Realismo del inconsciente e interpretación. Oscar Sotolano

Realismo del inconsciente e interpretación. Oscar Sotolano

Oscar Sotolano, 2011.
oscarsotolano@yahoo.com.ar

Después de tantos temas abordados. De habernos internado en los enigmas, dilemas y responsabilidades de la política, la filosofía y la historia, la participación en esta mesa se hace mucho más compleja. Es que tratar de dar cuenta de la dimensión más microscópica de la práctica psicoanalítica hace sentir que el trabajo que me he propuesto no tiene ninguna trascendencia frente a temas tan enormes. Es una perspectiva que nos pone al borde del abismo que lleva a la figura del psicoanalista engolfado en su práctica ajeno a las vicisitudes de la vida social que en tanto sujetos nos definen. Pero, en mi opinión, las diversas prácticas que podemos realizar nos exigen un particular rigor en nuestro propio campo específico para aportar e intervenir en otros. Recuerden que el jueves dije que el inconsciente es el resto radicalmente asocial de una práctica social. Definición que nos hemos hallado compartiéndola con Yago Franco. Entonces, en una mesa sobre inconsciente y psicoanálisis me parece que lo más pertinente es referirse a ese resto. Como alguien alguna vez dijo: el salto a lo concreto. Resto que compromete lo corporal pero no en el registro de las moléculas sino en el del cuerpo en tanto pulsional que desde Freud solemos indicar referido a un concepto más complejo como es el de representante pulsional. Es desde esa perspectiva que me parece que para un psicoanalista el modo más pertinente de hablar acerca de la vigencia del inconsciente es desde el interior del método a través del cual eso que llamamos inconsciente se explora. Y cuando digo  método digo cualquier conjunto de estrategias – estrategias que se pueden abrir a infinidad de prácticas diversas -, que permitan el desarrollo de su fundamento: aquello que conocemos como regla fundamental. Es decir, la asociación libre y su correlato no simétrico la atención libremente flotante. Remarcar fundamental no sólo remite a su importancia, sino a que está en los fundamentos. 

Es desde esas preocupaciones que he optado por hablar de la vigencia del inconsciente desde el interior de la experiencia que realizo a diario con mis pacientes (algunos analizantes, algunos no, casi todos las dos cosas… de a ratos). Los modos que el tema fue tratado en relación con otras disciplinas, implican sus propias perspectivas pero, para los psicoanalistas, la clínica es la nuestra. Haré, entonces, una breve mención a un momento de una experiencia clínica. Quizás la que he elegido resulte, por su estilo, un guiño  al desarrollo que hallamos en el texto de Leclaire en Bonneval. 

Si aquel hablaba del sueño del unicornio, este lo llamaré “El sueño de la mujer que habla mal, la que se come las eses”. El juego del significante está en su centro aunque trabajado de un modo por completo distinto a como lo hiciera Leclaire. Pues, aunque no suscribo, como lo di a entender el jueves, una teoría del inconsciente estructurado como lenguaje, sin embargo quiero destacar que ése (el de irrupción invasiva del significante) es uno de los modos en que la relación inconsciente- interpretación se me impone, a veces, y mi preocupación desde hace varios años gira alrededor de los modos diversos en que la interpretación muestra su eficacia  (es decir su capacidad dinamizante del psiquismo) en las sesiones. Llevaría mucho tiempo mostrar diversas modalidades que permiten poner en entredicho cualquier búsqueda de uniformidad en los modos en que se produce aquello que llamamos interpretación en la sesión analítica, único lugar donde puedo dar verdadera cuenta – es decir, una cuenta construida en la experiencia, no experiencia en su sentido fenomenológico, sino en el que destaqué en Marx el día jueves, como actividad, como experiencia subjetiva con el objeto – de la vigencia del inconsciente. 

Insisto en esta perspectiva de la interpretación en la sesión para precisar nuestra pertinencia, distinta a la que se produce en otras disciplinas donde la palabra inconsciente puede ser usada fácilmente en un sentido prefreudiano.

