencia de la pandemia y alimentan el mecanismo renegatorio, forclusivo o de negación maníaca de los sujetos. Factores que coinciden en una causalidad recursiva con factores políticos, económicos e históricos.
Dije que hoy se trata de hacer consciente lo que es manifiesto, contra la escisión, y agrego que este trabajo, ligado al trabajo sobre un Yo afectado por el trauma es uno de los orientadores privilegiados para el trabajo clínico.
Tratar que el envés del tiempo y por lo tanto de la realidad, su obscura espalda, tenga un poco más de luminosidad para así poder disipar las brumas, es la tarea pendiente.