Suele acusarse a los psicoanalistas de que la validación de nuestra  experiencia no cumple con los cánones científicos básicos, tales como, por ejemplo, los de poder ser un saber trasmisible y compartible, en ese sentido refutable por otros ajenos a nuestra comunidad de pensamiento. Es imposible que lo sea cuando los psicoanalistas sostenemos que la comprobación de la experiencia del inconsciente sólo es posible para quien ha pasado por la experiencia del inconsciente, se dice. Así circula un saber entre una comunidad de creyentes que tienen sus propios métodos e instrumentos, se machaca. En verdad, dictaminan unos cuantos: una secta. Lo que no advierten es que ese razonamiento los podría llevar a concluir que eso ocurre con cualquier ciencia: todas construyen los elementos teóricos y prácticos que constituyen su campo y desde allí dan cuenta de su observación que será compartible entre toda la comunidad a condición de que todos en esa comunidad la hagamos propia, en un acto que en última instancia es de fe. Porque no se necesita ser biólogo para creer que lo que se ve en el microscopio es lo que se nos dice y, sin embargo, hacemos el saber del biólogo saber nuestro. Juan Vasen habló de esa mitología que hoy suele propagarse bajo la forma de medicina basada en la evidencia. Lo cierto es que otros indicios nos llevan a esa fe que no es religiosa. En el psicoanálisis ocurre algo similar: la experiencia del inconsciente es la experiencia de aquellos que la atravesamos y vamos trasmitiendo entre nosotros los resultados de esa experiencia. La diferencia de quienes la discuten es que quieren que los convenzamos de que se produce … sin mirar el microscopio, es decir, sin analizarse, o hacerlo por completo a regañadientes mientras cierran los ojos, es decir bajo la forma de brutales resistencias. Otras vías, por ejemplo, la observación de niños, la incontrastable presencia de la sexualidad en la vida humana, investigaciones encefalográficas en el tema de los sueños, por ejemplo, han hecho que muchos puedan tener creer en lo que decimos sin haber pasado por un análisis y comprobando por ejemplo su fertilidad en el campo literario. Pero hay unos cuantos inconmovibles, y en las condiciones actuales de la producción de saberes (fundamentalmente de formato tecnológico) como modos de reproducción del capital,  muchos otros activamente interesados en desconocer su existencia, favorecidos, por otro lado, por nuestras propias resistencias dogmáticas o de capilla.. Es entonces que pienso que el aporte más genuino que puedo hacer al tema que concierne a esta mesa tiene que ver con transmitir algo de esa experiencia que hago en el consultorio. 

En verdad, aunque no creo que el descubrimiento-invención del inconsciente  sea objetable con esos argumentos de supuesto rigor científico (por el momento no diferenciaré esos dos términos: descubrimiento e invención), quiero hacer explícito que no suscribo la idea de que el psicoanálisis sea una ciencia regible con los tan protocolizados cánones de investigación que hoy regulan todas los saberes y construyen ese viciado mundo de lo que se llama lo académico, donde los que tratan de hacer las cosas bien tienen con tanto que lidiar, pienso que nuestro objeto es justamente aquel que escapa a esos protocolos, motivo por el cual, ya hace unos años la considero lo que he llamado un arte con vocación legítima de cientificidad. Sin embargo, sí creo que los psicoanalistas de distintas adscripciones construimos psicoanálisis compartiendo una experiencia heterogénea y múltiple que nos encuentra en puntos de tangencia. Si para mí la vigencia del inconsciente la compruebo en la clínica, es de un aspecto limitado de esa compleja experiencia que a diario realizamos que trataré dar cuenta. Pasemos al relato. 

Un paciente sueña “con una mujer muy vulgar. No es una mujer conocida por mí”, dice. “Es muy ordinaria. Habla mal. Se come las eses”. 

Nada más, un sueño breve. Sus asociaciones no remiten a nadie conocido, ni a ninguna experiencia reciente. Sólo dice que le gustaría ser menos apocado. Recuerda un conflicto con una persona en el trabajo a la que no le dijo lo que pensaba y sentía: un disgusto en relación con el cuidado de unos papeles que se ensuciaron. A partir de allí, empieza a hablar de situaciones que tienen que ver con la higiene. Baños sucios. Gente con mal olor en el transporte. Pero nada confluye en un relato denso. Las asociaciones caen como sin peso, como si se deshilacharan. Entonces remarca que no le ve mucha relación a nada de lo que se le ocurre con el sueño. Esta mujer vulgar, que habla mal, comiéndose las eses, no le provoca nada, dice. Pienso que él se come lo que tiene para decirle a su compañero de trabajo, pero no digo nada, me resulta verosímil  pero insustancial, esos pensamientos trillados que los psicoanalistas podemos tener a mano para regular nuestra propia ansiedad. Al mismo tiempo escucho en sus palabras, otra cosa por completo distinta. Ya no eses, letra de nuestro abecedario pluralizada, sino heces, ese modo freudo-castizo de hablar de la  materia fecal. Me sorprendo, nunca lo había escuchado de ese modo. Nunca antes, ni con otro paciente, ni otra persona de mi vida extraanalítica, me había detenido en la homonimia. De gente que se come las eses está hecha nuestra cultura, pero esta puntuación nunca se me había ocurrido hasta ese momento. No es que la escuchaba por primera vez con este paciente sino que era la primera vez que la escuchaba de ese modo en mi vida. Por otro lado, con un paciente menos habituado a la bregas idiomáticas de las traducciones de Freud, es probable que no me hubiera atrevido a indicarlo, pero este muchacho había estudiado psicología, esa acepción de heces no le era ajena, compartía el mismo código. Entonces, una vez repuesto de mi sorpresa, se lo indico, sólo eso: “Mujer que se come las heces… ¿en el sentido de caca, tal vez?”. El paciente se conmociona, balbucea algo que no entiendo, hasta se yergue apenas y, entre recostado y erguido me dice preso de un especial entusiasmo: que se acordó de las clases de psicopato de la facultad…(la decepción me domina, pienso para mí: sonamos, baluarte resistencial o acabo de sugerir una pavada), se acuerda, dice, de los dibujitos que hacía el profesor durante las clases, se acuerda muy nítidamente de los dibujitos, dice que siente que esto es atravesar el fantasma (mi sensación de haber caído en los laberintos de la teoría psicoanalítica como resistencia a la experiencia del inconsciente, se profundiza; sin embargo, advierto en él una excitación inusual mientras habla). Insiste en el tema de los dibujitos que entiendo remiten a grafos o en todo caso a gráficos. De cualquier manera me llama la atención que use un lenguaje tan infantil como el que implica hablar de “dibujitos” para referirse a un concepto teórico.

Como es la hora, interrumpimos. Como se desprende de lo que me han escuchado decir el jueves no creo que el analista deba atribuirse el poder divino del momento de concluir al que hice referencia en la conferencia inaugural, excepto en situaciones muy excepcionales ligadas a una clínica muy concreta y coyuntural: por ejemplo, ciertos pacientes obsesivos que después de aproximarse a alguna vivencia intensa en sesión, organizan un festival de regalos asociativos sobre el tema, por lo general, en formato hiperracional, llenos de explicaciones. Si no se trata de estas situaciones, en mi opinión, la sesión termina cuando el reloj lo impone y no haya una urgencia que sí imponga la continuación. A la siguiente sesión, dos días después, viene muy entusiasmado (estado emocional poco frecuente en él), mencionando que el sueño y lo que le dije lo dejaron muy impresionado. Insiste en los dibujitos, y yo remarco el uso de esa palabra.

Habla de la hermana que dibujaba, “era muy buena haciéndolo. Lo hacía cuando eran chicos y después dejó, ahora no dibuja más”. Se extiende en estas referencias a los dibujos. Me comenta que con la hermana se están llevando mejor ahora. Que el peor momento fue cuando eran chicos. “Era insoportable”. Era la época de las sesiones de familia. “En verdad, dice, íbamos por ella. Era una quilombera, siempre le llevó la contra a mis padres, yo era obediente. Pero me tenía que aguantar ir a esas reuniones de familia, por culpa de ella. Yo me callaba y miraba. Al final fue más viva que yo, los pudo enfrentar…”. 

Hace una pausa y le pregunto: “¿Sabés por qué fueron las consultas por tu hermana?” Se sobresalta, como habiéndose dado cuenta de algo imprevisto. Se demora en responder. Trasmite algún nivel de molestia. Aclara que nunca lo había pensado y, finalmente dice: “se hacía caca encima”. Sigue un prolongado silencio. Ahora, se lo nota conmovido. No es un silencio resistencial, es un silencio elaborativo. Lo acompaño sin decir nada. 

“No lo puedo creer, siempre lo supe y nunca le di importancia”, dice – “Ni siquiera cuando insistías en decir que tu hermana te había cagado…”, le recuerdo haciendo una alusión a un reproche habitual que él, refiriéndose a ella en las sesiones, solía repetir: “Esta huacha me cagó”, afirmaba. Siempre en un tono como de decepción amorosa. “No me acordaba, es cierto. Pobre, no me cagaba, se cagaba, o se sacaba la mierda de adentro, lo que yo nunca pude”. Ahora, el sentido de callarse, de guardarse la mierda adentro, de no poder contestarle a su compañero de trabajo en relación con el conflicto que habían tenido, cobraba consistencia. Dejaba de ser un recurso rutinario mío para salir del impasse. Pero si antes haberlo dicho me había parecido insustancial aunque hubiera podido ser cierto, ahora resultaba innecesario. El movimiento de sus propias ideas y sensaciones, suplía el sentido que yo hubiera podido otorgarle, ya en la sesión anterior, antes de que la palabra  eses deviniera palabra heces, resonando entonces de ese modo hasta ese momento inaudito. 

Traigo este muy breve fragmento porque me permite pensar el descubrimiento del inconsciente que en nuestra experiencia vamos haciendo,  no en el hallazgo de un contenido oculto sino de la deconstrucción de los componentes representacionales, marcas que buscan transcripción (si ustedes quieren significantes, siempre que los pensemos como significantes fuera de la cadena del lenguaje) que le dan algún sentido, en este caso de una manera articulada, a uno de los síntomas más invalidantes que este joven padece en su vida: me refiero a una dificultad de hablar en momentos críticos, cuando se siente comprometido a expresar su rabia. 

Tomando el modelo de la historia a la que hice referencia el jueves, tenemos una historia relatada, en el interior de la cual surge una historia (también relato), digamos, documental: su hermana encoprética o la referencia a las sesiones de familia. Estos son datos que cobran dimensión de verdad, no por consistencia estrictamente discursiva, sino por que ese discurso converge con una experiencia verosímil revivida en el presente de un modo preciso e intenso. 

Hago aquí una aclaración. No uso verosímil como sinónimo de verdadero como planteaba Noé Jitrik ayer. En este punto recuerdo a un ausente en esta mesa, Rafael Paz, lo que es un modo de hacerlo estar presente, cuando planteaba hace muchos años la diferencia entre los términos verdadero y verosímil: que Grassi haya violado a muchos más pibes que aquellos por los que se lo condenó a que siga en libertad (dios salve a los jueces argentinos) es verosímil, podemos creer que es así con sobrado fundamento, pero puede no ser verdad. Lo que no evita que Grassi sea un pedófilo hijo de puta por la gracia de Dios.

Hecha la aclaración, sigamos. En ese momento se quiebran sentidos instituidos: mi hermana me caga, por ejemplo, deviene: mi hermana se caga. La forma anal de decirlo remite a un modo de inscripción del control esfinteriano (con el cual él no recuerda haber tenido nunca problemas) exógeno a su experiencia muscular pero no por ello menos intenso. 

No cabe ninguna duda que todo lo que estoy contando transcurre en un mundo de relatos, sin embargo, ¿la presencia en esa serie de pequeños relatos que son las asociaciones, que incluyen ese recuerdo particular que remite a un supuesto dato fáctico, permite considerarlo uno más entre otros? En sentido contrario, ¿hay que considerarlo, en sí mismo, en tanto relato que remite a esos datos supuestamente fácticos, especialmente significativo? ¿Vale porque remite a un dato supuestamente documental?

 A estas dos últimas preguntas, en principio, podríamos afirmar taxativamente que no, que es un relato más que vale en tanto relato. Que la expresión “mi hermana me caga”, y “mi hermana se caga” son dos modos lenguajeros de aprehensión de una experiencia perdida y no necesariamente exigen la corroboración fáctica de un dato exterior. De hecho, Freud no recomendaba ir a buscar información con la familia, sino que recomendaba considerar aquella información que pudiera surgir en la misma sesión. Sin embargo, no nos resulta anodino que un conjunto de asociaciones converjan en un recuerdo, desde un principio tópicamente preconsciente, Aclarémoslo, el hecho de que su hermana no controlara el esfínter anal o que hubieran consultado a psicólogos por ese motivo, no es algo reprimido para él; lo que puede llamar reprimido es al conjunto de sentidos que pueden surgir ahora: no quiero ser “cagona” como mi hermana (lo cual implica un cambio de su posición sexual), si hago cagadas o saco mi mierda (enojo) soy como ella. No hago un análisis exhaustivo, me limito a lo inmediato de este fragmento que presento. Hay, de hecho, otras cuestiones que no tomaré aquí. Pero que esos sentidos estén reprimidos, no quiere decir que en el inconsciente haya sentidos, (de hecho hablo de sentidos se realizan ahora en la conciencia), En todo caso, en la perspectiva en la que nos ubicamos, implica otra manera de entender el inconsciente: aquella que postula un espacio inlocabilizable en ninguna espacialidad objetiva de tipo positivista, donde suponemos la coexistencia de representaciones de diversas procedencias a las que Laplanche alude cuando habla de la heterogeneidad del inconsciente que circulan por vías tan caprichosas como puede ser por ejemplo la homonimia eses- heces.

La consistencia del sentido que surge no lo da el dato fáctico (digamos la historia documental), pero tampoco la consistencia lenguajera (por ejemplo, eses-heces podría llevar al nazismo, pero no es el caso de este joven), ni la emocionalidad que surge y se modifica en el curso de ese breve momento de dos sesiones sucesivas que relatamos, sino que lo que le da consistencia es la convergencia recurrente de esas tres perspectivas. Es decir, la consistencia que dicha convergencia le otorga, o dicho de un modo similar pero no igual: la concurrencia de datos de distinta procedencia en un mismo punto. Aquello que mencioné el jueves como tres modos de referirse a lo histórico diferenciables pero inseparables entre sí en su mutua articulación permite también como lógica para tratar de entender la interpretación. Que algunos de los problemas que plantearon los compañeros historiadores converjan con los nuestros no es casual en tanto nuestro trabajo es también historizante. 

Distinto sería, por ejemplo, que un paciente nos contara en un clima descriptivo que la hermana se hacía caca y por eso tuvo que ir a entrevistas de familia desde muy chico. Ese dato no querrá, en principio, decir nada, es un indicio que se resignificará o no, más o menos tarde. Tampoco lo sería que yo me limitara al efecto significante. Que hubiera escuchado heces en eses como ocurrió y nada más. Si lo escuchado hubiera sido ajeno a la propia experiencia de verdad del joven, quizás hubiera resultado, a lo sumo, una prueba de ingenio, una ocurrencia más o menos divertida, o irónica, como lo sería, por ejemplo, atribuirle a cualquier docente que intenta dar una clase sobre Lacan las insoslayables marcas de la pulsión anal a partir de la cantidad de eses, (grandes, pequeñas o tachadas, numeradas o sin numerar) que pueblan el pizarrón de su clase. A los sumo sería una chicana, un juego del lenguaje pero sin consistencia subjetiva para el otro (independientemente de que el docente podría sentirse legítimamente violentado, no interpretado). Para decirlo siguiendo el modelo de la historia que vengo punteando desde el jueves, una historia verosímil (lenguajeramente verosímil) en el sentido que aclaré antes, ese sentido que incluye la creencia, pero sin sustrato de verdad documental. Del mismo modo, las modificaciones de su estado emocional, sus variadas modificaciones anímicas nada dicen por sí mismas, a lo sumo indican que algo pasa, pero nada más. Sin embargo la confluencia congruente de los tres aspectos le dan la consistencia y permite conjeturar que estamos frente a un descubrimiento que corresponde a su historia, lo que, a su vez, puede además ser confirmado por el hecho de que se ponga más comunicativo en sesión en cuestiones que anteriormente podían plantearle serias dificultades para hacerlo, especialmente, una situación relacionada con cómo había dejado un paciente anterior el baño. Cosa que siempre le hubiera molestado pero, también, hubiera sido incapaz de contar. 

En este sentido, interpretar no es un acto lenguajero caprichoso, más o menos feliz, si no produce modificaciones e incidencias en el conjunto de la vida mental. Una inclusión del problema del significante me parece necesaria pero por completo insuficiente para tratar de abordar la problemática de la interpretación.

La historia es relato, pero su consistencia en relación a una verdad no puede ser ajena a lo documental, aunque en el caso de la historia subjetiva que en la clínica se construye, esa historia-relato documental sea por lo general nada más, y nada menos, que un supuesto imprescindible, un postulado que le atribuimos al proceso como condición de su dinámica. En verdad, que el sentido reprimido sea ése (otra homonimia) es una construcción retroactiva a la experiencia interpretativa (interpretación que no se basa en lo que yo le dije como interpretación, sino en aquello que fui diciendo para permitir que la interpretación posible se produjera en él). Lo que surge es nuevo, un sentido nuevo movilizado por la apertura de los elementos representacionales (lenguajeros o no, aquí incluyo el mundo de los indicios emocionales) constituyentes de su inconsciente. Realismo no ingenuo del inconsciente, que se sostiene en su propia lógica atemporal, ahistórica y asocial, aunque repito lo que dije el jueves: el inconsciente sea una producción social e histórica.

Lo decíamos así entonces, y lo repetimos al comienzo: el inconsciente es un resto profundamente asocial, de una experiencia social. Todo lo que transcurre en la vida infantil es esa experiencia social que es impensable sin los lazos sociales ampliados. Su efecto no será determinista pero sí (como es probable que dijese Luis Hornstein) disipativo. Habrá azar, pero en ciertas condiciones que impone la lógica de los acontecimientos. Son estas consideraciones las que me obligan a diferenciar huellas o marcas, de memoria, corresponden a lugares (tópicas) diferentes.

Entrometiéndome con retardo en la discusión de ayer sobre la memoria y sus huellas, hasta podría pensar que un modo más preciso de llamar (si quisiésemos ponernos estrictos con esta perspectiva, de ninguna manera pretendemos criticar con ello la pertinencia del título) el imprescindible libro de Carpintero y Vainer, podría ser no Las huellas de la memoria, sino huellas o marcas por la memoria. La memoria es ese proceso de nuestra subjetividad, definitivamente política, que los trae con un sentido preciso. Como dijo muy bien Vainer: la memoria del tachero formateado en Radio 10 que dice “este país no tiene memoria”, no es la nuestra.

Hace años Umberto Eco penaba por cómo su idea formulada en Obra abierta, había terminado siendo entendida como una suerte de sometimiento del sentido de la obra al capricho del lector, oyente o espectador. Eduardo Muller dijo en su excelente trabajo que esa perspectiva le gustaba. Bromeó con que lo hacía sentir más potente. No hay obra, sin público, había podido el semiólogo italiano destacar en aquel libro tan recordado. Pero más tarde, Eco se ve obligado a insistir en que tampoco hay público, oyente o lector sin obra. Noé Jitrik remarcó esta cuestión aunque Eduardo lo citara para tomar, de hecho, la primera perspectiva del semiólogo italiano. Eco afirma luego que los sentidos de una obra aunque muchos y hasta infinitos no pueden ser arbitrarios. Leer a Hamlet como una guía de cocina rápida, puedo orillar lo delirante. La relación entre la realidad de la cosa, donde lo Real siempre está perdido, y el sujeto, no existen sin su mutua realización. En el sentido de hacerse reales. Siguiendo la broma de Eduardo, se trata de pensar si la relación sexual que no existe pero tantas alegrías nos reporta es la relación activo pasivo, o es la relación entre dos actividades insoslayables. Dejo a los presentes la libertad de decidir cuántas personas más quieren incorporar a la actividad. 

Esto evoca la discusión sobre si el agujero es el interior vacío o su borde. En nuestra perspectiva, el borde construye el vacío. No existen uno sin el otro. Esto es central para pensar el problema de la producción en el sujeto de esa falta que se asocia con la castración. Una cosa es pensar que la falta está allí, inmanente al sujeto, con lo cual volvemos a las teorías fenomenológicas discutidas en Bonneval: Un  inconsciente inmanente a la conciencia. De lo que se trataría, entonces, desde esa perspectiva, sería de reconocer esa falta que nos antecede. Mientras que una perspectiva por completo diferente plantea   construir en el análisis la experiencia de la falta, a partir de la ruptura de las dimensiones narcisistas constitutivas y también esclavizantes que se forjan en los principios de la vida (paradójicamente un narcisismo en relación al otro, es decir, un narcisismo no anobjetal). Esta segunda perspectiva lleva, a mi entender, a un análisis abierto, al descubrimiento de lo desconocido, a la sorpresa. La otra, en cambio, a dar vueltas más o menos originales para hallar lo que desde el inicio sabemos que está allí. Uno es un trabajo de investigación, el otro una mascarada más o menos cargada de ingenio. 

Estas puntualizaciones acotadas e inservibles si quisiéramos comprobar científicamente algo, tendrán  valor en tanto resuenen entre nosotros, pero al mismo tiempo apuntan a las dos cuestiones que el jueves dije me parecían desafíos para el psicoanálisis actual: el materialismo ingenuo (ese positivismo que Emiliano nos recordaba), de hecho reduccionista en las perspectivas biológico-tecnológicas y cognitivo-conductuales que nos jaquean a diario, y ese discurso de la posmodernidad sin historia, donde los relatos se autoalimentan y autolegitiman invocando la equivalencia de las mil caras de la verdad, cuestión a la que aludí cuando recordé que si los crímenes nazis o los de los asesinos de la dictadura son un relato, afirmar que esos crímenes no se produjeron y nuestros desaparecidos están en Europa, también lo es. Pero es nuestra responsabilidad elegir cual elegimos. Responsabilidad que tiene fundamentos sólidos para legitimarse.

Con ese punto converge la teoría que afirma la idea de que la historia en tanto producción subjetiva se inventa. La invención de la Argentina es el nombre que un autor norteamericano que admira el modelo de su país, Nicolás Shumway, le puso a su muy interesante libro sobre la Argentina, con el subtítulo Historia de una idea, (la Argentina como idea, donde las luchas sociales son un efecto de las pugnas entre esas ideas, no entre intereses de clases, puede ser una variante idealista de lo que se llama historia de las mentalidades) Lo que a mi parecer el autor no advierte es que, en verdad, si Argentina es la historia de una idea, no se trata de una historia de la Argentina en tanto idea, sino de la suya propia. En esa perspectiva, para el historiador no hay historia a descubrir porque nada antecede al relato, a la idea hecha relato

La idea de invención tiene una fuerte presencia. Basta ver que en el puesto de libros de la entrada a estas jornadas, por lo menos dos libros que se sostienen, al menos en el título, en esa concepción: uno se llama La invención de la histeria, otro La invención de la filosofía. Insisto en estas puntuaciones porque, en esa perspectiva, se escucha en el interior del psicoanálisis afirmar cosas como: el inconsciente es una invención de Freud. El no descubre sino inventa. Lo nuevo se impone sobre una repetición entendida como eco, o reflejo de lo que llamamos realidad. Esta perspectiva plantea una verdad a medias, no en el sentido de que toda verdad es estructuralmente a medias, sino de que escotoma un aspecto evidente de la realidad. Porque si bien es cierto que Freud inventó un complejo sistema teórico y técnico, lo hizo para captar sentidos ocultos que en la humanidad habían tenido eficacia antes de su invención. Si el inconsciente es una invención es al mismo tiempo una invención para descubrirlo. 

Cuando inventamos en sesión -y en mi opinión, interpretar es un conjunto de actos sucesivos y simultáneos (de trabajos de invención) realizados con el paciente-, cuando llevamos a cabo esa invención que se va dando sobre infinidad de pequeños movimientos cuyas consecuencias por lo general no somos capaces de medir salvo retroactivamente, cuando interpretamos-inventamos, también descubrimos, descubrimos que hay una historia subjetiva que tiene sus trazos, hallamos algunos de esos trazos y simultáneamente legitimamos una dosis de placer, no sólo por el éxito sino porque realimenta la legitimidad del trabajo hecho. La mente certifica su vitalidad. En el trabajo mismo el inconsciente se instituye y realiza.

En un texto que está en mi libro Bitácora de un psicoanalista, recuerdo la posición de Paul Ricoeur cuando ponía al psicoanálisis entre las prácticas  hermenéuticas, al igual que la objeción que le hace Laplanche cuando dice que, en verdad, analizar, tal como lo define Freud, es separar elementos, en tanto de la síntesis se ocupa el yo. Se trataría entonces, afirma Laplanche, de una antihermenéutica. De mi parte creo que el fondo hermenéutico le da sentido a la práctica, aunque lo que realice sea una antihermenéutica. Cuando interpretamos no promovemos separaciones arbitrarias, rompemos el sentido que para un paciente pueda existir, a través de la formulación de otros sentidos que evitan ser totalizantes. Suponer que el psicoanálisis pueda existir por fuera de una hermenéutica, en mi opinión, implica el riesgo de caer en una práctica caprichosa, no sistemática y ordenada, de la deconstrucción. Más que deconstrucción, en el sentido de Derrida, demolición.

Como lo entiendo, el inconsciente existe antes de interpretarlo, su sentido, es posterior. Cuando en nuestro trabajo inventamos lo descubrimos, allí radica, a mi entender, la fuerza clínica de su vigencia.

Por último, y me parece que viene al caso. Cuando ayer Alejandro Vainer se inventó en un lapsus inventándose y no invitándose, descubrió al inconsciente, nos sus marcas, o en todo caso una marca particular: aquella que cercamos a través del concepto de retorno de lo reprimido. Su invención hubiera sido el análisis (que por supuesto no resulta grato hacerlo ante una multitud), es decir, la asociación, la deconstrucción, para que, tal vez, surgiese un sentido. Ese que no estaba en el inconsciente.  Por eso huella y memoria son dos categorías diferentes.